domingo, 3 de noviembre de 2013

Poética: el sauce


La última vez que nos cruzamos venías con los hombros caídos de tanto peso. Te levanté la cara con el dedo índice -así como hacen en las películas- y en vez de sonreír y trenzarnos me dijiste que era un pelotudo, que no entendía nada de lo que vos me estabas diciendo. Incluso la palabra trenzarse hoy me parece de pelotudo, así que te doy la venia en eso.

¿Sabés lo que pasa? Por lo general no decodifico bien los mensajes, los interpreto mientras mastico varias palabras en la boca y con ellos me creo unos mundos medio góticos, los llevo hasta el paroxismo y desde ahí vuelvo hecho un personaje de Poe. Un William Wilson que arremete contra el espejo.

La última vez que nos cruzamos tenías medio sauce en la cabeza. Se te veía a la legua el color medio amarillento y las ramas finitas a los costados. Mi hermano me dijo muchas veces que los sauces son árboles diabólicos. Es cierto, los sauces esconden miserias en su interior. Tienen capas inconclusas y se despiertan de noche: están continuamente cayendo. Lo sé porque los escuché llorar más de una vez.

Entonces el sauce y la cara y los hombros que se levantaron un poco para no darme la razón. Pero no es que quiera modificar ese último encuentro. Si fuera eso me pongo a escribir sobre lo inteligente que fui al decirte que mejor no, que seguro pasa la vida antes de que todo se empiece a derrumbar. Porque tanto uno como otro se puede convertir en sauce como en las leyendas y ahí sí que la cagamos. Nadie quiere ser un personaje de leyenda.

O que ninguna de esas palabras que me salieron decían estas cosas. A veces me enredo.





lunes, 21 de octubre de 2013

Atrás de las vías

Crecí en un pueblo con estación de nombre: Villa Estación, para ser más precisos. Una de las casas en las que viví estaba a media cuadra de las vías del tren y me acuerdo que a la madrugada me temblaba toda la cama y a veces se caían los libros que tenía en una estantería de caña. También que la vía marcaba polos, zonas de pertenencia, espacios en común y jergas.

Llegué al pueblo en un tren de pasajeros. El viejo nos esperó en la estación como dos horas porque la máquina se retrasó cuando unos tipos decidieron caerle a piedrazos a los vagones. Una señora llevaba un lemon pie y me dieron muchas ganas de que me compartiera una porción. La señora ni siquiera miró para donde yo estaba. Fue una de mis primeras decepciones.

La vez que decidí escaparme de mi casa me tomé un tren con destino a Rosario. Era verano y agarré una mochila que llené de libros, una remera y una botella de ron a medio tomar. Cuando fui a comprar el pasaje el tipo de la cabina me dijo que me conocía, que yo era el pibe de tal, que cómo estaba mi viejo. Creo que no le respondí nada, como me pasa siempre que alguien me pregunta algo y me deja expuesto.

Leí uno de los mejores libros de mi vida en el viaje. Después me di cuenta de que Rosario era una ciudad como cualquier otra y que siempre estaría bajo la ley de los que trataba de evitar. Pegué la vuelta en silencio y esta vez no leí nada.

Jugué a escupir los durmientes y pegarle de lejos. A las piedras en hilera. Jugué a simular mi propio suicidio, a correrme cuando la bocina aturdía, a los vagones viejos.

Una noche soñé que me quedaba para siempre del otro lado de la vía. Los trenes volaban en todas direcciones y formaban una muralla más grande que la que había visto en The Wall. Los maquinistas no tenían rostros, pero eran de cuero y de barro. Quería treparme y ver qué pasaba del otro lado, que no era éste, en el que estoy desde que el mundo es mundo y las estaciones son estaciones. Un mundo de espejos rotos.


martes, 8 de octubre de 2013

Mandarinas


Las mandarinas del árbol de Federico son las más ricas de todo el pueblo. Eso lo dicen hasta los que se vienen del otro lado de la vía y allá tienen unas mandarinas que te vuelan entero. Pero se arriman en peregrinación y las mandarinas chorrean y tienen muchas semillas que eso es lo mejor, así se puede escupir con ruido y jugar a ver quién llega más lejos. Las mandarinas me gustan mucho.

Una vez le dije a Federico que teníamos que hacernos cargo de la venta de mandarinas y le pareció una idea gigante y empezó a correr de alegría por todo el campo y tuve que frenarlo porque ya estaba montado arriba de un caballo, a puro pelo nomás, y queriendo saltar el alambrado.

El proceso consistía en envolver las mandarinas en papel celofán- porque así quedaban más profesionales – y después en bolsas de residuos negras. No conseguimos verdes. Después tocar el timbre y esperar.

Siempre hablaba Federico porque a mí no se me da muy bien hablar con otras personas y tiendo a taparme la boca y transpirar mucho. A veces digo cosas que no tienen sentido y que la gente igual entiende pero de otra forma. Cuando alguien me pregunta que qué me pasa me agarran ganas de envolverme en papel celofán y quedarme solo en una bolsa de residuo bien negra. Y que no pase la luz.

El negocio fracasó en la segunda semana, cuando Federico empezó a preguntarles a los clientes si concebían una vida sin mandarinas. A la gente de pueblo no le gusta ese tipo de preguntas, son más pragmáticos. “Pero si hay mandarinas por todos lados” respondían. Entonces a mí me corría un calor de pies a cabeza y amenazaba a la gente con romperle los vidrios y la cabeza a mandarinazos, a ver qué se creían. Y Federico me agarraba con fuerza y me decía “pará-pará-no valen la pena-so-re-tes”.



Hace poco nos juntamos de nuevo a comer mandarinas del árbol. Me trepé a una de las ramas que ahora están más secas y frágiles, mientras Federico caminaba con las manos y tomaba ginebra al mismo tiempo. “Es como tocar la tierra con el cuerpo y la cabeza”, decía sin perder el equilibrio. Entonces corté los primero gajos y estaban tan jugosas como siempre, tan perfectas, tan tanto que escupí una semilla que llegó hasta el cielo. Hasta el cielo. Y desde ahí nos cuida.



viernes, 13 de septiembre de 2013

Hay como una lluvia


Conozco gente que predice la lluvia por el tamaño de los alguaciles. Otros por lo cargada que está la luna. Pero con hora exacta y todo. A mí me gusta esa gente porque se viste de un halo mágico que me desconcierta.

Por supuesto, todas las veces no les creo. Todas las veces ganan.

Una vez una vecina que predecía el clima con frecuencia me dijo que si uno mira mucho la luna se levanta alunado: la luna está cargada de muertos. Le conté a mi vieja y me contestó que mirá si va a ser verdad, no creas esas boludeces.

En mi casa no se creía en nada, ni en la luna ni en los muertos.

Pero dejé de mirar la luna, porque la luna está lejos y a veces enoja. Entonces me miro las zapatillas y me quedo con las líneas de las baldosas y calculo cuántos pasos hay desde mi casa hasta la otra casa. Cualquiera de las otras casas. Cuatrocientoscincuentaydos. De vuelta.

La vecina se volvió loca y un día corrió con un cuchillo al esposo. Me acuerdo porque el señor se apersonó en mi casa buscando refugio y entonces pensé que la luna se había metido de lleno en el cuerpo de la mujer. Después la señora lloró en el hombro de mi vieja y se limpió los mocos unas tres veces.

Cuando se murió la vecina no había luna. El marido la había abandonado un tiempo antes de que ella se tragara un tarro de pastillas de no sé qué cosa. Fuimos todos al velorio que era al lado de mi casa. La velaron en el living. Tenía puesto el vestido de flores que usaba todos los días.

Creo que fue mi primer muerto.

El problema - lo supe un tiempo después mientras me miraba así con todos los ojos - era esperar que la luna escupiera todas las predicciones y que adivinara cuántos pasos hay desde mi casa hasta la otra casa. Cualquiera de las otras casas. Eso sí que me daría miedo. Cuatrocientoscincuentaydos. Y de vuelta.


viernes, 2 de agosto de 2013

No se toca



A Tapia, uno de los que están poniendo el cuerpo.

Algo así como puntitos negros cuando uno cierra con fuerza los ojos. También está ese movimiento en el que uno descifra lo que experimenta en determinado momento. Aunque suene a frase hecha y chorreen los lugares comunes. La realidad es cursi, qué se le va a hacer.

Pero entonces una mañana - a los once o doce - me viene a buscar un tipo de barba al que apenas conozco de nombre. Ni siquiera ahora me acuerdo cómo se llamaba. El tipo le presenta a mis viejos un plano con el recorrido que vamos a hacer: primero el casco de una estancia cerca de la ruta, después una tapera que tiene alguna historia y por último la costa del río. El tipo dice “el Tonelero” para referirse al lugar y a mí me suena a un sótano lleno de toneles, porque ya había leído el Hobbit y me había encantado la aventura de Bilbo en los toneles y porque tenía muy fresca en la cabeza la historia del tonel de amontillado, uno de los primeros cuentos que leí de Poe.

Fuimos en bicicleta y el hombre de barba nos explicaba todo lo que había sucedido en esos sitios, cumpliendo con el rol de guía que desempeñaba con precisión. “En esta estancia vivió uno de los personajes más cercanos a Rosas…”. Esa mañana visitamos los cuerpos enterrados en la capilla. Todo parecía más silencioso y vivo.

A eso de las tres de la tarde llegamos al Tonelero que no era más que una porción de las costas del Paraná. Otra vez los puntitos negros que forman una lluvia finita. El hombre de barba sacó una soga de la mochila y la ató a uno de los árboles: íbamos a bajar por la barranca al estilo aventurero. Inmediatamente nos organizamos con los muchachos para hacer el descenso. Uno a uno tocamos tierra y la vista del río era menos etérea, como si nos hubiésemos transmutado con los árboles y los camalotes.

Ninguno se dio cuenta, pero cuando salimos de ese estado de hipnosis que – todavía me – produce el Paraná, nos dimos cuenta de que el tipo de barba ya no estaba con nosotros. Quedamos solos en el Tonelero y la soga colgando y la lluvia finita y la intemperie rozándonos los ojos hasta hacerlos lagrimear.

Fue la primera vez que me sentí grande. Y puede que la única. Trepamos todos juntos por la soga, ayudando a los rezagados, resbalando por la tierra de la barranca y las piedras que se desprendían con el menor movimiento, dando ánimos a los que les faltaba valor. Creo que el tipo de barba volvió unos minutos más tarde: se había ido a mear cerca de las cuevas o vaya uno a saber qué estaba haciendo. Ninguno de nosotros era el que había sido. Algo notó el hombre de barba, estoy seguro.

La vuelta fue silenciosa, como el silencio cerca de las tumbas.

Y ahora me entero que un intendente y su council decidieron vender esos terrenos a una empresa para que exploten el lugar. Sé que hay amigos defendiendo el Tonelero por causas ecológicas, por demás justificadas. Pero mentiría si dijera que me duele esa transacción por motivos ambientales.

No pueden tocar mis primeras lecturas de Poe. No pueden deshacerse del mapa dibujado en lapicera. No tienen por qué alquilar a mis amigos pedaleando entre las piedras. No me pueden vender la soga y la lluvia chorreando por las manos. No pueden regalar el momento de incertidumbre en el que me creí héroe.

Y otra vez los puntitos negros de tanto apretar los ojos.



sábado, 8 de junio de 2013

Allá lejos de cerca el río



Estaba pensando en esta manía de comparar todo lo que me pasa con alguna experiencia del pueblo. Creo que tiene que ver con eso de la nostalgia y las cosas pasadas que ameritan un rápido viaje en bondi hacia el psicólogo. Pero como el viaje puede ser demasiado largo prefiero hacer catarsis por caminos menos truncos.

Mirar el río es perderse un poco. Lo digo porque no hay nada peor que la isla: uno queda atrapado entre esos matorrales y vacas que pastan fuera de la tierra y pareciera que en cualquier momento la tormenta va a aparecer y la lancha que no llega o algún otro problema técnico que nos deja en el otro mundo, ahí en la isla. Uno se entrega a ese vaivén del tiempo. El río está hecho un poco de tiempos, o por lo menos eso es lo que leí en Demitrópulos y le creo.

Pero también porque el propio sino depende del río. Una entrerriana me contó que la madre todavía la llama para contarle cuánto creció el agua, pese a que hace una década que no vive en su pueblo. Mis viejos me llaman los domingos para decirme que el río está lleno de mosquitos, o que no hay nadie, o que está repleto de gente de pueblos vecinos, o que la crecida se llevó algunos ranchos o que no se ven los carteles de peligro por la niebla. Uno está atado a esos relatos.

Y cuando me pongo a pensar en los camalotes, en las yararás que pude haber pisado en la reserva y que no pisé por pudor y suerte, en el pesquero que dejó su carcaza en el puerto, me doy cuenta de que todavía hay mundo campo adentro. Río afuera.


domingo, 12 de mayo de 2013

Media res



Iba de la presa a la chaira y otra vez a la presa. Una especie de ritual que reproducía con bastante fidelidad. Trataba de adivinar el momento exacto en que la hoja del cuchillo dejara de cortar la carne para arremeter contra esa espada sin filo, con el ruido metálico que hacía estremecer a los terneros que miraban en silencio desde el otro lado del alambrado. Se secó la transpiración con la muñeca y me miró sonriente, esperando que yo le respondiera de alguna forma. Creo que sonreí, pero de una manera que le hizo bajar el cuchillo y la chaira apuntándome al centro del pecho.

- ¿Te da asquito, pibe?

Me erguí instintivamente, para no mostrar las infinitas sensaciones que pasaban por mi cabeza. Ninguna de ellas podía catalogarse de asquito.

- No - dije .

- Ah.

Lo que alguna vez había sido una vaca cuelga de unos ganchos en el fondo de la quinta de mi tío, que ahora pita preocupado por algo que no sé muy bien qué es pero que lo tiene a maltraer desde la mañana, cuando me levanté en silencio a espiar el amanecer, preparando unos mates que, por supuesto, me salieron amargos, en el mal sentido de la palabra. Varias veces estuvo a punto de decirme algo, pero una mezcla de arrepentimiento y pudor lo frenaba. Me di cuenta porque la cara se le ponía colorada, como cuando tiene que tratar con los peones. Me espía de reojo, lo puedo ver corriendo el mechón de pelo entrecano de su cara y dirigir hacia mí una de esa miradas que quiero imitar pero no puedo. Me hago el distraído para no tener que explicar mi reacción ante la insistencia de Pedro por una costilla que no cede y que obliga al peón a llevarse la muñeca sudada a la frente sudada y de ahí al cuchillo que vuelve a la chaira sudada pero en rojo.

- Porque allá no ven estas cosas ustedes ¿no? – insiste Pedro

- ¿Qué cosas?

- No sé, cómo se hace la carne – resume.

Y la verdad es que Pedro tiene razón. Allá, en la ciudad, no vemos este tipo de cosas. La carne viene en bandejitas de COTO, con fecha de vencimiento, precio, un nylon que la recubre para que no chorree lo que queda de sangre y una cajera que la pasa por unos aparatitos que hacen clin y marcan el mismo precio que estaba en el nylon que recubre a la carne. Pero no sabemos cómo se hace esa carne.

- Esta va directo a lo de López, antes de que vengan los de ANMAT – dice mi tío, y Pedro asiente desde el reflejo de la hoja del cuchillo. Lo respeta. Muchos años.

Desde hace unas horas anoto en la cabeza el resultado de cada una de las extirpaciones. Es como una operación. Primero fue por las costillas, bajó un poco más y se aferró a los ganchos para dar con el corte final que separó en dos la bestialidad de la res. La muñeca que utiliza como toalla para secar la transpiración ahora es una chorreadura de sangre que despide gotitas rojas cada vez que se mueve. La imagen es de una crudeza infinita, mucho más verdadera y llena de rencor por la pieza que se balacea en silencio, cortando la tarde de par en par. Y ni siquiera puede uno descargar cierta responsabilidad en Pedro, que es el arma de una fuerza que viene de no sé dónde pero presiento que está ligada a ese pedazo de tierra cercano a la casa y a todo el tiempo que viene con ella. En eso consiste lo trágico de la escena.

- Anoche vinieron las vacas cerca del establo – dijo mi tío y volvió a sentarse en el tronco rebanado por la motosierra.

- Las escuché, patrón – dijo Pedro.

- ¿Hiciste algo?

- El boyero se encargó, cuando salí los animales habían desaparecido.

Entonces me acuerdo de la vez en que era chico, que mi vieja todavía me acompañaba al campo de los abuelos, que mi padre no se había rajado con una pendeja de la capital y que todavía tenía algún temor por las sombras y los animales de noche. Mi tío me había sentado en una de las mesas de la galería y, mientras daba el último pitido al cigarrillo armado con sus propias manos – como él se jactaba siempre que se le preguntaba – me dijo que los alambrados tenían corriente, que era para que los animales no se acercaran donde no debían. Eso es lo que nos separa de ellos, me decía en la noche estrellada en que las vacas eran un sueño lejano para mí.

No puedo dejar de lado la expresión de asco que siento por la situación. No es el asquito que supone Pedro, que no entiende nada de los que le pasa a la gente, es el asco por el matarife de cuento, la pierna semilevantada de mi tío que escupe el pasto y pisa la escupida. Lejos había quedado esa imagen nocturna. Ahora tenía que ver para aprender, porque en cualquier momento debía hacerme cargo del campo de la familia. El tío no va a estar para siempre, me decía mi tío y guiña el ojo a Pedro que sonríe con esa risa idiota de los que ya han probado la sangre con el cuerpo y no pueden más que quedarse pegados al líquido de los animales. Todo esto me parece algo grotesco, pero me fascina.

Mi tío recoge la media res que cae al suelo después del golpe asestado por Pedro. La carga en el hombro derecho y el peón quiere ayudarlo.

- Pero deje que yo lo hago, patrón. Mire si va a estar haciendo fuerza.

- Deje de joder Pedro y póngase a limpiar. Todavía no estoy muerto.

El tío camina uno, dos pasos y agarra voleo. Debajo del pelo entrecano y las arrugas hay todavía cierta fortaleza. Esos brazos supieron arrear hombres años antes, cuando las cosas eran más complicadas que ahora. Lo vimos desaparecer por la galería y doblar a la izquierda en dirección a los tachos con agua caliente y al fuego que estaba prendido desde la mañana. Pedro jugaba con el cuchillo y la chaira, los hacía chocar y después se llevaba los brazos por encima de la cabeza.

- ¿Me lo prestás? – le digo

Deja el cuchillo en el pasto y simula ser un esgrimista con la chaira ensangrentada.

- Como el Zorro – dice

- No hagás boludeces, Pedro – le digo, pero no puedo dejar de reírme por la ocurrencia.

El cuchillo es pesado y el mango resbala por la mezcla de sudor y otros fluidos. De pronto, Pedro deja de sonreír y de hacerse el tonto.

- Tu tío es un buen hombre – dice.

- Ya sé – digo.

- Igual que tu familia – dice.

- Depende. Porque si es por el lado de mi viejo, flor de garca resultó ser.

Pedro me mira sin entender. Hace un zigzag con la chaira en el aire y se acuclilla observando el monte que se extiende cerca de la casa.

- No se debe hablar mal de los padres – se ve que lo había pensado durante un rato.

- Como quieras, pero no deja de ser un garca.

Me acerco a la media res que cuelga del gancho, esperando el momento en que el hombro del tío vuelva para llevársela a los tambores y limpiar la suciedad, los pelos que todavía quedan, las imperfecciones que se ven a simple vista y que deben ocultarse para que los López no se quejen.

- Tu tío tuvo que hacer cosas. Sacrificarse por la familia.

Hay un espacio de tiempo que queda vacío. Ya no esgrime la varita mágica ni se lleva la muñeca a la frente para liquidar el sudor. Asiento desde mi lugar de observador del rito y Pedro contiene la respiración para no mostrar la tensión de las mandíbulas. Yo sé de los rumores y de las cuentas que el tío tuvo que pagar por sus formas. Una cuestión de formas, diría mi vieja, que lo adoraba al tío, aún antes de las cosas que Pedro insinuaba. Porque la familia le debía la extensión de tierra que no tenía fin en un pueblo del interior de la provincia, hasta donde llegaba el alumbrado público por su intermediación. Detrás de la casa había dejado una franja de árboles que servía como pulmón y después las hectáreas en donde las vacas pastaban y movían las bocas simultáneamente.

Parece que Pedro quiere decirme algo más, porque abre la boca como las vacas antes de pegar una mordida al pasto, pero se calla al ver que el tío vuelve con la camisa aureolada por la sangre de la media res que ahora debe estar fragmentada en múltiples partes y dispuesta para la partida a lo de los López.

- Hay dos que se escaparon y están queriendo entrar por atrás de la galería – dijo el tío.

- Voy

Pedro me sacó el cuchillo de la mano y limpió la hoja con el pantalón. El tío sacó del bolsillo uno de los cigarrillos armados por él, perfecto, como de los que vienen en las cajitas y se compran en los supermercados. Pero sin todas las porquerías, porque uno debe saber cómo se hacen las cosas, el proceso que lleva del tabaco y el papel a un cigarrillo, de la media res colgando de los ganchos a una bandejita con nylon en la caja del COTO. La producción y el armado.

El tío escupe una vez más el suelo buscando mojar la tierra con toda su saliva y pisa, aplasta el escupitajo con la alpargata, la refriega en el suelo y vuelve la mirada hacia mis ojos que observan el ir y venir del pie sobre la saliva que ahora ha desaparecido en la tierra que regó. Se sienta en el banco de tronco improvisado y me señala con un índice que es como toda mi mano.

- Dos terneritos se escaparon – explica.

- Ah.

- Se ve que alguno de los negros dejó la tranquera abierta o se las ingeniaron para pasar a través del alambrado. Tiene electricidad ¿te acordás? Por eso me parece que fueron lo negros.

- Puede ser.

- Pedro es más responsable. Pero tuve que enseñarle. Muchas horas de ida y vuelta al monte, de dejarlo solo para que aprendiera cuándo tenía que volver por las lluvias, cuándo la mierda indica que un animal está enfermo y esas cosas. Por eso se pueden ir a cagar los del gobierno. No saben nada con las jeringas.

Me acerco a la media res que ahora se balancea por un vientito que trae el monte y apoyo la mano en lo que se supone que es la pata del animal. Seguramente tendrá otro nombre más específico, peo no lo sé. Ni siquiera sé hacer el asado. El tío me mira contento por ese arrebato, pensando, tal vez, que estoy caminando sus propios pasos, que al fin me decidí a continuar con lo que él no puede terminar. Porque Pedro es entendido, pero hay que arriarlo como a las vacas, enseñarle que por ahí no puede pasar, que el cuchillo sirve para esto o lo otro.

Empujo el medio cuerpo y me seco las manos en la ropa. Una sombra tiñe el rostro del tío, que pita con celeridad el cigarrillo y lo tira al pasto, justo al lado de donde había caído el chorro de saliva unos minutos antes.

- Seguime – ordena.

Me quedo estacado junto a la vaca que dejó de flamear. El tono de voz del tío tiene el matiz del destino, de algo que no puede sacarse uno de la cabeza como un mosquito que molesta, o aplastarlo contra la pared. La orden es una marca.

Camina despacio entre los pastos que rozan las rodillas mientras los perros se enredan entre sus piernas. De vez en cuando patea a alguno y les dice “fuera” y también les dice “dejen de joder” y también “la puta que los parió”. Se dirige a la galería, va en dirección al pozo ciego. Lo sigo con cierta distancia, pero haciéndole saber que voy detrás.

- Tenés que ir aprendiendo – escucho que murmura, para sí mismo.

- ¿Qué?

- Nada, nada. Te va a hacer bien. Yo a tu edad. Te va a hacer bien.

Inclinado junto al pozo está Pedro, que al escucharnos levanta la cabeza y mira al vacío. Se sorprende y tiende a esconder el cuchillo entre las piernas, a retocarse el pelo, con las manos nerviosas, llenas de sangre fresca que se suma a la sangre pegada de la media res. Pedro mira al tío y me mira a mí, varias veces mientras nos vamos acercando al pozo ciego. Mi vieja me decía que el pozo ciego era uno de los lugares prohibidos del campo del tío, al igual que los alambrados. “Si te caes ahí no la contás” me decía, y sentí cierto vértigo al acercarme a Pedro y al pozo que yacía a sus pies.

- No sabía que venía – dijo Pedro, justificándose.

- Lo traigo yo, quedate tranquilo y hace lo tuyo – mi tío jugaba al patrón y Pedro le creía.

Pedro tenía agarrado del cogote a un ternerito con las piernas quebradas. Otro ternero degollado mostraba la lengua y empezaba atraer las primeras moscas del verano. La escena es de una insoportable realidad: el olor al ternero y a la mierda que había largado después de la patada que le debe haber dado el boyero cuando intentó acercarse a la casa, la humedad de la sangre evaporada, la muñeca que vuelve a subir hasta la frente y baja con el cuchillo ceñido como una espada, pero sin zeta de Zorro.

- Estos no aprenden más, dice Pedro mientras el ternero grita en el suelo y estira el cogote dejando vía libre al peón vuelto matarife – por eso hay que hacerlos mierda de chiquitos.

No digo nada.

- La mamá es la que está colgada – dice Pedro, y larga la carcajada.

Me vuelvo hacia donde señala el dedo y veo el balanceo de esa media vaca que presencia la muerte de sus crías.

- Pará – dice el tío cuando Pedro se apresta a dar la última estocada.

Y fue la mirada más inhumana que le vi al tío después de mucho tiempo. Venía de esos años en que había tenido que sacrificarse por la familia, en que los vecinos habían hablado, siempre al pedo como decía mi vieja. Pedro entregó el cuchillo que pasó a las manos del tío y que ahora deposita en mis manos sin vida. El frío del mango le da movimiento a la extremidad derecha que ahora se levanta y coloca el instrumento cerca de los ojos, para ver los detalles de la hoja, la marca grabada con fuego y las gotas de sangre del hermanito.

- Te toca a vos – dice el tío y hace que sonríe. Pedro también, pero él sí sonríe en serio.

El pozo se acerca a mis pies y el último de la familia sujeta mi mano con su garganta. Ahora empieza, lo presiento, mi propio sacrificio.