sábado, 8 de junio de 2013
Allá lejos de cerca el río
Estaba pensando en esta manía de comparar todo lo que me pasa con alguna experiencia del pueblo. Creo que tiene que ver con eso de la nostalgia y las cosas pasadas que ameritan un rápido viaje en bondi hacia el psicólogo. Pero como el viaje puede ser demasiado largo prefiero hacer catarsis por caminos menos truncos.
Mirar el río es perderse un poco. Lo digo porque no hay nada peor que la isla: uno queda atrapado entre esos matorrales y vacas que pastan fuera de la tierra y pareciera que en cualquier momento la tormenta va a aparecer y la lancha que no llega o algún otro problema técnico que nos deja en el otro mundo, ahí en la isla. Uno se entrega a ese vaivén del tiempo. El río está hecho un poco de tiempos, o por lo menos eso es lo que leí en Demitrópulos y le creo.
Pero también porque el propio sino depende del río. Una entrerriana me contó que la madre todavía la llama para contarle cuánto creció el agua, pese a que hace una década que no vive en su pueblo. Mis viejos me llaman los domingos para decirme que el río está lleno de mosquitos, o que no hay nadie, o que está repleto de gente de pueblos vecinos, o que la crecida se llevó algunos ranchos o que no se ven los carteles de peligro por la niebla. Uno está atado a esos relatos.
Y cuando me pongo a pensar en los camalotes, en las yararás que pude haber pisado en la reserva y que no pisé por pudor y suerte, en el pesquero que dejó su carcaza en el puerto, me doy cuenta de que todavía hay mundo campo adentro. Río afuera.
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