- ¿Te da asquito, pibe?
Me erguí instintivamente, para no mostrar las infinitas sensaciones que pasaban por mi cabeza. Ninguna de ellas podía catalogarse de asquito.
- No - dije .
- Ah.
Lo que alguna vez había sido una vaca cuelga de unos ganchos en el fondo de la quinta de mi tío, que ahora pita preocupado por algo que no sé muy bien qué es pero que lo tiene a maltraer desde la mañana, cuando me levanté en silencio a espiar el amanecer, preparando unos mates que, por supuesto, me salieron amargos, en el mal sentido de la palabra. Varias veces estuvo a punto de decirme algo, pero una mezcla de arrepentimiento y pudor lo frenaba. Me di cuenta porque la cara se le ponía colorada, como cuando tiene que tratar con los peones. Me espía de reojo, lo puedo ver corriendo el mechón de pelo entrecano de su cara y dirigir hacia mí una de esa miradas que quiero imitar pero no puedo. Me hago el distraído para no tener que explicar mi reacción ante la insistencia de Pedro por una costilla que no cede y que obliga al peón a llevarse la muñeca sudada a la frente sudada y de ahí al cuchillo que vuelve a la chaira sudada pero en rojo.
- Porque allá no ven estas cosas ustedes ¿no? – insiste Pedro
- ¿Qué cosas?
- No sé, cómo se hace la carne – resume.
Y la verdad es que Pedro tiene razón. Allá, en la ciudad, no vemos este tipo de cosas. La carne viene en bandejitas de COTO, con fecha de vencimiento, precio, un nylon que la recubre para que no chorree lo que queda de sangre y una cajera que la pasa por unos aparatitos que hacen clin y marcan el mismo precio que estaba en el nylon que recubre a la carne. Pero no sabemos cómo se hace esa carne.
- Esta va directo a lo de López, antes de que vengan los de ANMAT – dice mi tío, y Pedro asiente desde el reflejo de la hoja del cuchillo. Lo respeta. Muchos años.
Desde hace unas horas anoto en la cabeza el resultado de cada una de las extirpaciones. Es como una operación. Primero fue por las costillas, bajó un poco más y se aferró a los ganchos para dar con el corte final que separó en dos la bestialidad de la res. La muñeca que utiliza como toalla para secar la transpiración ahora es una chorreadura de sangre que despide gotitas rojas cada vez que se mueve. La imagen es de una crudeza infinita, mucho más verdadera y llena de rencor por la pieza que se balacea en silencio, cortando la tarde de par en par. Y ni siquiera puede uno descargar cierta responsabilidad en Pedro, que es el arma de una fuerza que viene de no sé dónde pero presiento que está ligada a ese pedazo de tierra cercano a la casa y a todo el tiempo que viene con ella. En eso consiste lo trágico de la escena.
- Anoche vinieron las vacas cerca del establo – dijo mi tío y volvió a sentarse en el tronco rebanado por la motosierra.
- Las escuché, patrón – dijo Pedro.
- ¿Hiciste algo?
- El boyero se encargó, cuando salí los animales habían desaparecido.
Entonces me acuerdo de la vez en que era chico, que mi vieja todavía me acompañaba al campo de los abuelos, que mi padre no se había rajado con una pendeja de la capital y que todavía tenía algún temor por las sombras y los animales de noche. Mi tío me había sentado en una de las mesas de la galería y, mientras daba el último pitido al cigarrillo armado con sus propias manos – como él se jactaba siempre que se le preguntaba – me dijo que los alambrados tenían corriente, que era para que los animales no se acercaran donde no debían. Eso es lo que nos separa de ellos, me decía en la noche estrellada en que las vacas eran un sueño lejano para mí.
No puedo dejar de lado la expresión de asco que siento por la situación. No es el asquito que supone Pedro, que no entiende nada de los que le pasa a la gente, es el asco por el matarife de cuento, la pierna semilevantada de mi tío que escupe el pasto y pisa la escupida. Lejos había quedado esa imagen nocturna. Ahora tenía que ver para aprender, porque en cualquier momento debía hacerme cargo del campo de la familia. El tío no va a estar para siempre, me decía mi tío y guiña el ojo a Pedro que sonríe con esa risa idiota de los que ya han probado la sangre con el cuerpo y no pueden más que quedarse pegados al líquido de los animales. Todo esto me parece algo grotesco, pero me fascina.
Mi tío recoge la media res que cae al suelo después del golpe asestado por Pedro. La carga en el hombro derecho y el peón quiere ayudarlo.
- Pero deje que yo lo hago, patrón. Mire si va a estar haciendo fuerza.
- Deje de joder Pedro y póngase a limpiar. Todavía no estoy muerto.
El tío camina uno, dos pasos y agarra voleo. Debajo del pelo entrecano y las arrugas hay todavía cierta fortaleza. Esos brazos supieron arrear hombres años antes, cuando las cosas eran más complicadas que ahora. Lo vimos desaparecer por la galería y doblar a la izquierda en dirección a los tachos con agua caliente y al fuego que estaba prendido desde la mañana. Pedro jugaba con el cuchillo y la chaira, los hacía chocar y después se llevaba los brazos por encima de la cabeza.
- ¿Me lo prestás? – le digo
Deja el cuchillo en el pasto y simula ser un esgrimista con la chaira ensangrentada.
- Como el Zorro – dice
- No hagás boludeces, Pedro – le digo, pero no puedo dejar de reírme por la ocurrencia.
El cuchillo es pesado y el mango resbala por la mezcla de sudor y otros fluidos. De pronto, Pedro deja de sonreír y de hacerse el tonto.
- Tu tío es un buen hombre – dice.
- Ya sé – digo.
- Igual que tu familia – dice.
- Depende. Porque si es por el lado de mi viejo, flor de garca resultó ser.
Pedro me mira sin entender. Hace un zigzag con la chaira en el aire y se acuclilla observando el monte que se extiende cerca de la casa.
- No se debe hablar mal de los padres – se ve que lo había pensado durante un rato.
- Como quieras, pero no deja de ser un garca.
Me acerco a la media res que cuelga del gancho, esperando el momento en que el hombro del tío vuelva para llevársela a los tambores y limpiar la suciedad, los pelos que todavía quedan, las imperfecciones que se ven a simple vista y que deben ocultarse para que los López no se quejen.
- Tu tío tuvo que hacer cosas. Sacrificarse por la familia.
Hay un espacio de tiempo que queda vacío. Ya no esgrime la varita mágica ni se lleva la muñeca a la frente para liquidar el sudor. Asiento desde mi lugar de observador del rito y Pedro contiene la respiración para no mostrar la tensión de las mandíbulas. Yo sé de los rumores y de las cuentas que el tío tuvo que pagar por sus formas. Una cuestión de formas, diría mi vieja, que lo adoraba al tío, aún antes de las cosas que Pedro insinuaba. Porque la familia le debía la extensión de tierra que no tenía fin en un pueblo del interior de la provincia, hasta donde llegaba el alumbrado público por su intermediación. Detrás de la casa había dejado una franja de árboles que servía como pulmón y después las hectáreas en donde las vacas pastaban y movían las bocas simultáneamente.
Parece que Pedro quiere decirme algo más, porque abre la boca como las vacas antes de pegar una mordida al pasto, pero se calla al ver que el tío vuelve con la camisa aureolada por la sangre de la media res que ahora debe estar fragmentada en múltiples partes y dispuesta para la partida a lo de los López.
- Hay dos que se escaparon y están queriendo entrar por atrás de la galería – dijo el tío.
- Voy
Pedro me sacó el cuchillo de la mano y limpió la hoja con el pantalón. El tío sacó del bolsillo uno de los cigarrillos armados por él, perfecto, como de los que vienen en las cajitas y se compran en los supermercados. Pero sin todas las porquerías, porque uno debe saber cómo se hacen las cosas, el proceso que lleva del tabaco y el papel a un cigarrillo, de la media res colgando de los ganchos a una bandejita con nylon en la caja del COTO. La producción y el armado.
El tío escupe una vez más el suelo buscando mojar la tierra con toda su saliva y pisa, aplasta el escupitajo con la alpargata, la refriega en el suelo y vuelve la mirada hacia mis ojos que observan el ir y venir del pie sobre la saliva que ahora ha desaparecido en la tierra que regó. Se sienta en el banco de tronco improvisado y me señala con un índice que es como toda mi mano.
- Dos terneritos se escaparon – explica.
- Ah.
- Se ve que alguno de los negros dejó la tranquera abierta o se las ingeniaron para pasar a través del alambrado. Tiene electricidad ¿te acordás? Por eso me parece que fueron lo negros.
- Puede ser.
- Pedro es más responsable. Pero tuve que enseñarle. Muchas horas de ida y vuelta al monte, de dejarlo solo para que aprendiera cuándo tenía que volver por las lluvias, cuándo la mierda indica que un animal está enfermo y esas cosas. Por eso se pueden ir a cagar los del gobierno. No saben nada con las jeringas.
Me acerco a la media res que ahora se balancea por un vientito que trae el monte y apoyo la mano en lo que se supone que es la pata del animal. Seguramente tendrá otro nombre más específico, peo no lo sé. Ni siquiera sé hacer el asado. El tío me mira contento por ese arrebato, pensando, tal vez, que estoy caminando sus propios pasos, que al fin me decidí a continuar con lo que él no puede terminar. Porque Pedro es entendido, pero hay que arriarlo como a las vacas, enseñarle que por ahí no puede pasar, que el cuchillo sirve para esto o lo otro.
Empujo el medio cuerpo y me seco las manos en la ropa. Una sombra tiñe el rostro del tío, que pita con celeridad el cigarrillo y lo tira al pasto, justo al lado de donde había caído el chorro de saliva unos minutos antes.
- Seguime – ordena.
Me quedo estacado junto a la vaca que dejó de flamear. El tono de voz del tío tiene el matiz del destino, de algo que no puede sacarse uno de la cabeza como un mosquito que molesta, o aplastarlo contra la pared. La orden es una marca.
Camina despacio entre los pastos que rozan las rodillas mientras los perros se enredan entre sus piernas. De vez en cuando patea a alguno y les dice “fuera” y también les dice “dejen de joder” y también “la puta que los parió”. Se dirige a la galería, va en dirección al pozo ciego. Lo sigo con cierta distancia, pero haciéndole saber que voy detrás.
- Tenés que ir aprendiendo – escucho que murmura, para sí mismo.
- ¿Qué?
- Nada, nada. Te va a hacer bien. Yo a tu edad. Te va a hacer bien.
Inclinado junto al pozo está Pedro, que al escucharnos levanta la cabeza y mira al vacío. Se sorprende y tiende a esconder el cuchillo entre las piernas, a retocarse el pelo, con las manos nerviosas, llenas de sangre fresca que se suma a la sangre pegada de la media res. Pedro mira al tío y me mira a mí, varias veces mientras nos vamos acercando al pozo ciego. Mi vieja me decía que el pozo ciego era uno de los lugares prohibidos del campo del tío, al igual que los alambrados. “Si te caes ahí no la contás” me decía, y sentí cierto vértigo al acercarme a Pedro y al pozo que yacía a sus pies.
- No sabía que venía – dijo Pedro, justificándose.
- Lo traigo yo, quedate tranquilo y hace lo tuyo – mi tío jugaba al patrón y Pedro le creía.
Pedro tenía agarrado del cogote a un ternerito con las piernas quebradas. Otro ternero degollado mostraba la lengua y empezaba atraer las primeras moscas del verano. La escena es de una insoportable realidad: el olor al ternero y a la mierda que había largado después de la patada que le debe haber dado el boyero cuando intentó acercarse a la casa, la humedad de la sangre evaporada, la muñeca que vuelve a subir hasta la frente y baja con el cuchillo ceñido como una espada, pero sin zeta de Zorro.
- Estos no aprenden más, dice Pedro mientras el ternero grita en el suelo y estira el cogote dejando vía libre al peón vuelto matarife – por eso hay que hacerlos mierda de chiquitos.
No digo nada.
- La mamá es la que está colgada – dice Pedro, y larga la carcajada.
Me vuelvo hacia donde señala el dedo y veo el balanceo de esa media vaca que presencia la muerte de sus crías.
- Pará – dice el tío cuando Pedro se apresta a dar la última estocada.
Y fue la mirada más inhumana que le vi al tío después de mucho tiempo. Venía de esos años en que había tenido que sacrificarse por la familia, en que los vecinos habían hablado, siempre al pedo como decía mi vieja. Pedro entregó el cuchillo que pasó a las manos del tío y que ahora deposita en mis manos sin vida. El frío del mango le da movimiento a la extremidad derecha que ahora se levanta y coloca el instrumento cerca de los ojos, para ver los detalles de la hoja, la marca grabada con fuego y las gotas de sangre del hermanito.
- Te toca a vos – dice el tío y hace que sonríe. Pedro también, pero él sí sonríe en serio.
El pozo se acerca a mis pies y el último de la familia sujeta mi mano con su garganta. Ahora empieza, lo presiento, mi propio sacrificio.
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