sábado, 13 de abril de 2013

Apenas suena: párrafos sueltos sobre Plop, de Rafael Pinedo.

¿Qué es Plop? Sí, claro, es una novela de Pinedo publicada en 2004 y que hoy es una especie de clásico incómodo. Pero ¿cómo? Porque la prosa despojada de adornos, la sintaxis tajante de Plop lleva a pensar en recursos similares, en estilos no muy lejanos dentro del mismo rango de obras que podríamos considerar geniales. Por suerte no nos interesa esa genialidad y mucho menos el constatar que lo que leemos lo es.

Plop es una novela del barro. Pero no es una novela de lo bajo, de la sociedad-basura. Sobre todo porque esas categorías quedan a un lado, son obsoletas a la hora de analizar Plop. Lo que plantea se deshace y deja manchado el alrededor. No se salva nadie: todos quedan con unas gotitas de mugre pegadas al cuerpo después de leer la novela de Pinedo.

El ascenso y descenso del personaje principal coincide con el mismo movimiento del lector. La lectura se convierte en objeto y se repiensa en la escritura. La literatura se evidencia como poder. Y ese poder es el de una escritura que poco a poco se desvanece, se usa y se tira, instala y pasa de moda, queda en la nada, se hunde en el pozo en el que va a terminar sus días el personaje principal, en las oraciones cada vez menos expresivas, en los nudos inexistentes de una narración de fragmentos signada por la muerte.

El poder va y viene, se hace parte del grupo, se queda con Plop y después desaparece en las turbias aguas de ese futuro que se parece mucho a las ruinas de la sociedad occidental.

Dice Sebastián Hernaiz que Plop – junto a El año del desierto de Mairal y La Rosa del Tango de Portola – “…se generan narrando ese futuro más o menos fantástico o impreciso que es su presente y desde allí, buscan ahondar en los mecanismos sociales, los modos de las sociabilidad, las prácticas de la actividad política y la historia social, política y económica argentina”. Es cierto que Plop interpela desde ese pozo, desde la crisis absoluta, pero no deja de señalar que esa situación no es producto del barro sino de la lluvia:
Se toparon con el Asentamiento de los Boca Arriba.
Era un grupo raro, al que nadie atacaba.
Los llamaban así porque se tiraban de espaldas en el suelo, con la boca abierta.
Y se quedaban tendidos hasta ahogarse con la lluvia.
“…un grupo raro” se evidencia, y lo raro es lo que espera deshacerse en el barro y desde esa espera interpela. No hay Asamblea sino Asentamientos que están atravesados por la prohibición y la transgresión silenciosa.

¿Quién es Plop? El fabulador, el mentiroso que posee y es poseído por fuerzas que vienen dentro de cuerpos. La utilización del otro como sinónimo del sexo implica una lógica en la que lo corporal se ha cosificado. Fácil de interpretar y casi podríamos decir, poco original. Pero sin embargo el tabú. Y ahí está la complicación, el modus operandi de la sociedad develado por Plop. Toda relación está atravesada por el límite de lo que se puede y no se puede. Plop es el que franquea, el que se da cuenta de que el tabú es un artificio: los personajes que se hallan fuera de esa línea organizan la narración, la hacen avanzar. Pero la clave está en ese avance que es, siempre, caída. A él lo chupan y se deja chupar. Por suerte, Pinedo se da cuenta de que esa liberación implica también la dominación del otro: la esclava que chupa al chupado.

Lo inarticulado. La magia de la escritura que es poder durante un tiempo y que después se aleja cando se relajan las morales, cuando la sociedad estalla en pedazos. Lástima que Pinedo no pudo escapar de una concepción de la escritura atravesada por la lectura de Levi-Strauss. Muy antropológico, en fin. Mu etnográfico. Pero, a la vez, anuncia la destrucción de ese modo de leer. Ya no interesan esas historias monumentales, pero los relatos siguen siendo necesarios. El monumento cede su lugar al reciclaje. Los libros se reciclan, los cuerpos se reciclan, las historias se reciclan. El barro se sigue amasando para generar personajes y la narración no deja de ser ese momento en que la forma empieza a deformarse, en que lo oscuro se convierte en una cara carcomida por el ácido, en un diálogo turbio, en un sonido que sólo suena: Plop.

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