viernes, 8 de noviembre de 2013

Poética II: Diario para otro cuento pero malo

Mientras leía “El sótano” de Mario Levrero – ahora que por fin nos llega de tan lejos, pero tan cerca - me acordé de las veces en que busqué un montón de llaves y las puertas no se abrieron, o abrieron a medias. No sé qué es peor.

Me gustaría ser Mario Levrero para que las puertas se mantengan inconclusas.

En el cuento de Levrero, Carlitos tiene que atravesar las habitaciones, el jardín de su casa, la guarida del guardabosques, para encontrar el secreto de lo que esconde el sótano. Pero uno comprueba enseguida- uno que ha leído a Kafka pero, antes, que ha vivido como Kafka- que “Cuando uno busca algo, no debe ni soñar en encontrarlo por azar, por lo menos dentro de un plazo determinado. Porque uno de los tantos chistes del azar es, justamente, escondernos lo que buscamos, y hacernos encontrar lo que no buscamos, o que ya no buscamos”.

A veces creo que soy un especialista en encontrar lo que ya no busco. Me lo cruzo por la calle y me lo meto en el bolsillo, casi sin pensar. Por eso me gustaría ser Mario Levrero, para darme cuenta de que el azar me está jodiendo de a poquito y poder reaccionar a tiempo.

El otro día me guardé algo que no buscaba en la mochila y lo traje a casa. Una puerta de las que se abren para los dos lados: un día es de sol y al rato se hace de lluvia. Pesa lo que el tiempo le dice que pese. Cuando vengo con buen tranco es como si no llevara nada. Pero hay días que se convierte en un artefacto que aturde y empuja la espalda hasta el suelo como un contorsionista. Me doy risa.

El tema es que me gustaría ser Mario Levrero para no cansarme de tanto realismo. Me aburro fácil si las puertas se ponen tan metafóricas y lejanas. Así cualquiera, con tantas puertitas de tantos colores: las mías tienen dos rumbos y abren y cierran como cualquier otra puerta. Es más, se abren tan lento y se cierran tan rápido que a veces me asusta.

Como no sé de nada de lo que pasa puertas adentro empiezo a exteriorizar todas las puertas cerradas. Las llevo al zaguán o a la escalera, que es en donde me siento más cómodo. Me gustaría ser Mario Levrero para contener estas ganas de abrir todas las puertas y ver qué pasa adentro. Preferiría ser como el abuelo que se olvida de las cosas. Una memoria de olvido: la mejor de las memorias.
“Por ejemplo: ¿alguno de ustedes podría explicar algo acerca de la tetravalencia del carbono? ¿O sobre los casos de irracionalidad del logaritmo? Yo nunca pude entender nada de esas cosas, y es por eso que ahora estoy escribiendo cuentos, en lugar de hacer algo útil”.
Todavía lo tengo en la mochila, porque me da un poco de angustia sacarlo del todo. Por ahí es una piedra nomás y yo tanto drama por nada.



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