lunes, 25 de noviembre de 2013

Jardines que se bifurcan

En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez
 ¿cuál es la única palabra prohibida?
Jorge Luis Borges


El primer cuento que leí de Borges fue “El jardín de senderos que se bifurcan”. No entendí una palabra: inmediatamente supe, como una revelación, que ese texto tenía una densidad que me arrollaba. Me lo prestó un amigo que era más grande que yo y que sabía más de la vida. Venía en una fotocopia arrugada y anotada con símbolos y frases que para mí no tenían sentido. Esa noche le pregunté qué era lo que había leído:

- Pibe – porque me decía pibe y siempre con media ceja levantada – el cuento habla de todos los que sos y de los que vas a ser.

Empezó a cortar una servilleta de papel en tiritas y siguió:

- La mayoría piensa que el tiempo es lineal. El cuento de Borges habla de un tiempo múltiple en el que conviven todas las decisiones que tomaste y que no tomaste, todos los escenarios posibles.

Enrolló cada una de las tiritas.

- En uno de esos tiempos vos y yo estamos tomando una cerveza en el bar del Negro. En el otro tiempo el Negro no existe y no hay bar. En otro, ni siquiera existimos nosotros. En otro, vos sos una persona de frío que deshecha el cuento de Borges por salame.

Se tomó medio vaso de cerveza de un saque y me miró de costado, con esa mirada que se me pegó cuando era chico y que todavía me persigue.

- Todos esos tiempos te determinan de pies a cabeza.

El Negro espiaba de reojo, como siempre que nos poníamos a hablar.

- Lo que Borges no dice - por pudor, por olvido, qué se yo – es que en realidad no hay un jardín de senderos que se bifurcan. Hay muchos jardines y muchas bifurcaciones. El problema es cuando aparecen senderos que no huelen como uno y tienen otras provincias adentro, otros ejércitos, banderas de todos los colores e indicaciones en lenguas que desconocemos.

Creo que mi cara de pelotudo fue evidente. Largó una carcajada que todavía me duele entero.

- Ya vas a entender, pibe – dijo.

Y no habló más en toda la noche.



miércoles, 13 de noviembre de 2013

Muertas las casas

Una vez escuché que todas las casas viejas están embrujadas. Mala suerte la mía que fui a parar a un pueblo colmado de casas viejas. Mi hermano me mostró fotos de muertos siendo velados en las habitaciones de las casas en las que habíamos vivido. Nos mudamos muchas veces y nunca dejamos de ser extranjeros. No me sorprende, por eso, ver en el living de mi casa, ese que ahora es de otro color en sus paredes pero casi igual, a una señora que no sabemos bien quién es, rodeada de un cortejo de brujas y coros llorando a su lado.

- Mirá cómo está tendida en el medio de la sala al lado de esa mesita ratona – dice mi hermano.

- Ahí es donde juego cuando estoy solo.

- Ya sé – me responde.

Digo que es normal en un pueblo que encima tiene el río. La cantidad de ahogados y muertos en pena es tan grande que no caben en los cementerios. Por eso los vemos conviviendo con nosotros, o por ahí somos nosotros las almas en pena. Qué se yo. No es algo que me quite el sueño. Las almitas viajan en el colectivo y se bajan para continuar con la jornada laboral.

No hay que prestarles atención, me dijo el cura. Porque si uno se interesa las almas lo succionan, le comen la vida y se adosan a ellas como si fueran parásitos. Y es de todos los días ver a gente que tiene en los hombros dos, tres, hasta cuatro almas colgadas.

Lo que pasa es que en el pueblo la gente se aburre mucho y las almas estornudan y tosen para llamar la atención.

Mi hermano es mayor que yo y odia este pueblo. Quiere irse en cuanto pueda. Ayer mismo me dijo que tiene debajo de su cama un bolso repleto de medias y calzoncillos y el aire comprimido que le regaló el tío cuando cumplió los quince. Cuando me mostró el bolso estaba lleno de tierra y de hojas en blanco. A todo le digo que sí y entonces él me mira como dudando de mis intenciones pero enseguida se imagina en el camino de la costa con el bolso al hombro y le entran ganas de reírse a carcajadas y saltar por el patio con los brazos levantados como un loco. Y a mí también me dan ganas de salirme de este pueblo, de dejar a las almitas que sigan con su rutina y empezar a correr y saltar y bailar con mi hermano.

- ¿Creés que los fantasmas están todavía en las casas? – pregunto una vez que nos calmamos.

- Ahí hay uno nomás – me responde.

Y señala la esquina de mi cuarto donde hay un hombre vestido de traje que nos mira sin decir nada. Lo saludo y enseguida aparta la mirada. No vaya a ser cosa que nos demos cuenta de su presencia.

Mejor no preguntarle a mamá qué piensa de las almas en pena porque seguro nos caga a cintazos. Creo que le afecta un poco darse cuenta de que hace mucho tiempo que está muerta. No pasó ni un segundo de su estadía en casa en el que no pensara dejar todo y seguir. Subsistir por inercia, pobre mamá. Mi hermano le da un beso en la frente y mamá se queda en sepia.

Después corremos como locos hasta el campo de soja a revolcarnos entre los yuyos y los montes y caemos por la barranca de la cueva del tigre, donde nunca hubo un tigre, y damos de panza en el río con todas las ganas. Los bagres nos chupan los dedos de los pies y nos quitan las impurezas del cuerpo y de la cabeza. El problema son las palometas que enseguida se confunden cualquier cuerpo con un cadáver. Sacan los dientes y empiezan a mordernos y tenemos que arrancarlas de nuestras piernas y partirles la cabeza contra las rocas. Entonces mi hermano se convierte en un delfín y en una palometa y muestra los dientes afilados mientras se pelea con un ahogado que todavía no sabe que está en el río y sueña con caminar sobre el agua.

- Los bagres me hacen cosquillas – dice mi hermano.

- Creo que acabo de tocar un tiburón con las manos – pienso

- No hay tiburones en el río – me responde.

Entonces vemos una ballena que surca los aires para caer de lleno al lado nuestro. Las olas nos arrastran hasta el canal y nos reímos como nunca porque la ballena se lleva a toda velocidad al ahogado. Los pescadores nos lanzan las redes para traernos a la costa y llegamos rodeados de una cohorte de peces y sirenas, que no son tan hermosas como las pintan los libros de texto. Tienen dientes podridos y tetas caídas y cuando gritan parecen chanchos al borde del cadalso.

Cuando cae el sol repasamos las fotos de las casas muertas. Antes, cuando todavía me empezaban a salir las canas y tenía el estómago lleno de vino y wiski barato, no podía ver más que sangre y eso me nublaba la vista. Ahora que tengo los ojos nuevos me gusta pensar en las cosas que se ven y todavía no puedo. Pero ya pronto.

A la noche armamos una cama de hojas y libros y nos tiramos a esperar a los fantasmas. Siempre tengo conmigo una libretita llena de palabras que no conozco. Con esa libreta me armo entero.

Estoy acostado en el lugar en que la vieja fue velada y lo anoto con números y signos de puntuación. Puedo ver cómo los pañuelos cubren las cabezas de personas que murieron antes de que yo naciera y que se llaman tía Nélida y abuela María pero que pertenecen a otros tiempos, porque cuando yo llegué al mundo vine con lluvias y muerte.

Me dan ganas de decirle a mi hermano que todo esto es una gran equivocación, que los números y las consonantes de mi libreta están desquiciados. Preferiría estar montando ballenas en el río. Pero mi hermano no me responde y lo odio tanto por dejarme abandonado entre los fantasmas.

- Sos un boludo – le digo.

- No sabés nada – como un eco.

- Me dejaste sólo y los muertos querían velarme.

- Pero si vos sos el muerto.

- No seas tarado. Además es muy predecible y los números y comas no me dicen eso.

- No sabés reírte. Nada más.

Y se nos ocurre empezar un raid de visitas a nuestras viejas casas muertas. Las sacamos de adentro de nuestra boca. Algunas, las más lejanas, las tenemos que vomitar.

- No se quieran prender de las nubes – grita mamá cuando nos alejamos volando – se van a caer.

Pero es ella la que se quedó colgada de un ceibo y se convirtió en flor después de llorar más agua que todo el arroyo.

- Tranquila mamita que sólo miramos.

La dejamos tan muerta como antes, con los ojos vidriosos por la helada que cae afuera.

Esta es la casa en la que velaron a una familia entera. La madre se había dejado la hornalla prendida y el viento que había entrado por el ojo de la cerradura. El padre miraba un partido de fútbol. Nadie recuerda cuál era, porque es regla que los detalles importantes son los que primero se olvidan. Los tres hijos, incluido el bebé de seis meses que duerme tranquilo en su cajita cerrada: les dio impresión velarlo sin la tapa.

Apagamos las luces porque mi hermano dice que la luz ahuyenta a los espíritus. Creo que es la última vez que voy a ver a mi hermano. Lo sé porque mañana el bolso de tierra se va a convertir en un muerto que camina por el costado de la ruta.

Yo nunca vi un fantasma pero enseguida supe que el menor de los muertos tenía feas intenciones. Mi hermano me tapó la boca con la mano y sentí todo el olor del río que me inundaba.

- Shh. Es de los que juegan – me dijo.

Y no pude más que llorar de pena por toda el agua contenida.

- Pero yo no quiero más…

- Ya se va a cansar – me dijo mi hermano mientras se iba convirtiendo en una figura acartonada, en blanco y negro.

- ¡Qué linda casita muerta que tiene el nene!

Grité tan fuerte que todos los muertos me miraron al mismo tiempo y mi hermano con ellos y mi mamá con una hoja del ceibo en la boca. Grité con tantas ganas y me reí tanto que los muertos prendieron la luz. Y escuché que mi hermano me repetía con números y puntos y comas que las cosas no son como parecen. Todas sombras.



viernes, 8 de noviembre de 2013

Poética II: Diario para otro cuento pero malo

Mientras leía “El sótano” de Mario Levrero – ahora que por fin nos llega de tan lejos, pero tan cerca - me acordé de las veces en que busqué un montón de llaves y las puertas no se abrieron, o abrieron a medias. No sé qué es peor.

Me gustaría ser Mario Levrero para que las puertas se mantengan inconclusas.

En el cuento de Levrero, Carlitos tiene que atravesar las habitaciones, el jardín de su casa, la guarida del guardabosques, para encontrar el secreto de lo que esconde el sótano. Pero uno comprueba enseguida- uno que ha leído a Kafka pero, antes, que ha vivido como Kafka- que “Cuando uno busca algo, no debe ni soñar en encontrarlo por azar, por lo menos dentro de un plazo determinado. Porque uno de los tantos chistes del azar es, justamente, escondernos lo que buscamos, y hacernos encontrar lo que no buscamos, o que ya no buscamos”.

A veces creo que soy un especialista en encontrar lo que ya no busco. Me lo cruzo por la calle y me lo meto en el bolsillo, casi sin pensar. Por eso me gustaría ser Mario Levrero, para darme cuenta de que el azar me está jodiendo de a poquito y poder reaccionar a tiempo.

El otro día me guardé algo que no buscaba en la mochila y lo traje a casa. Una puerta de las que se abren para los dos lados: un día es de sol y al rato se hace de lluvia. Pesa lo que el tiempo le dice que pese. Cuando vengo con buen tranco es como si no llevara nada. Pero hay días que se convierte en un artefacto que aturde y empuja la espalda hasta el suelo como un contorsionista. Me doy risa.

El tema es que me gustaría ser Mario Levrero para no cansarme de tanto realismo. Me aburro fácil si las puertas se ponen tan metafóricas y lejanas. Así cualquiera, con tantas puertitas de tantos colores: las mías tienen dos rumbos y abren y cierran como cualquier otra puerta. Es más, se abren tan lento y se cierran tan rápido que a veces me asusta.

Como no sé de nada de lo que pasa puertas adentro empiezo a exteriorizar todas las puertas cerradas. Las llevo al zaguán o a la escalera, que es en donde me siento más cómodo. Me gustaría ser Mario Levrero para contener estas ganas de abrir todas las puertas y ver qué pasa adentro. Preferiría ser como el abuelo que se olvida de las cosas. Una memoria de olvido: la mejor de las memorias.
“Por ejemplo: ¿alguno de ustedes podría explicar algo acerca de la tetravalencia del carbono? ¿O sobre los casos de irracionalidad del logaritmo? Yo nunca pude entender nada de esas cosas, y es por eso que ahora estoy escribiendo cuentos, en lugar de hacer algo útil”.
Todavía lo tengo en la mochila, porque me da un poco de angustia sacarlo del todo. Por ahí es una piedra nomás y yo tanto drama por nada.



domingo, 3 de noviembre de 2013

Poética: el sauce


La última vez que nos cruzamos venías con los hombros caídos de tanto peso. Te levanté la cara con el dedo índice -así como hacen en las películas- y en vez de sonreír y trenzarnos me dijiste que era un pelotudo, que no entendía nada de lo que vos me estabas diciendo. Incluso la palabra trenzarse hoy me parece de pelotudo, así que te doy la venia en eso.

¿Sabés lo que pasa? Por lo general no decodifico bien los mensajes, los interpreto mientras mastico varias palabras en la boca y con ellos me creo unos mundos medio góticos, los llevo hasta el paroxismo y desde ahí vuelvo hecho un personaje de Poe. Un William Wilson que arremete contra el espejo.

La última vez que nos cruzamos tenías medio sauce en la cabeza. Se te veía a la legua el color medio amarillento y las ramas finitas a los costados. Mi hermano me dijo muchas veces que los sauces son árboles diabólicos. Es cierto, los sauces esconden miserias en su interior. Tienen capas inconclusas y se despiertan de noche: están continuamente cayendo. Lo sé porque los escuché llorar más de una vez.

Entonces el sauce y la cara y los hombros que se levantaron un poco para no darme la razón. Pero no es que quiera modificar ese último encuentro. Si fuera eso me pongo a escribir sobre lo inteligente que fui al decirte que mejor no, que seguro pasa la vida antes de que todo se empiece a derrumbar. Porque tanto uno como otro se puede convertir en sauce como en las leyendas y ahí sí que la cagamos. Nadie quiere ser un personaje de leyenda.

O que ninguna de esas palabras que me salieron decían estas cosas. A veces me enredo.