lunes, 29 de octubre de 2012

Dos



La segunda vez los encontré camino a la costa. En la calle lateral a la fábrica, junto a un ceibo mediano. Estaban parados con la bolsa arpillera en la mano, pero vacía. Frené la bici y me puse a mirarlos abiertamente, casi con obscenidad. Ellos no se enteraron de mi presencia; parecía que el mundo se acababa en esos dos cuerpos erguidos al lado del árbol, los ojos puestos en los pies del otro y las manos tensas todavía por la fuerza que habían tenido que hacer para traer la bolsa llena.
Me paré un rato junto a los dos extraños, pero parecía que estaban ciegos al alrededor. Creo que la mujer estaba llorando, o había llorado hacía poco, porque los ojos hinchados desprendían un poco de tierra.

-          - ¿De dónde vienen? – les pregunté, siempre mirando al suelo.

No respondieron. En realidad, no sé si pude articular lo que quería decirles o quedó todo en mi cabeza. La mujer, sin levantar la vista, señaló para el lado del río. El hombre me intimidaba pero de una forma extraña: no era miedo sino angustia. Supe que detrás de esa pareja había algo denso, una oscuridad que venía de aguas anteriores, de remos golpeando en días de lluvia, de pasajes rodeados de ceibos como ese. El hombre levantó la cabeza y asintió al aire. Nunca se miraban entre ellos. Siguieron caminando hasta la orilla. Los seguí de cerca, acoplado al paso cansino de la pareja: tenían un ritmo que contagiaba. Quería ser parte de esa caminata, del trayecto que llevaba hasta otras costas ignotas. Se subieron a la piragua y el hombre abrazó los remos. Casi sin querer me puse a llorar, de puro maricón nomás. Y otra vez a la profundidad del río.

viernes, 26 de octubre de 2012

Dos que vienen: cuento en cuotas.

Uno



   Los vimos aparecer en la otra costa como puntos casi invisibles. Se fueron transformando en imágenes parciales: la punta de una piragua, dos remos golpeando contra el río, unas manos sin humanidad, rostros ciegos. Cuando las figuras se completaron todos sabíamos que esas personas no era de por acá, que seguramente venían de Entre Ríos o de vaya a saber uno dónde. Pero del pueblo no.

-         - Estos no son de Entre Ríos – dijo uno que se jactaba de conocer a los habitantes de los pueblos vecinos.

   El hombre- porque no podíamos decir el marido, aunque sí, por esa forma de- era el encargado de dar las brazadas sobre el agua, con un movimiento constante que hipnotizaba. Tenía la barba crecida de unos días. El pelo quieto de haberse lavado con agua de río, el barro- el sudor -el viaje. La mujer tenía los ojos gachos, pero parecía sobrellevar mejor el trajín. Tenía la misma edad del hombre-¿la esposa?- y la cuerda que sostenía en su mano fue a parar justo al muelle. Se bajaron sin hablar y extrajeron del centro de la piragua una bolsa arpillera. Los dos hicieron fuerza por igual. En el hombre se vieron unas venitas azules que le surcaban la frente y el cuello. La mujer apretó los labios, nada más. 

   Uno de nosotros quiso acercarse a la pareja recién venida. Pero algo lo detuvo, no sabemos muy bien qué. Cuando le preguntamos dijo que fue una “fuerza” que lo expulsaba, un vientito con olor fétido que no lo lastimaba pero que repelía. Los extraños pasaron entre los múltiples ojos que los miraban sin entender. La mujer iba adelante y sospechamos que era la que hacía toda la fuerza. El hombre, de vez en cuando, dejaba caer una mirada furtiva sobre nosotros. Una mirada sin alma, de las que traspasan los cuerpos y no tienen expresión. 

-          ¿Qué vienen a joder acá? – el grito sonó desfasado, incluso para aquel que lo había proferido. No hubo respuestas.

   Los vimos desaparecer lentamente con la bolsa a cuestas y supimos que no sería la última vez. Nadie los siguió, porque nadie quería que esas miradas cayeran sobre sus ojos: nos chupaban el alma.  




viernes, 12 de octubre de 2012

Situación II: Escaleras



Mientras M (devolución de gentilezas, te transformé en inicial)  embocaba las cápsulas de café en su nueva súper cafetera, la otra M- pero fémina- me mostraba las fotografías del  último viaje por el Viejo Mundo con su muchacho, que apareció unos segundos más tarde con los pocillos cargados. Su obsesión por los faroles me hizo acordar a mi vieja manía por fotografiar escaleras. Tengo fotos de todos los tipos: escaleras caracol, escaleras que suben y llegan hasta una puerta cerrada y del otro lado la incógnita, escaleras-balcón, escaleras de fantasía, escaleras de bibliotecas y librerías. Incluso el recuerdo de escaleras: la última de ellas la del mismísimo M que da a una terraza imposible y fuera del mapa.

Las escaleras son espacios vacíos, de tránsito, eso es una obviedad. Pero no dejan de ser espacios simbólicos que significan desde una materialidad inminente. Por eso me gustan más que las puertas, que marcan un quiebre, un antes y después brusco que incluso puede obturarse por el sellado de la misma. Una puerta cerrada es como, puntos suspensivos, y eso que uno suele decir. En cambio las escaleras establecen conexiones y a la vez dejan la marca de ese mismo pasaje: no es lo mismo subir la escalera de la facultad de Derecho que subir los últimos peldaños de una escalera de hospital o, por qué no, contorsionar el cuerpo para llegar hasta la terraza de M.

El cuerpo tiene que adaptarse a las escaleras y a la vez las moldea para que estas se incorporen a su tiempo, a su medidas, a su forma de caminar medio rengueando en una pata. Y también son puente. Como la escalera de Infancia e Historia, el libro de Agamben en donde se trae el ejemplo de un cuento de Tieck para hacer el salto hacia la experiencia: dos “amantes arruinados” se recluyen en la parte de arriba de la casa y, cuando ya no tienen un peso- no tienen nada, ni siqueira leña para hacer fuego- terminan quemando la escalera que da al piso superior, quedando recluidos en el cuarto de arriba.


“Esa escalera – nos da entender Tieck – [nos da a entender Agamben]- es la experiencia, que ellos sacrifican en las llamas del “conocimiento puro”. Cuando el dueño de casa, (que representa las razones de la experiencia), regresa y busca la vieja escalera que conducía al piso alquilado a los dos inquilinos, Enrique (es el nombre del protagonista) lo ridiculiza con estas palabras: “Pretende basarse en la vieja experiencia del que permanece en el piso y quiere moverse lentamente, subiendo un peldaño después de otro, hasta la más alta comprensión, pero nunca podrá alcanzar nuestra intuición inmediata, pues nosotros ya hemos abolido todos eso triviales momentos de la experiencia…”




Espiar desde el escalón puede ser un ejercicio interesante. A mitad de camino, uno no sabe si sube o si baja y la escalera no nos puede decir nada acerca de esta decisión, que está vinculada a su propia materialidad, pero que, a la vez, la excede. Borges se equivocaba al pensar en el espejo como el objeto filosófico por antonomasia: la escalera pone en situación, es la idea pero también el cuerpo que se mueve, el tránsito que recurre a la experiencia, la idea que encuentra asidero en ese mismo ir y venir. Y sin embargo, uno de los mejores cuentos de Borges llamado “There Are More Things”, termina con una escalera que marca los límites del pensamiento del geronte eterno: el protagonista ha visitado la casa de su infancia y se encuentra con que los muebles y la disposición de las cosas que la habitan no se asemejan a nada de lo que él conoce. Es decir, no puede encontrar su funcionalidad. Escucha un ruido en el piso de abajo y decide ver de qué se trata. Es el misterioso habitante de la casa: “Mis pies tocaban el penútlimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo, lento y plural”. A medio camino entre la experiencia y la tranquilidad de lo racional, el personaje de Borges se halla ante lo desconocido que, por supuesto, adquiere las formas de lo monstruoso. El piso le da miedo, prefiere la posibilidad de salir corriendo hacia un lugar seguro: la pareja de Tieck.

Y otra vez las escaleras. Como cuando Federico se quedó mirando por el caracol de mi edificio. “Te diste cuenta de que nuestra generación tiene una tendencia al suicidio” me dijo. Y nos quedamos mirando ese ida y vuelta. No sé muy bien cuál es nuestra generación, ni si existe algo como eso, pero sentí que lo que me decía era cierto. Sí, Fede, nuestra generación que ve un caracol y piensa en caer para siempre, tocar la cabeza del encargado que se asoma sin preocupaciones y descender sin escalones-bajada ascensor-revuelto en bolsas negras que pronto se llenarán de basura.  Mejor ensillamos de nuevo y bajamos despacito.
A mí la palabra generación me dice poco y me suena a mucho: sé que tiene la forma de una escalera que empieza a conectar nuevamente con el piso, pero con dificultad y casi sin saberlo. Y en el vértigo de la bajada tienta la caída libre, el contacto rápido con el abajo. Otra posibilidad es construir escalones de cápsulas de café, de faroles y lámparas, o preguntas acodadas como pasatiempo. Presiento que la palabra generación también es algo opresivo y lento y plural.


viernes, 5 de octubre de 2012

Situación I: Dos personajes



Imaginemos la figura descalza de una mujer arrodillada en el suelo. Un galpón la rodea, de esos que tienen chapa alrededor y que al mínimo viento que golpea  empieza a silbar como una pavita en el fuego. Hay que sumar el detalle de que el galpón se halla en un descampado, más precisamente en un campo alejado del pueblo; no sabemos cuál. La mujer no parece estar a gusto, lo notamos por las marcas que ha dejado el roce de la soga en las muñecas. Imaginemos, pero sólo por un segundo, que la mujer parpadea sin ver nada, porque la venda de los ojos recientemente retirada por el extraño, ha dado lugar a un vacío absoluto, a una negritud que se extiende de principio a fin del galpón con chapas. Las rodillas de la mujer, por supuesto, están sangrando, pero ni ella ni el extraño- que ahora se rasca la cabeza con un revolver de vaya uno a saber qué calibre y condición- parecen notarlo. Pensemos en las cosas que estaría pensando la mujer arrodillada en un momento como ese: los hijos, el esposo, algún amante, los padres, el trabajo. El orden de importancia y de aparición puede variar. También los factores en juego, nadie garantiza que la mujer tenga hijos, marido, amante o padres. Mucho menos trabajo. Las cosas que pasan por el pensamiento del extraño tienen que ser más oscuras: la culpa, la condena social, la infancia difícil, un cinto que sube y baja y da con la hebilla en el centro de la espalda. Y sin embargo, hay un momento determinado de esa relación de espaldas, de ese encuentro inesperado en un galpón anónimo que empieza a silbar anunciando una lluviecita cercana.

-          Está fresco – dice la mujer temblando de frío y de miedo.

Después de eso, no sabemos cómo, nada será lo mismo.





Hay que ver...



"Si golpeás mucho la cabeza de alguien contra el asfalto- aunque sea para hacerlo entrar en razón-, es probable que termines lastimándolo"


Cabezas contra el asfalto, de Samanta Schweblin

martes, 2 de octubre de 2012

Una notita de las de antes

(Durante unos cuantos años- de 2005 a 2011- publiqué semanalmente en una sección llamada Notas Urbanas, en TamTam, a instancias de mi amigo y mecenas Eduardo Gimenez. Eran unas notitas sobre la ciudad, sobre el pueblo, sobre varias cosas que me pasaban y que encontraron algunos lectores generosos que se entusiasmaron con la propuesta. Revivo una de las notas, porque sí)


Publicada en Julio de 2007


                                             Encuentro:


Se miró las manos, los dedos, se rascó la cabeza. Hacía tiempo que no lo veía, porque hacía tiempo también que no andaba por esos lugares. Le pegó una patadita al agua y me miró como diciendo “fría”, y yo lo miré como respondiendo “claro, si es invierno querido”. Después se acercó despacio, midiendo el andar con afán milimétrico y tendió esa mano que tenía una uña aniquilada, cuatro dedos infames y las marcas de la rascadura de cabeza de hacía dos segundos. No pude dejar de pensar en los hoyuelos de la cara, la picadura de viruela que delataba el tiempo de una progresión lenta, de cráteres faciales y marcas en el cuerpo. Le di mi mano: tan blanca, tan limpia, tan completa, tan nada. Mi mano no hablaba.

-         ¿Qué hacés pebete?- volvió a rascarse la cabeza.
-         Todo bien, querido- porque yo le decía querido, incluso ahora que lo escribo y él es un punto al otro lado de la isla, de cara a Entre Ríos. Le digo querido porque sólo los que ignoran el peso de las palabras llaman “querido” a los demás.

El último año fue duro, me enteré. Se lo digo. Asiente. Fue duro por la crecida del Paraná, me dijeron. Se lo digo. No hace nada. Pero veo las botas manchadas de barro y la suela gastada que deja ver una media blanca. Lo curioso es que la media está limpia. Vuelve a patear el agua con furia, el agua que se llevó todo. Le conté que allá en la ciudad había escuchado de la creciente y que mi viejo había llamado angustiado por la amenaza del agua. Me mira como sugiriendo que nada de lo que yo le diga se acercará a un consuelo. Entonces desisto. Soy partidario de la economía de la compasión.

Me pide que lo ayude con las redes. Están vacías, pero eso a mí no me importa. Creo que a él tampoco.

-         Hace tiempo que no andás por la isla-reprocha.
-         Sí, hace tiempo ¿Mucha agua?
-         Como en todos lados.
-         ¿Se llevó todo?
-         Todo.
-         ¿No dejó nada?
-         Un banderín nomás. De Los Andes. Cuando jugamos contra Regatas. Una porquería.

Recogemos las redes y el hombre se sienta en la piragua para cruzar el río. Los brazos tensos ya se amoldan al futuro esfuerzo. Toma los remos y me acerca esa cara surcada, esas manos deformes. Veo la barba que casi no crece en esa cicatriz extendida. Tan ajeno a todo.

-         A ver cuándo te venís a saludar por allá.

El allá es esa costa tan cercana, esas brazadas que pueden hacerse a nado. Le digo que sí, pero que ahora no. Por las víboras.

-         Pero te ponés unas botas y listo. Además hay suero.

Y enseguida se me ocurre decirle:

-         Allá en Buenos Aires no le dicen víboras. Las llaman “vichas”, porque trae mala suerte, dicen. Yo digo que no. Pero yo qué sé de palabras, querido.

El hombre deja los remos y me observa desde esa cara milenaria. Hay como una mueca que asoma, un impulso perverso detrás de esos ojos casi ciegos. Y desde el fondo cavernoso de ese tránsito continuo, comienza como una tosesita.

Se ríe, se ríe, se ríe.

-         ¡Estos porteños inventan cada cosa!



lunes, 1 de octubre de 2012

Bocanada

(Cuento olvidado en alguna carpeta llamada Otras cosas, de hace un par de años)




 “Cuando uno se corta es como si el cielo se hiciera caliente. Un cielo de sol, aunque sea de noche”. Carla lo miró y se llevó la mano a la boca para chuparse las gotas que drenaban por el dedo índice. El oscuro objeto. El deseo de Carla y de su dedo chorreando sangre. Tenía la mano abierta, una flor mostrándose al público. Pensó que Carla estaba un poco sacada, pero no llegó a considerarla peligrosa y supo que todos sus movimientos estaban controlados. Nunca iba a llegar a la muerte. En todo caso, aquello era la tentación a la muerte, el desafío sordo que se escupe sin pensar y suena a grito contenido.
   Si él había seguido el camino que ahora tomaba era por Carla. No era calentura. Demasiado cielo para ser calentura. Se preguntó muchas veces si eso que Carla le producía era amor. Qué carajo sé yo del amor. Era eso que estaba ahí, esa sumisión sin quejas. Por qué habría quejas si Carla estaba con él y sonreía de costado mientras decía que cortarse era como un cielo caliente. Como si.
   Tanto calor en ese cuerpo que se retorcía. Carla no dijo nada y, una vez que se chupó toda la sangre que le salía de la palma de la mano, se cubrió la flor con una remera de Miranda! que les habían robado a unos maricas que estaban tomando un helado en el centro. Apretó hasta que el beige de la remera se tiñó de púrpura. Matías se mordió el labio de pura excitación y quiso un poco de la sangre de Carla. Él la miró preguntando que qué iba a hacer y ella retiró la mano envuelta. Con la mano sana, Carla sacó a Matías y le dijo que se dejara de joder, que eso podía traer muchas enfermedades y era riesgoso. 
   -¿Uno puede tomar sangre de otro factor? Porque yo no sé qué factor soy. Calculo que voy a tener que hacerme un análisis para averiguar. Por las dudas nomás- dijo Matías.
   - Mirá que decís boludeces vos- le respondió él, sin estar seguro del tamaño de boludez implícito en la apreciación de Matías.
   En la calle ya no pasaban autos. No era muy tarde pero estaban en la mitad de la semana y todos dormían. Algunos perros ladraban en frente y por eso ellos susurraban. Matías se acercó a Carla y le preguntó si podía ver la herida. Él creyó ver un hilito de baba corriendo por los labios de Matías. Y sí, pensó, Carlita tiene la flor que da calor y la pasa generosa a los demás. Uno no puede negarse a esa experiencia. Sin embargo, se quedó sentado encima de un cajón de manzanas, sin moverse. Quería tirarse encima de Carla y chupar hasta dejarla seca. La última gota.
   Carla empezó a desenvolver la mano y las letras que formaban el nombre de la banda eran como islas rodeadas de un mar rojo. Alcanzó a reconocer el signo de admiración que cerraba el nombre. Se acordó de la cara de los pibitos cuando los obligaron a sacarse la remera. Eran dos chicas y dos flaquitos de quince o dieciséis. Estaban muertos de terror cuando los tres se acercaron y preguntaron que qué mierda estaban haciendo ahí, tomando helados como cuatro tragasables. Los pibes no respondieron nada y bajaron la cabeza. Perros arrepentidos.
    Matías miró. Carla estaba blanca, así que, para que no se desmayara, corrieron a buscar algo para darle de tomar. Él hizo un cuenco con la mano y lo llenó hasta el tope en la canilla del porche de Matías. Carla estiró la lengua y lamió despacio.
   Aunque presentía que algo estaba como desfasado en esa relación de tres, él nunca dudó del método. Había que cortarse. Eso conectaba los cuerpos, hacía del número tres una sola línea que continuaba con el fluido. Hasta esa noche nunca lo habían hecho, pero no era tarde. Ya habían dado el puntapié con las remeras y el peinado. Después empezaron a frecuentar la noche, a dormir de día y caminar por abajo de los árboles. Cortarse era el escalón final. Si había una carrera hasta el amor, la graduación iba en ese sentido. Pequeños sacrificios superpuestos y la gran entrega final. El amor se daba con la sangre chorreando por la mano hasta la tierra. El propio cuerpo en juego. El acto de amor eterno.   
   La gillette pasó de la mano de Carla a la de Matías. Le tocaba seguir con el juego. Temblaba. El círculo se cerró nuevamente y escucharon a lo lejos el ruido de una puerta que se cerraba y unos ladridos cada vez más cercanos. Algún borrachín que llegaba a esas horas a la casa y la mujer lo esperaba para montarle una escena. Se sobresaltaron y miraron para afuera. “Estos perros de mierda”. La madre de Matías no se había despertado.
   Los maracas de Miranda! salieron corriendo y eso les dio más bronca. Carla le metió una traba a la pendeja más chica y después la agarró del cuello para pegarle unos cuantos cachetazos. La chica gritaba como una histérica. No había sido para tanto. Escupieron y se fueron con el botín hasta el terreno de Matías.
    Un cielo caliente en el patio de Matías mientras todos duermen. Un cielo caliente y el círculo cerrado hasta más no poder. Un único círculo cerrado y las gotas de sangre de Carla como ofrenda a la noche y al cielo caliente.    
    El corte de Matías fue claro. No era una flor sino una línea que imitaba una de las rayas de la mano. Matías leyó su propio futuro y lo evidenció.
-         Ahí stá.
-         ¿Y?
-         Qué se yo. No es para tanto. No le encuentro esa poética que dice Carlita.
   Las gotitas de sangre cayeron a la tierra y fueron a parar justo al costado de las de Carla. Que no las toque, se dijo. Que no las contamine.
   El perro de Matías se acercó y le lamió la herida.
-         ¿Qué hacés tarado de mierda?- dijo Carla.
-         Dicen que los perros tienen la boca más limpia que los humanos y la saliva cura. Eso dicen.
   El perro dejó de lamer y se escuchó de nuevo el ruido de una puerta golpeándose, pero ésta vez más cerca.
-         ¿No será tu vieja?
-         No. No creo. Ya hubiera pegado el grito. Igual voy a ver.
-         No, pará. Si total. Me parece que nos vamos a tener que ir apurando.- Carla lo miró de reojo y le señaló la gillette ensangrentada que estaba en la mano sana de Matías.
   El círculo de nuevo y la gillette tan fría y pegajosa. Se preguntó si en sus manos tenía el cielo caliente de Carla o la indiferente línea que continuaba las rayas naturales. Hubo un ruido sordo de latas pateadas y tachos cayéndose en la calle.
-         Los perros.- dijo Matías.
-         Los perros.- dijo Carlita.
   Era su turno.
   No hubo más cielo. El frenesí en las venas. Extendió el brazo y cerró los ojos. La gillette cortó en la muñeca.
      -  No, loco, ahí no- dijo ella.
   El trío se derrumbó y él quedó tendido en el centro del juego. La sangre de los otros dos le traspasó la remera y sintió la humedad en la espalda. Escuchó los pasos apurados de Carla y Matías que corrían por la calle. Imaginó las explicaciones que tendrían que dar a los demás, la carga de los relatos que se repiten y que de tantas veces contados parecen mentira. El llanto contenido de Carla y la desaprobación de los viejos, pero esto último era lo de menos. El testimonio de los maricas de Miranda!
   Y otras pisadas que se acercaban, volteando los tachos y aplastando el cajón de manzanas. Una astilla le rozó la muñeca herida.  
   Tanta sangre y tanto cielo.
      - No son los perros- gritó, solo. Mientras cerraba los ojos para ver las estrellas.