viernes, 27 de diciembre de 2013

Poética: los otros


Federico y Nicolás y Ezequiel caminaban en fila india rodeando los últimos ranchos hasta un pasillo de sauces que daba a un embarcadero.

- Soy el primero que se muere, ¿sabían? – dijo Ezequiel

- ¿Cómo es eso?

- Si despiertan a una yarará siempre pica al último de la fila.

- Te hacemos un entierro lindo porque no pienso correr hasta la salita – dijo Federico y todos supieron que era verdad.

Había dos piraguas: las dos parecían jubiladas desde la primera presidencia de Perón. El primero que se tiró al río fue Nicolás que siempre abría camino. Federico no soltaba la botella de Jim Beam de primerísima calidad que se había robado de la casa de los padres. Ezequiel se la arrebató de las manos y dijo “traé pa´acá”.

- Qué desperdicio – y se llevó el dedo índice a la sien fingiendo un disparo.

Los dos se sacaron las bermudas, no aptas para ser sumergidas en el agua cristalina del Paraná.

- Nadaría en pelotas pero está lleno de palometas.

- Qué mierda que es el fondo del río – gritó Nicolás que ya estaba metido hasta el cuello – Está lleno de barro y de hojas.

“Hacete hombre vos que sos el último de los marxistas” gritó Ezequiel mientras corría los metros que lo separaban de la costa e hizo salto en largo, terminando la acrobacia con una contorsión del cuerpo hasta casi llevarlo a posición fetal. Federico prefirió sumergirse como un nadador experimentado, con los brazos extendidos y la cabeza en paralelo con el resto del cuerpo.

- Ta´linda.

- Hay que ir más para el canal que acá está caliente.

- Qué lindo que es mear en el río – dijo Nicolás y le guiñó un ojo a Ezequiel que en ese momento recibía toda la corriente.

- La-pu-ta-que-te-pa-rió.

Los tres miraron la isla y se dieron cuenta de que las costas se parecían mucho.

- Un día me voy a ir a vivir solo a uno de eso ranchos y voy a escribir poesía – dijo Ezequiel – Pero antes voy a hacer que me escupan todos los poetas del mundo.

- Vos nunca escribiste poesía.

- Por eso.

- Yo estoy más solo en el medio del quilombo – dijo Nicolás que estaba pensando en serio en volverse a Ramallo.

A unos dos kilómetros había un barco convertido en carcaza. Detrás una cruz gigante de madera.

- Para mí que tenemos que ir nadando hasta la cruz – propuso Nicolás.

- No llego – dijo Ezequiel – Me duele todo el cuerpo.

- “Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar – empezó a recitar Federico simulando la voz del poeta- Ya los ejércitos me cercan, las hordas”

- Poema de mierda – dijo Ezequiel.

- “Este río es irreal, ella no lo ha visto”.

- Sigue siendo un poema de mierda a pesar de la aliteración que lograste - coincidió Nicolás- Felicitaciones, te recibiste de poeta.

Dejaron que la corriente los llevara por el canal hasta la cruz y en el camino vieron desfilar todos los miedos de volver a ese pueblo, de encontrarse con la gente que ya los tenía marcados, de perder las últimas brazadas. Nicolás pensó en la botella que descansaba con las bermudas, llaves y billeteras a unos kilómetros.

- Hay que dejar que la corriente te lleve – dijo Nicolás e hizo la plancha. Los otros dos imitaron la posición.

Estaba lindo el cielo. Hasta creyeron que eran felices.




martes, 17 de diciembre de 2013

Álbum


La primera cámara que tuve me la gané en un concurso de cuentos organizado por no sé qué editorial cuando terminé la primaria. Era un aparato casi descartable con problemas para hacer correr el rollo. Las fotos salían oscuras y desfasadas. Fotografié un perro de tres patas cruzando la avenida, una mujer que se parecía a uno de los dibujos de Kafka que había en la biblioteca, el ángel del cementerio que señala el cielo y tiene un letrero que dice “PAX”.

Cuando el contador llegaba a doce – siempre doce, nunca veinticuatro - seguía usándola para mirar a través de la lente lo que pasaba, encuadrar e imaginar el momento en que hubiese disparado. Imaginé fotografiar la manta de mi cama en la soga, a mi viejo llorando porque el mundo se venía abajo, a la señora que a veces nos cuidaba cosiendo con una máquina a pedales, la puerta de mi habitación que tenía un nombre dibujado - “Lucía” o “Lucre”, no me acuerdo ahora – con un corazón en rojo, la noche de verano en que los amigos del barrio salieron a golpear unos tachos porque no había cacerolas.

El otro día me dijeron que lo primero que uno se olvida de las personas que no vemos desde hace tiempo es la voz. Conmigo funciona esa teoría porque mi cabeza está repleta de imágenes ruidosas. Se llenó de dedos que agarran los cigarrillos de costado y bocas que exhalan el humo como si quisieran repartir angustia, de manos que acomodan el pelo, rodillas involuntarias que se mueven. Lo que pasa es que después hay que armar la imagen completa y siempre faltan piezas.

No me acuerdo de la voz del tipo que le dijo a mi viejo que Buenos Aires se prendía fuego. Creo que fue la misma que tiempo después me dijo que habían matado a un pibe de Ramallo en un puente. Justo tenía la cámara sin rollos y le saqué varias fotos. En una el hombre se agarraba la cabeza y después la nariz para apretar unos mocos que venía aguantando. En la segunda, mi viejo con los hombros caídos y la vista en el asfalto y unas pataditas al cordón de la vereda. En otra, la calle del pueblo tan vacía que daba pena. En la última, mis pies que apuntaban al río y que parecían preguntarse qué mierda, por qué el río así tan revuelto y yo en el medio de la nada.




lunes, 25 de noviembre de 2013

Jardines que se bifurcan

En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez
 ¿cuál es la única palabra prohibida?
Jorge Luis Borges


El primer cuento que leí de Borges fue “El jardín de senderos que se bifurcan”. No entendí una palabra: inmediatamente supe, como una revelación, que ese texto tenía una densidad que me arrollaba. Me lo prestó un amigo que era más grande que yo y que sabía más de la vida. Venía en una fotocopia arrugada y anotada con símbolos y frases que para mí no tenían sentido. Esa noche le pregunté qué era lo que había leído:

- Pibe – porque me decía pibe y siempre con media ceja levantada – el cuento habla de todos los que sos y de los que vas a ser.

Empezó a cortar una servilleta de papel en tiritas y siguió:

- La mayoría piensa que el tiempo es lineal. El cuento de Borges habla de un tiempo múltiple en el que conviven todas las decisiones que tomaste y que no tomaste, todos los escenarios posibles.

Enrolló cada una de las tiritas.

- En uno de esos tiempos vos y yo estamos tomando una cerveza en el bar del Negro. En el otro tiempo el Negro no existe y no hay bar. En otro, ni siquiera existimos nosotros. En otro, vos sos una persona de frío que deshecha el cuento de Borges por salame.

Se tomó medio vaso de cerveza de un saque y me miró de costado, con esa mirada que se me pegó cuando era chico y que todavía me persigue.

- Todos esos tiempos te determinan de pies a cabeza.

El Negro espiaba de reojo, como siempre que nos poníamos a hablar.

- Lo que Borges no dice - por pudor, por olvido, qué se yo – es que en realidad no hay un jardín de senderos que se bifurcan. Hay muchos jardines y muchas bifurcaciones. El problema es cuando aparecen senderos que no huelen como uno y tienen otras provincias adentro, otros ejércitos, banderas de todos los colores e indicaciones en lenguas que desconocemos.

Creo que mi cara de pelotudo fue evidente. Largó una carcajada que todavía me duele entero.

- Ya vas a entender, pibe – dijo.

Y no habló más en toda la noche.



miércoles, 13 de noviembre de 2013

Muertas las casas

Una vez escuché que todas las casas viejas están embrujadas. Mala suerte la mía que fui a parar a un pueblo colmado de casas viejas. Mi hermano me mostró fotos de muertos siendo velados en las habitaciones de las casas en las que habíamos vivido. Nos mudamos muchas veces y nunca dejamos de ser extranjeros. No me sorprende, por eso, ver en el living de mi casa, ese que ahora es de otro color en sus paredes pero casi igual, a una señora que no sabemos bien quién es, rodeada de un cortejo de brujas y coros llorando a su lado.

- Mirá cómo está tendida en el medio de la sala al lado de esa mesita ratona – dice mi hermano.

- Ahí es donde juego cuando estoy solo.

- Ya sé – me responde.

Digo que es normal en un pueblo que encima tiene el río. La cantidad de ahogados y muertos en pena es tan grande que no caben en los cementerios. Por eso los vemos conviviendo con nosotros, o por ahí somos nosotros las almas en pena. Qué se yo. No es algo que me quite el sueño. Las almitas viajan en el colectivo y se bajan para continuar con la jornada laboral.

No hay que prestarles atención, me dijo el cura. Porque si uno se interesa las almas lo succionan, le comen la vida y se adosan a ellas como si fueran parásitos. Y es de todos los días ver a gente que tiene en los hombros dos, tres, hasta cuatro almas colgadas.

Lo que pasa es que en el pueblo la gente se aburre mucho y las almas estornudan y tosen para llamar la atención.

Mi hermano es mayor que yo y odia este pueblo. Quiere irse en cuanto pueda. Ayer mismo me dijo que tiene debajo de su cama un bolso repleto de medias y calzoncillos y el aire comprimido que le regaló el tío cuando cumplió los quince. Cuando me mostró el bolso estaba lleno de tierra y de hojas en blanco. A todo le digo que sí y entonces él me mira como dudando de mis intenciones pero enseguida se imagina en el camino de la costa con el bolso al hombro y le entran ganas de reírse a carcajadas y saltar por el patio con los brazos levantados como un loco. Y a mí también me dan ganas de salirme de este pueblo, de dejar a las almitas que sigan con su rutina y empezar a correr y saltar y bailar con mi hermano.

- ¿Creés que los fantasmas están todavía en las casas? – pregunto una vez que nos calmamos.

- Ahí hay uno nomás – me responde.

Y señala la esquina de mi cuarto donde hay un hombre vestido de traje que nos mira sin decir nada. Lo saludo y enseguida aparta la mirada. No vaya a ser cosa que nos demos cuenta de su presencia.

Mejor no preguntarle a mamá qué piensa de las almas en pena porque seguro nos caga a cintazos. Creo que le afecta un poco darse cuenta de que hace mucho tiempo que está muerta. No pasó ni un segundo de su estadía en casa en el que no pensara dejar todo y seguir. Subsistir por inercia, pobre mamá. Mi hermano le da un beso en la frente y mamá se queda en sepia.

Después corremos como locos hasta el campo de soja a revolcarnos entre los yuyos y los montes y caemos por la barranca de la cueva del tigre, donde nunca hubo un tigre, y damos de panza en el río con todas las ganas. Los bagres nos chupan los dedos de los pies y nos quitan las impurezas del cuerpo y de la cabeza. El problema son las palometas que enseguida se confunden cualquier cuerpo con un cadáver. Sacan los dientes y empiezan a mordernos y tenemos que arrancarlas de nuestras piernas y partirles la cabeza contra las rocas. Entonces mi hermano se convierte en un delfín y en una palometa y muestra los dientes afilados mientras se pelea con un ahogado que todavía no sabe que está en el río y sueña con caminar sobre el agua.

- Los bagres me hacen cosquillas – dice mi hermano.

- Creo que acabo de tocar un tiburón con las manos – pienso

- No hay tiburones en el río – me responde.

Entonces vemos una ballena que surca los aires para caer de lleno al lado nuestro. Las olas nos arrastran hasta el canal y nos reímos como nunca porque la ballena se lleva a toda velocidad al ahogado. Los pescadores nos lanzan las redes para traernos a la costa y llegamos rodeados de una cohorte de peces y sirenas, que no son tan hermosas como las pintan los libros de texto. Tienen dientes podridos y tetas caídas y cuando gritan parecen chanchos al borde del cadalso.

Cuando cae el sol repasamos las fotos de las casas muertas. Antes, cuando todavía me empezaban a salir las canas y tenía el estómago lleno de vino y wiski barato, no podía ver más que sangre y eso me nublaba la vista. Ahora que tengo los ojos nuevos me gusta pensar en las cosas que se ven y todavía no puedo. Pero ya pronto.

A la noche armamos una cama de hojas y libros y nos tiramos a esperar a los fantasmas. Siempre tengo conmigo una libretita llena de palabras que no conozco. Con esa libreta me armo entero.

Estoy acostado en el lugar en que la vieja fue velada y lo anoto con números y signos de puntuación. Puedo ver cómo los pañuelos cubren las cabezas de personas que murieron antes de que yo naciera y que se llaman tía Nélida y abuela María pero que pertenecen a otros tiempos, porque cuando yo llegué al mundo vine con lluvias y muerte.

Me dan ganas de decirle a mi hermano que todo esto es una gran equivocación, que los números y las consonantes de mi libreta están desquiciados. Preferiría estar montando ballenas en el río. Pero mi hermano no me responde y lo odio tanto por dejarme abandonado entre los fantasmas.

- Sos un boludo – le digo.

- No sabés nada – como un eco.

- Me dejaste sólo y los muertos querían velarme.

- Pero si vos sos el muerto.

- No seas tarado. Además es muy predecible y los números y comas no me dicen eso.

- No sabés reírte. Nada más.

Y se nos ocurre empezar un raid de visitas a nuestras viejas casas muertas. Las sacamos de adentro de nuestra boca. Algunas, las más lejanas, las tenemos que vomitar.

- No se quieran prender de las nubes – grita mamá cuando nos alejamos volando – se van a caer.

Pero es ella la que se quedó colgada de un ceibo y se convirtió en flor después de llorar más agua que todo el arroyo.

- Tranquila mamita que sólo miramos.

La dejamos tan muerta como antes, con los ojos vidriosos por la helada que cae afuera.

Esta es la casa en la que velaron a una familia entera. La madre se había dejado la hornalla prendida y el viento que había entrado por el ojo de la cerradura. El padre miraba un partido de fútbol. Nadie recuerda cuál era, porque es regla que los detalles importantes son los que primero se olvidan. Los tres hijos, incluido el bebé de seis meses que duerme tranquilo en su cajita cerrada: les dio impresión velarlo sin la tapa.

Apagamos las luces porque mi hermano dice que la luz ahuyenta a los espíritus. Creo que es la última vez que voy a ver a mi hermano. Lo sé porque mañana el bolso de tierra se va a convertir en un muerto que camina por el costado de la ruta.

Yo nunca vi un fantasma pero enseguida supe que el menor de los muertos tenía feas intenciones. Mi hermano me tapó la boca con la mano y sentí todo el olor del río que me inundaba.

- Shh. Es de los que juegan – me dijo.

Y no pude más que llorar de pena por toda el agua contenida.

- Pero yo no quiero más…

- Ya se va a cansar – me dijo mi hermano mientras se iba convirtiendo en una figura acartonada, en blanco y negro.

- ¡Qué linda casita muerta que tiene el nene!

Grité tan fuerte que todos los muertos me miraron al mismo tiempo y mi hermano con ellos y mi mamá con una hoja del ceibo en la boca. Grité con tantas ganas y me reí tanto que los muertos prendieron la luz. Y escuché que mi hermano me repetía con números y puntos y comas que las cosas no son como parecen. Todas sombras.



viernes, 8 de noviembre de 2013

Poética II: Diario para otro cuento pero malo

Mientras leía “El sótano” de Mario Levrero – ahora que por fin nos llega de tan lejos, pero tan cerca - me acordé de las veces en que busqué un montón de llaves y las puertas no se abrieron, o abrieron a medias. No sé qué es peor.

Me gustaría ser Mario Levrero para que las puertas se mantengan inconclusas.

En el cuento de Levrero, Carlitos tiene que atravesar las habitaciones, el jardín de su casa, la guarida del guardabosques, para encontrar el secreto de lo que esconde el sótano. Pero uno comprueba enseguida- uno que ha leído a Kafka pero, antes, que ha vivido como Kafka- que “Cuando uno busca algo, no debe ni soñar en encontrarlo por azar, por lo menos dentro de un plazo determinado. Porque uno de los tantos chistes del azar es, justamente, escondernos lo que buscamos, y hacernos encontrar lo que no buscamos, o que ya no buscamos”.

A veces creo que soy un especialista en encontrar lo que ya no busco. Me lo cruzo por la calle y me lo meto en el bolsillo, casi sin pensar. Por eso me gustaría ser Mario Levrero, para darme cuenta de que el azar me está jodiendo de a poquito y poder reaccionar a tiempo.

El otro día me guardé algo que no buscaba en la mochila y lo traje a casa. Una puerta de las que se abren para los dos lados: un día es de sol y al rato se hace de lluvia. Pesa lo que el tiempo le dice que pese. Cuando vengo con buen tranco es como si no llevara nada. Pero hay días que se convierte en un artefacto que aturde y empuja la espalda hasta el suelo como un contorsionista. Me doy risa.

El tema es que me gustaría ser Mario Levrero para no cansarme de tanto realismo. Me aburro fácil si las puertas se ponen tan metafóricas y lejanas. Así cualquiera, con tantas puertitas de tantos colores: las mías tienen dos rumbos y abren y cierran como cualquier otra puerta. Es más, se abren tan lento y se cierran tan rápido que a veces me asusta.

Como no sé de nada de lo que pasa puertas adentro empiezo a exteriorizar todas las puertas cerradas. Las llevo al zaguán o a la escalera, que es en donde me siento más cómodo. Me gustaría ser Mario Levrero para contener estas ganas de abrir todas las puertas y ver qué pasa adentro. Preferiría ser como el abuelo que se olvida de las cosas. Una memoria de olvido: la mejor de las memorias.
“Por ejemplo: ¿alguno de ustedes podría explicar algo acerca de la tetravalencia del carbono? ¿O sobre los casos de irracionalidad del logaritmo? Yo nunca pude entender nada de esas cosas, y es por eso que ahora estoy escribiendo cuentos, en lugar de hacer algo útil”.
Todavía lo tengo en la mochila, porque me da un poco de angustia sacarlo del todo. Por ahí es una piedra nomás y yo tanto drama por nada.



domingo, 3 de noviembre de 2013

Poética: el sauce


La última vez que nos cruzamos venías con los hombros caídos de tanto peso. Te levanté la cara con el dedo índice -así como hacen en las películas- y en vez de sonreír y trenzarnos me dijiste que era un pelotudo, que no entendía nada de lo que vos me estabas diciendo. Incluso la palabra trenzarse hoy me parece de pelotudo, así que te doy la venia en eso.

¿Sabés lo que pasa? Por lo general no decodifico bien los mensajes, los interpreto mientras mastico varias palabras en la boca y con ellos me creo unos mundos medio góticos, los llevo hasta el paroxismo y desde ahí vuelvo hecho un personaje de Poe. Un William Wilson que arremete contra el espejo.

La última vez que nos cruzamos tenías medio sauce en la cabeza. Se te veía a la legua el color medio amarillento y las ramas finitas a los costados. Mi hermano me dijo muchas veces que los sauces son árboles diabólicos. Es cierto, los sauces esconden miserias en su interior. Tienen capas inconclusas y se despiertan de noche: están continuamente cayendo. Lo sé porque los escuché llorar más de una vez.

Entonces el sauce y la cara y los hombros que se levantaron un poco para no darme la razón. Pero no es que quiera modificar ese último encuentro. Si fuera eso me pongo a escribir sobre lo inteligente que fui al decirte que mejor no, que seguro pasa la vida antes de que todo se empiece a derrumbar. Porque tanto uno como otro se puede convertir en sauce como en las leyendas y ahí sí que la cagamos. Nadie quiere ser un personaje de leyenda.

O que ninguna de esas palabras que me salieron decían estas cosas. A veces me enredo.





lunes, 21 de octubre de 2013

Atrás de las vías

Crecí en un pueblo con estación de nombre: Villa Estación, para ser más precisos. Una de las casas en las que viví estaba a media cuadra de las vías del tren y me acuerdo que a la madrugada me temblaba toda la cama y a veces se caían los libros que tenía en una estantería de caña. También que la vía marcaba polos, zonas de pertenencia, espacios en común y jergas.

Llegué al pueblo en un tren de pasajeros. El viejo nos esperó en la estación como dos horas porque la máquina se retrasó cuando unos tipos decidieron caerle a piedrazos a los vagones. Una señora llevaba un lemon pie y me dieron muchas ganas de que me compartiera una porción. La señora ni siquiera miró para donde yo estaba. Fue una de mis primeras decepciones.

La vez que decidí escaparme de mi casa me tomé un tren con destino a Rosario. Era verano y agarré una mochila que llené de libros, una remera y una botella de ron a medio tomar. Cuando fui a comprar el pasaje el tipo de la cabina me dijo que me conocía, que yo era el pibe de tal, que cómo estaba mi viejo. Creo que no le respondí nada, como me pasa siempre que alguien me pregunta algo y me deja expuesto.

Leí uno de los mejores libros de mi vida en el viaje. Después me di cuenta de que Rosario era una ciudad como cualquier otra y que siempre estaría bajo la ley de los que trataba de evitar. Pegué la vuelta en silencio y esta vez no leí nada.

Jugué a escupir los durmientes y pegarle de lejos. A las piedras en hilera. Jugué a simular mi propio suicidio, a correrme cuando la bocina aturdía, a los vagones viejos.

Una noche soñé que me quedaba para siempre del otro lado de la vía. Los trenes volaban en todas direcciones y formaban una muralla más grande que la que había visto en The Wall. Los maquinistas no tenían rostros, pero eran de cuero y de barro. Quería treparme y ver qué pasaba del otro lado, que no era éste, en el que estoy desde que el mundo es mundo y las estaciones son estaciones. Un mundo de espejos rotos.


martes, 8 de octubre de 2013

Mandarinas


Las mandarinas del árbol de Federico son las más ricas de todo el pueblo. Eso lo dicen hasta los que se vienen del otro lado de la vía y allá tienen unas mandarinas que te vuelan entero. Pero se arriman en peregrinación y las mandarinas chorrean y tienen muchas semillas que eso es lo mejor, así se puede escupir con ruido y jugar a ver quién llega más lejos. Las mandarinas me gustan mucho.

Una vez le dije a Federico que teníamos que hacernos cargo de la venta de mandarinas y le pareció una idea gigante y empezó a correr de alegría por todo el campo y tuve que frenarlo porque ya estaba montado arriba de un caballo, a puro pelo nomás, y queriendo saltar el alambrado.

El proceso consistía en envolver las mandarinas en papel celofán- porque así quedaban más profesionales – y después en bolsas de residuos negras. No conseguimos verdes. Después tocar el timbre y esperar.

Siempre hablaba Federico porque a mí no se me da muy bien hablar con otras personas y tiendo a taparme la boca y transpirar mucho. A veces digo cosas que no tienen sentido y que la gente igual entiende pero de otra forma. Cuando alguien me pregunta que qué me pasa me agarran ganas de envolverme en papel celofán y quedarme solo en una bolsa de residuo bien negra. Y que no pase la luz.

El negocio fracasó en la segunda semana, cuando Federico empezó a preguntarles a los clientes si concebían una vida sin mandarinas. A la gente de pueblo no le gusta ese tipo de preguntas, son más pragmáticos. “Pero si hay mandarinas por todos lados” respondían. Entonces a mí me corría un calor de pies a cabeza y amenazaba a la gente con romperle los vidrios y la cabeza a mandarinazos, a ver qué se creían. Y Federico me agarraba con fuerza y me decía “pará-pará-no valen la pena-so-re-tes”.



Hace poco nos juntamos de nuevo a comer mandarinas del árbol. Me trepé a una de las ramas que ahora están más secas y frágiles, mientras Federico caminaba con las manos y tomaba ginebra al mismo tiempo. “Es como tocar la tierra con el cuerpo y la cabeza”, decía sin perder el equilibrio. Entonces corté los primero gajos y estaban tan jugosas como siempre, tan perfectas, tan tanto que escupí una semilla que llegó hasta el cielo. Hasta el cielo. Y desde ahí nos cuida.



viernes, 13 de septiembre de 2013

Hay como una lluvia


Conozco gente que predice la lluvia por el tamaño de los alguaciles. Otros por lo cargada que está la luna. Pero con hora exacta y todo. A mí me gusta esa gente porque se viste de un halo mágico que me desconcierta.

Por supuesto, todas las veces no les creo. Todas las veces ganan.

Una vez una vecina que predecía el clima con frecuencia me dijo que si uno mira mucho la luna se levanta alunado: la luna está cargada de muertos. Le conté a mi vieja y me contestó que mirá si va a ser verdad, no creas esas boludeces.

En mi casa no se creía en nada, ni en la luna ni en los muertos.

Pero dejé de mirar la luna, porque la luna está lejos y a veces enoja. Entonces me miro las zapatillas y me quedo con las líneas de las baldosas y calculo cuántos pasos hay desde mi casa hasta la otra casa. Cualquiera de las otras casas. Cuatrocientoscincuentaydos. De vuelta.

La vecina se volvió loca y un día corrió con un cuchillo al esposo. Me acuerdo porque el señor se apersonó en mi casa buscando refugio y entonces pensé que la luna se había metido de lleno en el cuerpo de la mujer. Después la señora lloró en el hombro de mi vieja y se limpió los mocos unas tres veces.

Cuando se murió la vecina no había luna. El marido la había abandonado un tiempo antes de que ella se tragara un tarro de pastillas de no sé qué cosa. Fuimos todos al velorio que era al lado de mi casa. La velaron en el living. Tenía puesto el vestido de flores que usaba todos los días.

Creo que fue mi primer muerto.

El problema - lo supe un tiempo después mientras me miraba así con todos los ojos - era esperar que la luna escupiera todas las predicciones y que adivinara cuántos pasos hay desde mi casa hasta la otra casa. Cualquiera de las otras casas. Eso sí que me daría miedo. Cuatrocientoscincuentaydos. Y de vuelta.


viernes, 2 de agosto de 2013

No se toca



A Tapia, uno de los que están poniendo el cuerpo.

Algo así como puntitos negros cuando uno cierra con fuerza los ojos. También está ese movimiento en el que uno descifra lo que experimenta en determinado momento. Aunque suene a frase hecha y chorreen los lugares comunes. La realidad es cursi, qué se le va a hacer.

Pero entonces una mañana - a los once o doce - me viene a buscar un tipo de barba al que apenas conozco de nombre. Ni siquiera ahora me acuerdo cómo se llamaba. El tipo le presenta a mis viejos un plano con el recorrido que vamos a hacer: primero el casco de una estancia cerca de la ruta, después una tapera que tiene alguna historia y por último la costa del río. El tipo dice “el Tonelero” para referirse al lugar y a mí me suena a un sótano lleno de toneles, porque ya había leído el Hobbit y me había encantado la aventura de Bilbo en los toneles y porque tenía muy fresca en la cabeza la historia del tonel de amontillado, uno de los primeros cuentos que leí de Poe.

Fuimos en bicicleta y el hombre de barba nos explicaba todo lo que había sucedido en esos sitios, cumpliendo con el rol de guía que desempeñaba con precisión. “En esta estancia vivió uno de los personajes más cercanos a Rosas…”. Esa mañana visitamos los cuerpos enterrados en la capilla. Todo parecía más silencioso y vivo.

A eso de las tres de la tarde llegamos al Tonelero que no era más que una porción de las costas del Paraná. Otra vez los puntitos negros que forman una lluvia finita. El hombre de barba sacó una soga de la mochila y la ató a uno de los árboles: íbamos a bajar por la barranca al estilo aventurero. Inmediatamente nos organizamos con los muchachos para hacer el descenso. Uno a uno tocamos tierra y la vista del río era menos etérea, como si nos hubiésemos transmutado con los árboles y los camalotes.

Ninguno se dio cuenta, pero cuando salimos de ese estado de hipnosis que – todavía me – produce el Paraná, nos dimos cuenta de que el tipo de barba ya no estaba con nosotros. Quedamos solos en el Tonelero y la soga colgando y la lluvia finita y la intemperie rozándonos los ojos hasta hacerlos lagrimear.

Fue la primera vez que me sentí grande. Y puede que la única. Trepamos todos juntos por la soga, ayudando a los rezagados, resbalando por la tierra de la barranca y las piedras que se desprendían con el menor movimiento, dando ánimos a los que les faltaba valor. Creo que el tipo de barba volvió unos minutos más tarde: se había ido a mear cerca de las cuevas o vaya uno a saber qué estaba haciendo. Ninguno de nosotros era el que había sido. Algo notó el hombre de barba, estoy seguro.

La vuelta fue silenciosa, como el silencio cerca de las tumbas.

Y ahora me entero que un intendente y su council decidieron vender esos terrenos a una empresa para que exploten el lugar. Sé que hay amigos defendiendo el Tonelero por causas ecológicas, por demás justificadas. Pero mentiría si dijera que me duele esa transacción por motivos ambientales.

No pueden tocar mis primeras lecturas de Poe. No pueden deshacerse del mapa dibujado en lapicera. No tienen por qué alquilar a mis amigos pedaleando entre las piedras. No me pueden vender la soga y la lluvia chorreando por las manos. No pueden regalar el momento de incertidumbre en el que me creí héroe.

Y otra vez los puntitos negros de tanto apretar los ojos.



sábado, 8 de junio de 2013

Allá lejos de cerca el río



Estaba pensando en esta manía de comparar todo lo que me pasa con alguna experiencia del pueblo. Creo que tiene que ver con eso de la nostalgia y las cosas pasadas que ameritan un rápido viaje en bondi hacia el psicólogo. Pero como el viaje puede ser demasiado largo prefiero hacer catarsis por caminos menos truncos.

Mirar el río es perderse un poco. Lo digo porque no hay nada peor que la isla: uno queda atrapado entre esos matorrales y vacas que pastan fuera de la tierra y pareciera que en cualquier momento la tormenta va a aparecer y la lancha que no llega o algún otro problema técnico que nos deja en el otro mundo, ahí en la isla. Uno se entrega a ese vaivén del tiempo. El río está hecho un poco de tiempos, o por lo menos eso es lo que leí en Demitrópulos y le creo.

Pero también porque el propio sino depende del río. Una entrerriana me contó que la madre todavía la llama para contarle cuánto creció el agua, pese a que hace una década que no vive en su pueblo. Mis viejos me llaman los domingos para decirme que el río está lleno de mosquitos, o que no hay nadie, o que está repleto de gente de pueblos vecinos, o que la crecida se llevó algunos ranchos o que no se ven los carteles de peligro por la niebla. Uno está atado a esos relatos.

Y cuando me pongo a pensar en los camalotes, en las yararás que pude haber pisado en la reserva y que no pisé por pudor y suerte, en el pesquero que dejó su carcaza en el puerto, me doy cuenta de que todavía hay mundo campo adentro. Río afuera.


domingo, 12 de mayo de 2013

Media res



Iba de la presa a la chaira y otra vez a la presa. Una especie de ritual que reproducía con bastante fidelidad. Trataba de adivinar el momento exacto en que la hoja del cuchillo dejara de cortar la carne para arremeter contra esa espada sin filo, con el ruido metálico que hacía estremecer a los terneros que miraban en silencio desde el otro lado del alambrado. Se secó la transpiración con la muñeca y me miró sonriente, esperando que yo le respondiera de alguna forma. Creo que sonreí, pero de una manera que le hizo bajar el cuchillo y la chaira apuntándome al centro del pecho.

- ¿Te da asquito, pibe?

Me erguí instintivamente, para no mostrar las infinitas sensaciones que pasaban por mi cabeza. Ninguna de ellas podía catalogarse de asquito.

- No - dije .

- Ah.

Lo que alguna vez había sido una vaca cuelga de unos ganchos en el fondo de la quinta de mi tío, que ahora pita preocupado por algo que no sé muy bien qué es pero que lo tiene a maltraer desde la mañana, cuando me levanté en silencio a espiar el amanecer, preparando unos mates que, por supuesto, me salieron amargos, en el mal sentido de la palabra. Varias veces estuvo a punto de decirme algo, pero una mezcla de arrepentimiento y pudor lo frenaba. Me di cuenta porque la cara se le ponía colorada, como cuando tiene que tratar con los peones. Me espía de reojo, lo puedo ver corriendo el mechón de pelo entrecano de su cara y dirigir hacia mí una de esa miradas que quiero imitar pero no puedo. Me hago el distraído para no tener que explicar mi reacción ante la insistencia de Pedro por una costilla que no cede y que obliga al peón a llevarse la muñeca sudada a la frente sudada y de ahí al cuchillo que vuelve a la chaira sudada pero en rojo.

- Porque allá no ven estas cosas ustedes ¿no? – insiste Pedro

- ¿Qué cosas?

- No sé, cómo se hace la carne – resume.

Y la verdad es que Pedro tiene razón. Allá, en la ciudad, no vemos este tipo de cosas. La carne viene en bandejitas de COTO, con fecha de vencimiento, precio, un nylon que la recubre para que no chorree lo que queda de sangre y una cajera que la pasa por unos aparatitos que hacen clin y marcan el mismo precio que estaba en el nylon que recubre a la carne. Pero no sabemos cómo se hace esa carne.

- Esta va directo a lo de López, antes de que vengan los de ANMAT – dice mi tío, y Pedro asiente desde el reflejo de la hoja del cuchillo. Lo respeta. Muchos años.

Desde hace unas horas anoto en la cabeza el resultado de cada una de las extirpaciones. Es como una operación. Primero fue por las costillas, bajó un poco más y se aferró a los ganchos para dar con el corte final que separó en dos la bestialidad de la res. La muñeca que utiliza como toalla para secar la transpiración ahora es una chorreadura de sangre que despide gotitas rojas cada vez que se mueve. La imagen es de una crudeza infinita, mucho más verdadera y llena de rencor por la pieza que se balacea en silencio, cortando la tarde de par en par. Y ni siquiera puede uno descargar cierta responsabilidad en Pedro, que es el arma de una fuerza que viene de no sé dónde pero presiento que está ligada a ese pedazo de tierra cercano a la casa y a todo el tiempo que viene con ella. En eso consiste lo trágico de la escena.

- Anoche vinieron las vacas cerca del establo – dijo mi tío y volvió a sentarse en el tronco rebanado por la motosierra.

- Las escuché, patrón – dijo Pedro.

- ¿Hiciste algo?

- El boyero se encargó, cuando salí los animales habían desaparecido.

Entonces me acuerdo de la vez en que era chico, que mi vieja todavía me acompañaba al campo de los abuelos, que mi padre no se había rajado con una pendeja de la capital y que todavía tenía algún temor por las sombras y los animales de noche. Mi tío me había sentado en una de las mesas de la galería y, mientras daba el último pitido al cigarrillo armado con sus propias manos – como él se jactaba siempre que se le preguntaba – me dijo que los alambrados tenían corriente, que era para que los animales no se acercaran donde no debían. Eso es lo que nos separa de ellos, me decía en la noche estrellada en que las vacas eran un sueño lejano para mí.

No puedo dejar de lado la expresión de asco que siento por la situación. No es el asquito que supone Pedro, que no entiende nada de los que le pasa a la gente, es el asco por el matarife de cuento, la pierna semilevantada de mi tío que escupe el pasto y pisa la escupida. Lejos había quedado esa imagen nocturna. Ahora tenía que ver para aprender, porque en cualquier momento debía hacerme cargo del campo de la familia. El tío no va a estar para siempre, me decía mi tío y guiña el ojo a Pedro que sonríe con esa risa idiota de los que ya han probado la sangre con el cuerpo y no pueden más que quedarse pegados al líquido de los animales. Todo esto me parece algo grotesco, pero me fascina.

Mi tío recoge la media res que cae al suelo después del golpe asestado por Pedro. La carga en el hombro derecho y el peón quiere ayudarlo.

- Pero deje que yo lo hago, patrón. Mire si va a estar haciendo fuerza.

- Deje de joder Pedro y póngase a limpiar. Todavía no estoy muerto.

El tío camina uno, dos pasos y agarra voleo. Debajo del pelo entrecano y las arrugas hay todavía cierta fortaleza. Esos brazos supieron arrear hombres años antes, cuando las cosas eran más complicadas que ahora. Lo vimos desaparecer por la galería y doblar a la izquierda en dirección a los tachos con agua caliente y al fuego que estaba prendido desde la mañana. Pedro jugaba con el cuchillo y la chaira, los hacía chocar y después se llevaba los brazos por encima de la cabeza.

- ¿Me lo prestás? – le digo

Deja el cuchillo en el pasto y simula ser un esgrimista con la chaira ensangrentada.

- Como el Zorro – dice

- No hagás boludeces, Pedro – le digo, pero no puedo dejar de reírme por la ocurrencia.

El cuchillo es pesado y el mango resbala por la mezcla de sudor y otros fluidos. De pronto, Pedro deja de sonreír y de hacerse el tonto.

- Tu tío es un buen hombre – dice.

- Ya sé – digo.

- Igual que tu familia – dice.

- Depende. Porque si es por el lado de mi viejo, flor de garca resultó ser.

Pedro me mira sin entender. Hace un zigzag con la chaira en el aire y se acuclilla observando el monte que se extiende cerca de la casa.

- No se debe hablar mal de los padres – se ve que lo había pensado durante un rato.

- Como quieras, pero no deja de ser un garca.

Me acerco a la media res que cuelga del gancho, esperando el momento en que el hombro del tío vuelva para llevársela a los tambores y limpiar la suciedad, los pelos que todavía quedan, las imperfecciones que se ven a simple vista y que deben ocultarse para que los López no se quejen.

- Tu tío tuvo que hacer cosas. Sacrificarse por la familia.

Hay un espacio de tiempo que queda vacío. Ya no esgrime la varita mágica ni se lleva la muñeca a la frente para liquidar el sudor. Asiento desde mi lugar de observador del rito y Pedro contiene la respiración para no mostrar la tensión de las mandíbulas. Yo sé de los rumores y de las cuentas que el tío tuvo que pagar por sus formas. Una cuestión de formas, diría mi vieja, que lo adoraba al tío, aún antes de las cosas que Pedro insinuaba. Porque la familia le debía la extensión de tierra que no tenía fin en un pueblo del interior de la provincia, hasta donde llegaba el alumbrado público por su intermediación. Detrás de la casa había dejado una franja de árboles que servía como pulmón y después las hectáreas en donde las vacas pastaban y movían las bocas simultáneamente.

Parece que Pedro quiere decirme algo más, porque abre la boca como las vacas antes de pegar una mordida al pasto, pero se calla al ver que el tío vuelve con la camisa aureolada por la sangre de la media res que ahora debe estar fragmentada en múltiples partes y dispuesta para la partida a lo de los López.

- Hay dos que se escaparon y están queriendo entrar por atrás de la galería – dijo el tío.

- Voy

Pedro me sacó el cuchillo de la mano y limpió la hoja con el pantalón. El tío sacó del bolsillo uno de los cigarrillos armados por él, perfecto, como de los que vienen en las cajitas y se compran en los supermercados. Pero sin todas las porquerías, porque uno debe saber cómo se hacen las cosas, el proceso que lleva del tabaco y el papel a un cigarrillo, de la media res colgando de los ganchos a una bandejita con nylon en la caja del COTO. La producción y el armado.

El tío escupe una vez más el suelo buscando mojar la tierra con toda su saliva y pisa, aplasta el escupitajo con la alpargata, la refriega en el suelo y vuelve la mirada hacia mis ojos que observan el ir y venir del pie sobre la saliva que ahora ha desaparecido en la tierra que regó. Se sienta en el banco de tronco improvisado y me señala con un índice que es como toda mi mano.

- Dos terneritos se escaparon – explica.

- Ah.

- Se ve que alguno de los negros dejó la tranquera abierta o se las ingeniaron para pasar a través del alambrado. Tiene electricidad ¿te acordás? Por eso me parece que fueron lo negros.

- Puede ser.

- Pedro es más responsable. Pero tuve que enseñarle. Muchas horas de ida y vuelta al monte, de dejarlo solo para que aprendiera cuándo tenía que volver por las lluvias, cuándo la mierda indica que un animal está enfermo y esas cosas. Por eso se pueden ir a cagar los del gobierno. No saben nada con las jeringas.

Me acerco a la media res que ahora se balancea por un vientito que trae el monte y apoyo la mano en lo que se supone que es la pata del animal. Seguramente tendrá otro nombre más específico, peo no lo sé. Ni siquiera sé hacer el asado. El tío me mira contento por ese arrebato, pensando, tal vez, que estoy caminando sus propios pasos, que al fin me decidí a continuar con lo que él no puede terminar. Porque Pedro es entendido, pero hay que arriarlo como a las vacas, enseñarle que por ahí no puede pasar, que el cuchillo sirve para esto o lo otro.

Empujo el medio cuerpo y me seco las manos en la ropa. Una sombra tiñe el rostro del tío, que pita con celeridad el cigarrillo y lo tira al pasto, justo al lado de donde había caído el chorro de saliva unos minutos antes.

- Seguime – ordena.

Me quedo estacado junto a la vaca que dejó de flamear. El tono de voz del tío tiene el matiz del destino, de algo que no puede sacarse uno de la cabeza como un mosquito que molesta, o aplastarlo contra la pared. La orden es una marca.

Camina despacio entre los pastos que rozan las rodillas mientras los perros se enredan entre sus piernas. De vez en cuando patea a alguno y les dice “fuera” y también les dice “dejen de joder” y también “la puta que los parió”. Se dirige a la galería, va en dirección al pozo ciego. Lo sigo con cierta distancia, pero haciéndole saber que voy detrás.

- Tenés que ir aprendiendo – escucho que murmura, para sí mismo.

- ¿Qué?

- Nada, nada. Te va a hacer bien. Yo a tu edad. Te va a hacer bien.

Inclinado junto al pozo está Pedro, que al escucharnos levanta la cabeza y mira al vacío. Se sorprende y tiende a esconder el cuchillo entre las piernas, a retocarse el pelo, con las manos nerviosas, llenas de sangre fresca que se suma a la sangre pegada de la media res. Pedro mira al tío y me mira a mí, varias veces mientras nos vamos acercando al pozo ciego. Mi vieja me decía que el pozo ciego era uno de los lugares prohibidos del campo del tío, al igual que los alambrados. “Si te caes ahí no la contás” me decía, y sentí cierto vértigo al acercarme a Pedro y al pozo que yacía a sus pies.

- No sabía que venía – dijo Pedro, justificándose.

- Lo traigo yo, quedate tranquilo y hace lo tuyo – mi tío jugaba al patrón y Pedro le creía.

Pedro tenía agarrado del cogote a un ternerito con las piernas quebradas. Otro ternero degollado mostraba la lengua y empezaba atraer las primeras moscas del verano. La escena es de una insoportable realidad: el olor al ternero y a la mierda que había largado después de la patada que le debe haber dado el boyero cuando intentó acercarse a la casa, la humedad de la sangre evaporada, la muñeca que vuelve a subir hasta la frente y baja con el cuchillo ceñido como una espada, pero sin zeta de Zorro.

- Estos no aprenden más, dice Pedro mientras el ternero grita en el suelo y estira el cogote dejando vía libre al peón vuelto matarife – por eso hay que hacerlos mierda de chiquitos.

No digo nada.

- La mamá es la que está colgada – dice Pedro, y larga la carcajada.

Me vuelvo hacia donde señala el dedo y veo el balanceo de esa media vaca que presencia la muerte de sus crías.

- Pará – dice el tío cuando Pedro se apresta a dar la última estocada.

Y fue la mirada más inhumana que le vi al tío después de mucho tiempo. Venía de esos años en que había tenido que sacrificarse por la familia, en que los vecinos habían hablado, siempre al pedo como decía mi vieja. Pedro entregó el cuchillo que pasó a las manos del tío y que ahora deposita en mis manos sin vida. El frío del mango le da movimiento a la extremidad derecha que ahora se levanta y coloca el instrumento cerca de los ojos, para ver los detalles de la hoja, la marca grabada con fuego y las gotas de sangre del hermanito.

- Te toca a vos – dice el tío y hace que sonríe. Pedro también, pero él sí sonríe en serio.

El pozo se acerca a mis pies y el último de la familia sujeta mi mano con su garganta. Ahora empieza, lo presiento, mi propio sacrificio.


sábado, 13 de abril de 2013

Apenas suena: párrafos sueltos sobre Plop, de Rafael Pinedo.

¿Qué es Plop? Sí, claro, es una novela de Pinedo publicada en 2004 y que hoy es una especie de clásico incómodo. Pero ¿cómo? Porque la prosa despojada de adornos, la sintaxis tajante de Plop lleva a pensar en recursos similares, en estilos no muy lejanos dentro del mismo rango de obras que podríamos considerar geniales. Por suerte no nos interesa esa genialidad y mucho menos el constatar que lo que leemos lo es.

Plop es una novela del barro. Pero no es una novela de lo bajo, de la sociedad-basura. Sobre todo porque esas categorías quedan a un lado, son obsoletas a la hora de analizar Plop. Lo que plantea se deshace y deja manchado el alrededor. No se salva nadie: todos quedan con unas gotitas de mugre pegadas al cuerpo después de leer la novela de Pinedo.

El ascenso y descenso del personaje principal coincide con el mismo movimiento del lector. La lectura se convierte en objeto y se repiensa en la escritura. La literatura se evidencia como poder. Y ese poder es el de una escritura que poco a poco se desvanece, se usa y se tira, instala y pasa de moda, queda en la nada, se hunde en el pozo en el que va a terminar sus días el personaje principal, en las oraciones cada vez menos expresivas, en los nudos inexistentes de una narración de fragmentos signada por la muerte.

El poder va y viene, se hace parte del grupo, se queda con Plop y después desaparece en las turbias aguas de ese futuro que se parece mucho a las ruinas de la sociedad occidental.

Dice Sebastián Hernaiz que Plop – junto a El año del desierto de Mairal y La Rosa del Tango de Portola – “…se generan narrando ese futuro más o menos fantástico o impreciso que es su presente y desde allí, buscan ahondar en los mecanismos sociales, los modos de las sociabilidad, las prácticas de la actividad política y la historia social, política y económica argentina”. Es cierto que Plop interpela desde ese pozo, desde la crisis absoluta, pero no deja de señalar que esa situación no es producto del barro sino de la lluvia:
Se toparon con el Asentamiento de los Boca Arriba.
Era un grupo raro, al que nadie atacaba.
Los llamaban así porque se tiraban de espaldas en el suelo, con la boca abierta.
Y se quedaban tendidos hasta ahogarse con la lluvia.
“…un grupo raro” se evidencia, y lo raro es lo que espera deshacerse en el barro y desde esa espera interpela. No hay Asamblea sino Asentamientos que están atravesados por la prohibición y la transgresión silenciosa.

¿Quién es Plop? El fabulador, el mentiroso que posee y es poseído por fuerzas que vienen dentro de cuerpos. La utilización del otro como sinónimo del sexo implica una lógica en la que lo corporal se ha cosificado. Fácil de interpretar y casi podríamos decir, poco original. Pero sin embargo el tabú. Y ahí está la complicación, el modus operandi de la sociedad develado por Plop. Toda relación está atravesada por el límite de lo que se puede y no se puede. Plop es el que franquea, el que se da cuenta de que el tabú es un artificio: los personajes que se hallan fuera de esa línea organizan la narración, la hacen avanzar. Pero la clave está en ese avance que es, siempre, caída. A él lo chupan y se deja chupar. Por suerte, Pinedo se da cuenta de que esa liberación implica también la dominación del otro: la esclava que chupa al chupado.

Lo inarticulado. La magia de la escritura que es poder durante un tiempo y que después se aleja cando se relajan las morales, cuando la sociedad estalla en pedazos. Lástima que Pinedo no pudo escapar de una concepción de la escritura atravesada por la lectura de Levi-Strauss. Muy antropológico, en fin. Mu etnográfico. Pero, a la vez, anuncia la destrucción de ese modo de leer. Ya no interesan esas historias monumentales, pero los relatos siguen siendo necesarios. El monumento cede su lugar al reciclaje. Los libros se reciclan, los cuerpos se reciclan, las historias se reciclan. El barro se sigue amasando para generar personajes y la narración no deja de ser ese momento en que la forma empieza a deformarse, en que lo oscuro se convierte en una cara carcomida por el ácido, en un diálogo turbio, en un sonido que sólo suena: Plop.

jueves, 28 de marzo de 2013

El viejo Ford


Para estos días de festividad religiosa me traje a Villa Ramallo un libro de Erdmut Wizisla sobre la amistad de Brecht y Benjamin. El trabajo es fuerte desde el punto de vista bibliográfico, ya que el autor tiene acceso a documentos que los demás mortales no tenemos. Pero no propone nada desde lo teórico: no hay una interpretación de las posiciones ni de los comentarios de los implicados. Sabemos que Wisengrund tenía reparos hacia esa relación, lo mismo que Scholem y los demás miembros del Institut, que Arendt fomentaba las reuniones y creyó ver en esos dos hombres a los mejores en su campo haciendo lo que mejor sabían. Pero nada más. Un libro que podría encuadrarse dentro del género “chimento sobre intelectuales”.

Me quedo con una anécdota que me hace pensar en Benjamin pero también en algunas encrucijadas que nos sigue presentando la historia presente. Parece que Brecht era dueño de un viejo Ford y le costaba mucho desprenderse del vehículo. El auto era un tema recurrente en los comentarios de su amigo.

El dato me golpeó en lo más íntimo: durante muchos años mi familia no pudo dejar a un lado el Ford Taunus modelo 78 que habíamos comprado a mediados de los ´90. Fechas sugerentes. Eran más los problemas que la carcasa con motor nos traía que las ventajas, pero nunca pudimos sopesar pros y contras cuando se trataba del viejo Ford. Un espíritu de conservación nos embargaba y no podíamos racionalizar ese sentimiento. Porque era eso que estaba ahí y nos interpelaba desde su presencia. Dice Wizisla:
El viejo Ford de Brecht era objeto de bromas interminables, como lo muestra el pedido de Benjamin a Margarete Steffin antes de su primer viaje a Skovsbostrand: ”Saludos al vecino, mis respetos al Ford”. Una nota de Benjamin dedicada al vehículo, escrita hacia 1934, podría tener un carácter más bien irónico:”El auto. Con él no se emprenden más viajes que los necesarios”.


Puede que para un intelectual como Benjamin, el viejo Ford se convirtiera en una de las piezas de la constelación que componía su relación con Brecht. Ese afán de conservación de algo que se está perdiendo pero que no deja de ser también recurrente, podría emparentarse al mismo sentimiento que embargaba a nuestra familia. No es casual que uno de los proyectos en común que tenían Brecht y Benjamin fuera la creación de una revista cuyo título sería Krise und krtik. Por supuesto, la crítica era una de las formas de fomentar la crisis del sistema burgués. La observación de Wizisla aquí es obvia pero no por eso menos esclarecedora: 
Que la revista debía trabajar para provocar la crisis muestra que “crisis” no se entendía como expresión final – como la crisis en la evolución de una enfermedad – como el momento de cambio (peligroso) en que se abre camino lo latente, que tiene como consecuencia la cura o la muerte, es decir, como decisión que puede ser acelerada.
Ahondar en la crisis a partir de la crítica. Pero para eso había que desestabilizar las propias percepciones, poner en cuestionamiento esa estela que dejaba entre ellos la marca del viejo Ford, que sólo hacía los viajes necesarios, pero que seguía viajando. Incluso el mismo Brecht era consciente de lo que el nombre Ford conlleva. Una huella del pasado, de aquello que los amigos intentaban clausurar.

Las continuidades que el viejo Ford Taunus nos permitía se parecía mucho a la idea de felicidad. En esas chapas dobladas y carcomidas por el óxido estaban los primeros viajes, mi primer choque, las vueltas por el río. Deshacerse de esas piezas, de esa ruina que convivía con nosotros fue complicado. Creo que confundimos esa narración que posibilitaba el Ford Taunus con nuestra propia historia. Y en parte era eso, pero algo más. Es lo que se me vino a la mente cuando pensaba en Benjamin y Brecht viajando en el viejo Ford: que esos objetos vuelven más fuerte cuanto más se piensa uno en el pasado y se conservan esas fuerzas que atraviesan al objeto como determinantes.

Y esto es lo único que voy a decir sobre Bergoglio y sus repercusiones.



Villa Ramallo


sábado, 9 de marzo de 2013

A la deriva



En frente de la Biblioteca Nacional, sobre todo los fines de semana, se reúnen unos señores-siempre masculina la concurrencia-que hacen flotar sus barquitos de juguete en una especie de fuente gigante. Algún entendido podrá decirme que soy un ignorante, que no son juguetes sino modelos a escala rigurosamente construidos a partir de un barco existente, etc. Es probable. Para mí son juguetes de plástico que los señores guían con un hilo.

Me acordé de la vez en que mi amigo Nicolás había tenido la idea de construir una balsa con toneles de plástico. Quería cruzar el Paraná y llegar a la isla remando. Le dije que era arriesgado, que las balsas de verdad tenían no sé qué cosa, que iba a terminar a la deriva por el río. Pero que si quería lo acompañaba. Él me respondió con algunas fórmulas y justificaciones físicas que no entendí pero que creí de una, porque sonaban muy científicas. Sin embargo, a diferencia de los muchachotes de la fuente de calle Libertador, la balsa de Nicolás no tenía hilos que la guiaran. Los dos sabíamos que esas fórmulas eran una mentira necesaria pero inútil a la hora de las manos y el plástico, del olor a nafta de los toneles. No había una fuerza externa que controlara la situación y eso hacía desesperante el panorama. Lo peligroso es cuando falta el hilo que regentea la deriva, que hace del devaneo una mera ficción.

En la balsa de Nicolás no había escalas, no había representación de una balsa anterior sino que esos toneles eran los toneles primeros. Alguien- tal vez el mismo que me increpó por decir “juguetes” cuando eran…- podrá pensar en los mapas previos, en esa fórmulas y retrucar que siempre hay un modelo anterior, que los conceptos preceden a las cosas y que la teoría se sustenta sin la práctica. O no.

Pero cada vez que veo a esos viejos omniscientes que tiran del hilito del barco, sé que esperan que una ola se lo lleve, que corte el hilo y zambullirse en la fuente y nadar para rescatar su modelo a escala, su forma de hacer las cosas que viene desde antes, que tiene una historia atrás, conectando con otro modelo mayor, el original, el que trasciende a todos los modelitos. El padre de los modelos.

Y todo esto para recordar(me) que tengo que sacar las tijeras porque andan sobrado unos cuantos hilos.


domingo, 3 de marzo de 2013

Las ardillas de Werner



En escena: el fondo luminoso del cementerio, las cruces iguales, la naturaleza que parece acechar al único personaje delante de cámara, un Pastor que se encarga de dar consuelo y oración a los condenados a muerte del estado de Texas en sus últimos momentos de existencia, el llanto contenido del testimonio de quien se enfrenta a la reproducción de sus propios dichos y a la voz del director que en un inglés preciso, duro, sin floreos, pregunta. En un momento el Pastor suelta, casi como una anécdota sin importancia, que para despejar su cabeza de la carga que implica ver morir a tanta gente, va a jugar al golf, a encontrarse con la misma naturaleza que ahora lo rodea y que cada vez es menos fondo. Sí, al hombre le gusta ver a los animales que vagan libremente por el campo. Una vaca, un venado, unas ardillas. Por eso sorprende que la voz detrás de cámara interrumpa de golpe el flujo de la narración y se detenga en el detalle ¿Las ardillas? ¿Por qué?

Así comienza Into the abyss (2011), uno de los últimos documentales del cineasta alemán Werner Herzog. Y uno comprueba que esa escena inicial podría funcionar como una poética del cine según Herzog. La versión que nos deja de la realidad es una muestra retorcida de su propia visión: el instante en que lo íntimo devela conexiones que sólo la cámara puede captar, que el lenguaje no logra racionalizar. Las ardillas disparan hacia la relación entre los sujetos, y casi sin querer destapan las lágrimas del Pastor: la conciencia de sus angustias y miserias se expone con la estructura de lo casual. Porque esas ardillas son una válvula que contiene lo que el cuerpo reprime y Herzog ha logrado, una vez más, dar en el clavo, abrir el flujo de una narración que no tiene que tener su eje en el tema del documental, que puede encontrar sus momentos más interesantes en una aparente digresión.


Hay algo de obra aurática en el cine de Herzog: un golpe que sólo puede aprehenderse en el instante en que las mentes hacen conexión. Y no se puede sustraer ese instante al momento de la historia en que se produce, a la trama construida por un tiempo que siempre es mayor al que uno espera, pero que en esos gestos involuntarios de quienes posan frente a la cámara, puede extraerse el verdadero mensaje. Un cine de palabras engañosas: como cuando la esposa de uno de los condenados no puede dejar de sonreír y Herzog le pregunta si no se considera una especie de groupie. La respuesta es secundaria, ya respondió el cuerpo y el silencio, el rodaje de algo que podría considerarse “vacío”.

La mayoría recordará la escena de Grizzly Man (2005) en que Herzog escucha con sus auriculares el momento de la muerte de Timothy Treadwell. El silencio, el rostro impávido de quien sufre el ataque del oso, la mirada atenta de una de las últimas mujeres de la víctima. Y cuando uno espera que la grabación se comparta con el espectador, que se abran los micrófonos y el misterio se devele, la voz de nuevo dice que no, esa voz terminante que no deja lugar a dudas: ese material debe destruirse y no ser escuchado nunca por nadie.

En el documental que dedica a su relación con Klaus Kinski, Herzog describe una de las piruetas que le había sorprendido de su actor fetiche: la llamaba “el tornillo Kinski”. Puede verse este recurso especialmente en Aguirre, la ira de dios. El truco consiste en abrazar con las piernas el trípode de la cámara, de manera tal que el cuerpo hace un giro de 180°, saliendo de detrás de cámara y quedando frente a ella en un espacio reducido. Hay en el cine documental de Herzog algo del “tornillo Kinsky” funcionando. La narración va y viene: parece dar la espalda al tema central y de repente queda expuesta de manera cruda, el rostro claro frente a la cámara. Como el momento en que uno piensa que Into the abyss va a polemizar abiertamente contra la pena de muerte o ahondará en el sufrimiento de los condenados en sus últimos días. Y en cambio la narración se enrosca a la cámara, corre hacia todos lados juguetona, como una ardillita.


sábado, 5 de enero de 2013

La lengua rota: cosas que se me ocurrieron cuando leía YOY de Alejandro Berón Díaz


En un texto fundamental para la teoría literaria (El problema de la lengua poética, publicado en 1924)- tan fundamental que da comienzo a lo que hoy entendemos por teoría literaria- Iuri Tinianov aseguraba que la palabra en el lenguaje poético tiene la particularidad del camaleón, nunca se mantiene igual a sí misma, muta dependiendo del lugar que ocupa en el verso y de las relaciones que se establecen con las otras palabras. El centro, decía, es el ritmo. Hoy parece una obviedad, pero debió pasar mucha agua debajo del puente de la crítica para entender estas reflexiones. Sobre todo para asociarlo con la idea de “sistema” y “función”, conceptos claves para entender el giro que da el formalismo por esos años. En la Introducción a la nueva edición del libro de Tinianov, Jorge Panesi señala atinadamente que “En la concepción de Tinianov la lengua poética no se opone a la lengua cotidiana, sino que se conecta con otros discursos artísticos y con los de la vida social”, y también que lo que intenta demostrar Tinianov en este estudio es el “dinamismo fundamental de los procesos literarios”  ¿Cómo no pensar que la poesía cambió desde el libro de Tinianov? Pero a la vez ¿cómo analizar de otro modo? No hay método. El problema de la lengua poética es que las aseveraciones del ruso siguen vigentes, por su potencia, por el alcance de sus estudios, por impericia.

Menos ambicioso, harto menos erudito en los vericuetos de la lengua poética, pienso en un poemario que publicó Alejandro Berón Díaz en 2005: YOY. Sobre todo porque lo que dije anteriormente me hace llegar a una conclusión que, espero, sea errónea por mi desconocimiento: no hay un análisis sobre la nueva poesía argentina. Sí hay muchos poetas, poemas, recitales de poesía, performances, grupos de Facebook, páginas, blogs, etc. Pero no se ha tomado este fenómeno como objeto de estudio, excepto algunas notas periodísticas y ensayos que bordean el tema.

Dos líneas surcan el libro de Berón Díaz, para nada excluyentes: la muerte y el sujeto. Empiezo por la temática porque el libro golpea con fuerza desde lo formal: el lenguaje quebrado que juega con la irracionalidad lo atraviesa, se convierte en eje de una sonoridad que pone el acento en la repetición, en las pequeñas variaciones que van construyendo cadenas de sonidos. Por supuesto, son poemas en los que se traza una línea que encuentra su cobijo en la oralidad y su propuesta en la escritura. Esa frontera  se mantiene y plantea una batalla en su problematización. El sentido irrumpe, entonces, a través de esa tensión entre lo oral y lo escrito, entre los diversos tipos de materialidades que se concretan al unísono:

                                             La boca                               en el nombre del padre
                                             Los pezones                       del hijo
                                             Y del espíritu santo          el ombligo

                                             Atrabesando una ruta muy oruga
                                             La boca los pezones el ombligo la fruta     amén
                                                                                                                         
                                                                                                          (Los pezones) 


En la variación de la escritura está lo otro que se calla: la concreción oral del poema, el recitado. Sobre este monstruo que conforma el lado oscuro- lo que la escritura excluye- la palabra determina y acecha, sin definir el costado desde el cual va a atacar.

Es cierto que la lectura de la muerte que hace Berón Díaz no se caracteriza por su originalidad. Experiencia y muerte, casi podríamos recitar de memoria aquellas obras que trataron sobre el tema: es más, lo hizo magistralmente Agamben en Infancia e Historia. Sin embargo hay algo que escapa de esa temática para asentarse en un conflicto que no tiene solución en el poemario: el sujeto roto que no es un sujeto fragmentado. Y desde esa línea se aleja de las archiconocidas teorizaciones posmodernas y también de los universales. El conflicto es nuevo- o por lo menos su planteamiento- y por eso los poemas se presentan como tentativas, como juegos que parecen irrisorios pero que dejan entrever un uso del lenguaje que evidencia las relaciones que lo enlazan con la realidad. 

                       yo roto
                       silencio pozo
                       esposado
                       silencio plural

                       hacen falta estar muerto
                       como se larga a llover la gente
                                                                                                                 (La muerte)

El Yo se erige sobre los escombros del lenguaje. La inconexión entre las palabras produce un quiebre que deja en evidencia la artificialidad del procedimiento. Pero esos juegos no son puro lenguaje, coqueteo académico que hace de la textualidad una capa que lo cubre todo: en los poemas de YOY el silencio es lo que habla. Un silencio plural que no define su estatuto, que se convierte en procedimiento constitutivo del poema. El problema entonces se incorpora el afuera del tablero, se recoge en lo que esconde esa desconexión de géneros y números, esas formalidades arbitrarias que no tienen palabras camaleones pero sí palabras puente. Las rodea la concreción oral que es su continuación, el devaneo que produce un lenguaje que está entre lenguajes y se sabe insuficiente.

Pienso en esas variaciones y sistemas que vislumbró Tinianov hace tanto tiempo. Erigir de nuevo las estructuras de análisis que se presentan en El problema de la lengua poética sería traicionar su propuesta: la nueva poesía argentina desarticula la idea de ritmo y corre la mirada hacia las tensiones entre oralidad y escritura, entre variación y percepción, parodiando no sólo el estilo sino también el lugar social del poeta. Por otro lado la cotidianeidad pasa a ser el eje de una nueva épica que tiende su andamiaje sobre el relato de la experiencia: la aspiración a una totalidad compuesta por piezas en falsa escuadra. 




La última vez que lo crucé a Alejandro Berón Díaz en una de las performance que hace junto a otros poetas y artistas, simulaba una venta de poemas en el subte. En realidad, se trataban de “poemas rellenos” que terminó arrojando al público. Había algo en la escena que producía una sensación de desfasaje: las palabras eran parte de una puesta en escena, un abismo inevitable que esperaba su concreción en el acto mismo de arrojarse contra el poema. Había algo de perverso en ese reparto, uno quedaba condenado al poema relleno, a las palabras del otro que empezaban a hablarse en nuestras propias palabras.



Libros para el verano:

                      Berón Díaz, Alejandro. YOY. Buenos Aires: Guachaeditora, 2005.

                      Tinianov, Iuri. El problema de la lengua poética. Buenos Aires: Dedalus, 2010.

El libro de Berón Díaz no creo que se consiga en librerías. Lo compré en una de las jornadas del ciclo Sucede. En todo caso, calculo que se puede pedir directamente al autor. Y si no chiflen y se los presto.