martes, 17 de diciembre de 2013

Álbum


La primera cámara que tuve me la gané en un concurso de cuentos organizado por no sé qué editorial cuando terminé la primaria. Era un aparato casi descartable con problemas para hacer correr el rollo. Las fotos salían oscuras y desfasadas. Fotografié un perro de tres patas cruzando la avenida, una mujer que se parecía a uno de los dibujos de Kafka que había en la biblioteca, el ángel del cementerio que señala el cielo y tiene un letrero que dice “PAX”.

Cuando el contador llegaba a doce – siempre doce, nunca veinticuatro - seguía usándola para mirar a través de la lente lo que pasaba, encuadrar e imaginar el momento en que hubiese disparado. Imaginé fotografiar la manta de mi cama en la soga, a mi viejo llorando porque el mundo se venía abajo, a la señora que a veces nos cuidaba cosiendo con una máquina a pedales, la puerta de mi habitación que tenía un nombre dibujado - “Lucía” o “Lucre”, no me acuerdo ahora – con un corazón en rojo, la noche de verano en que los amigos del barrio salieron a golpear unos tachos porque no había cacerolas.

El otro día me dijeron que lo primero que uno se olvida de las personas que no vemos desde hace tiempo es la voz. Conmigo funciona esa teoría porque mi cabeza está repleta de imágenes ruidosas. Se llenó de dedos que agarran los cigarrillos de costado y bocas que exhalan el humo como si quisieran repartir angustia, de manos que acomodan el pelo, rodillas involuntarias que se mueven. Lo que pasa es que después hay que armar la imagen completa y siempre faltan piezas.

No me acuerdo de la voz del tipo que le dijo a mi viejo que Buenos Aires se prendía fuego. Creo que fue la misma que tiempo después me dijo que habían matado a un pibe de Ramallo en un puente. Justo tenía la cámara sin rollos y le saqué varias fotos. En una el hombre se agarraba la cabeza y después la nariz para apretar unos mocos que venía aguantando. En la segunda, mi viejo con los hombros caídos y la vista en el asfalto y unas pataditas al cordón de la vereda. En otra, la calle del pueblo tan vacía que daba pena. En la última, mis pies que apuntaban al río y que parecían preguntarse qué mierda, por qué el río así tan revuelto y yo en el medio de la nada.




No hay comentarios:

Publicar un comentario