domingo, 3 de noviembre de 2013

Poética: el sauce


La última vez que nos cruzamos venías con los hombros caídos de tanto peso. Te levanté la cara con el dedo índice -así como hacen en las películas- y en vez de sonreír y trenzarnos me dijiste que era un pelotudo, que no entendía nada de lo que vos me estabas diciendo. Incluso la palabra trenzarse hoy me parece de pelotudo, así que te doy la venia en eso.

¿Sabés lo que pasa? Por lo general no decodifico bien los mensajes, los interpreto mientras mastico varias palabras en la boca y con ellos me creo unos mundos medio góticos, los llevo hasta el paroxismo y desde ahí vuelvo hecho un personaje de Poe. Un William Wilson que arremete contra el espejo.

La última vez que nos cruzamos tenías medio sauce en la cabeza. Se te veía a la legua el color medio amarillento y las ramas finitas a los costados. Mi hermano me dijo muchas veces que los sauces son árboles diabólicos. Es cierto, los sauces esconden miserias en su interior. Tienen capas inconclusas y se despiertan de noche: están continuamente cayendo. Lo sé porque los escuché llorar más de una vez.

Entonces el sauce y la cara y los hombros que se levantaron un poco para no darme la razón. Pero no es que quiera modificar ese último encuentro. Si fuera eso me pongo a escribir sobre lo inteligente que fui al decirte que mejor no, que seguro pasa la vida antes de que todo se empiece a derrumbar. Porque tanto uno como otro se puede convertir en sauce como en las leyendas y ahí sí que la cagamos. Nadie quiere ser un personaje de leyenda.

O que ninguna de esas palabras que me salieron decían estas cosas. A veces me enredo.





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