martes, 8 de octubre de 2013
Mandarinas
Las mandarinas del árbol de Federico son las más ricas de todo el pueblo. Eso lo dicen hasta los que se vienen del otro lado de la vía y allá tienen unas mandarinas que te vuelan entero. Pero se arriman en peregrinación y las mandarinas chorrean y tienen muchas semillas que eso es lo mejor, así se puede escupir con ruido y jugar a ver quién llega más lejos. Las mandarinas me gustan mucho.
Una vez le dije a Federico que teníamos que hacernos cargo de la venta de mandarinas y le pareció una idea gigante y empezó a correr de alegría por todo el campo y tuve que frenarlo porque ya estaba montado arriba de un caballo, a puro pelo nomás, y queriendo saltar el alambrado.
El proceso consistía en envolver las mandarinas en papel celofán- porque así quedaban más profesionales – y después en bolsas de residuos negras. No conseguimos verdes. Después tocar el timbre y esperar.
Siempre hablaba Federico porque a mí no se me da muy bien hablar con otras personas y tiendo a taparme la boca y transpirar mucho. A veces digo cosas que no tienen sentido y que la gente igual entiende pero de otra forma. Cuando alguien me pregunta que qué me pasa me agarran ganas de envolverme en papel celofán y quedarme solo en una bolsa de residuo bien negra. Y que no pase la luz.
El negocio fracasó en la segunda semana, cuando Federico empezó a preguntarles a los clientes si concebían una vida sin mandarinas. A la gente de pueblo no le gusta ese tipo de preguntas, son más pragmáticos. “Pero si hay mandarinas por todos lados” respondían. Entonces a mí me corría un calor de pies a cabeza y amenazaba a la gente con romperle los vidrios y la cabeza a mandarinazos, a ver qué se creían. Y Federico me agarraba con fuerza y me decía “pará-pará-no valen la pena-so-re-tes”.
Hace poco nos juntamos de nuevo a comer mandarinas del árbol. Me trepé a una de las ramas que ahora están más secas y frágiles, mientras Federico caminaba con las manos y tomaba ginebra al mismo tiempo. “Es como tocar la tierra con el cuerpo y la cabeza”, decía sin perder el equilibrio. Entonces corté los primero gajos y estaban tan jugosas como siempre, tan perfectas, tan tanto que escupí una semilla que llegó hasta el cielo. Hasta el cielo. Y desde ahí nos cuida.
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Gracias!
ResponderEliminarA usted, genio!
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