viernes, 13 de septiembre de 2013
Hay como una lluvia
Conozco gente que predice la lluvia por el tamaño de los alguaciles. Otros por lo cargada que está la luna. Pero con hora exacta y todo. A mí me gusta esa gente porque se viste de un halo mágico que me desconcierta.
Por supuesto, todas las veces no les creo. Todas las veces ganan.
Una vez una vecina que predecía el clima con frecuencia me dijo que si uno mira mucho la luna se levanta alunado: la luna está cargada de muertos. Le conté a mi vieja y me contestó que mirá si va a ser verdad, no creas esas boludeces.
En mi casa no se creía en nada, ni en la luna ni en los muertos.
Pero dejé de mirar la luna, porque la luna está lejos y a veces enoja. Entonces me miro las zapatillas y me quedo con las líneas de las baldosas y calculo cuántos pasos hay desde mi casa hasta la otra casa. Cualquiera de las otras casas. Cuatrocientoscincuentaydos. De vuelta.
La vecina se volvió loca y un día corrió con un cuchillo al esposo. Me acuerdo porque el señor se apersonó en mi casa buscando refugio y entonces pensé que la luna se había metido de lleno en el cuerpo de la mujer. Después la señora lloró en el hombro de mi vieja y se limpió los mocos unas tres veces.
Cuando se murió la vecina no había luna. El marido la había abandonado un tiempo antes de que ella se tragara un tarro de pastillas de no sé qué cosa. Fuimos todos al velorio que era al lado de mi casa. La velaron en el living. Tenía puesto el vestido de flores que usaba todos los días.
Creo que fue mi primer muerto.
El problema - lo supe un tiempo después mientras me miraba así con todos los ojos - era esperar que la luna escupiera todas las predicciones y que adivinara cuántos pasos hay desde mi casa hasta la otra casa. Cualquiera de las otras casas. Eso sí que me daría miedo. Cuatrocientoscincuentaydos. Y de vuelta.
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