En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez
¿cuál es la única palabra prohibida?
Jorge Luis Borges
El primer cuento que leí de Borges fue “El jardín de senderos que se bifurcan”. No entendí una palabra: inmediatamente supe, como una revelación, que ese texto tenía una densidad que me arrollaba. Me lo prestó un amigo que era más grande que yo y que sabía más de la vida. Venía en una fotocopia arrugada y anotada con símbolos y frases que para mí no tenían sentido. Esa noche le pregunté qué era lo que había leído:
- Pibe – porque me decía pibe y siempre con media ceja levantada – el cuento habla de todos los que sos y de los que vas a ser.
Empezó a cortar una servilleta de papel en tiritas y siguió:
- La mayoría piensa que el tiempo es lineal. El cuento de Borges habla de un tiempo múltiple en el que conviven todas las decisiones que tomaste y que no tomaste, todos los escenarios posibles.
Enrolló cada una de las tiritas.
- En uno de esos tiempos vos y yo estamos tomando una cerveza en el bar del Negro. En el otro tiempo el Negro no existe y no hay bar. En otro, ni siquiera existimos nosotros. En otro, vos sos una persona de frío que deshecha el cuento de Borges por salame.
Se tomó medio vaso de cerveza de un saque y me miró de costado, con esa mirada que se me pegó cuando era chico y que todavía me persigue.
- Todos esos tiempos te determinan de pies a cabeza.
El Negro espiaba de reojo, como siempre que nos poníamos a hablar.
- Lo que Borges no dice - por pudor, por olvido, qué se yo – es que en realidad no hay un jardín de senderos que se bifurcan. Hay muchos jardines y muchas bifurcaciones. El problema es cuando aparecen senderos que no huelen como uno y tienen otras provincias adentro, otros ejércitos, banderas de todos los colores e indicaciones en lenguas que desconocemos.
Creo que mi cara de pelotudo fue evidente. Largó una carcajada que todavía me duele entero.
- Ya vas a entender, pibe – dijo.
Y no habló más en toda la noche.
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