viernes, 12 de octubre de 2012

Situación II: Escaleras



Mientras M (devolución de gentilezas, te transformé en inicial)  embocaba las cápsulas de café en su nueva súper cafetera, la otra M- pero fémina- me mostraba las fotografías del  último viaje por el Viejo Mundo con su muchacho, que apareció unos segundos más tarde con los pocillos cargados. Su obsesión por los faroles me hizo acordar a mi vieja manía por fotografiar escaleras. Tengo fotos de todos los tipos: escaleras caracol, escaleras que suben y llegan hasta una puerta cerrada y del otro lado la incógnita, escaleras-balcón, escaleras de fantasía, escaleras de bibliotecas y librerías. Incluso el recuerdo de escaleras: la última de ellas la del mismísimo M que da a una terraza imposible y fuera del mapa.

Las escaleras son espacios vacíos, de tránsito, eso es una obviedad. Pero no dejan de ser espacios simbólicos que significan desde una materialidad inminente. Por eso me gustan más que las puertas, que marcan un quiebre, un antes y después brusco que incluso puede obturarse por el sellado de la misma. Una puerta cerrada es como, puntos suspensivos, y eso que uno suele decir. En cambio las escaleras establecen conexiones y a la vez dejan la marca de ese mismo pasaje: no es lo mismo subir la escalera de la facultad de Derecho que subir los últimos peldaños de una escalera de hospital o, por qué no, contorsionar el cuerpo para llegar hasta la terraza de M.

El cuerpo tiene que adaptarse a las escaleras y a la vez las moldea para que estas se incorporen a su tiempo, a su medidas, a su forma de caminar medio rengueando en una pata. Y también son puente. Como la escalera de Infancia e Historia, el libro de Agamben en donde se trae el ejemplo de un cuento de Tieck para hacer el salto hacia la experiencia: dos “amantes arruinados” se recluyen en la parte de arriba de la casa y, cuando ya no tienen un peso- no tienen nada, ni siqueira leña para hacer fuego- terminan quemando la escalera que da al piso superior, quedando recluidos en el cuarto de arriba.


“Esa escalera – nos da entender Tieck – [nos da a entender Agamben]- es la experiencia, que ellos sacrifican en las llamas del “conocimiento puro”. Cuando el dueño de casa, (que representa las razones de la experiencia), regresa y busca la vieja escalera que conducía al piso alquilado a los dos inquilinos, Enrique (es el nombre del protagonista) lo ridiculiza con estas palabras: “Pretende basarse en la vieja experiencia del que permanece en el piso y quiere moverse lentamente, subiendo un peldaño después de otro, hasta la más alta comprensión, pero nunca podrá alcanzar nuestra intuición inmediata, pues nosotros ya hemos abolido todos eso triviales momentos de la experiencia…”




Espiar desde el escalón puede ser un ejercicio interesante. A mitad de camino, uno no sabe si sube o si baja y la escalera no nos puede decir nada acerca de esta decisión, que está vinculada a su propia materialidad, pero que, a la vez, la excede. Borges se equivocaba al pensar en el espejo como el objeto filosófico por antonomasia: la escalera pone en situación, es la idea pero también el cuerpo que se mueve, el tránsito que recurre a la experiencia, la idea que encuentra asidero en ese mismo ir y venir. Y sin embargo, uno de los mejores cuentos de Borges llamado “There Are More Things”, termina con una escalera que marca los límites del pensamiento del geronte eterno: el protagonista ha visitado la casa de su infancia y se encuentra con que los muebles y la disposición de las cosas que la habitan no se asemejan a nada de lo que él conoce. Es decir, no puede encontrar su funcionalidad. Escucha un ruido en el piso de abajo y decide ver de qué se trata. Es el misterioso habitante de la casa: “Mis pies tocaban el penútlimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo, lento y plural”. A medio camino entre la experiencia y la tranquilidad de lo racional, el personaje de Borges se halla ante lo desconocido que, por supuesto, adquiere las formas de lo monstruoso. El piso le da miedo, prefiere la posibilidad de salir corriendo hacia un lugar seguro: la pareja de Tieck.

Y otra vez las escaleras. Como cuando Federico se quedó mirando por el caracol de mi edificio. “Te diste cuenta de que nuestra generación tiene una tendencia al suicidio” me dijo. Y nos quedamos mirando ese ida y vuelta. No sé muy bien cuál es nuestra generación, ni si existe algo como eso, pero sentí que lo que me decía era cierto. Sí, Fede, nuestra generación que ve un caracol y piensa en caer para siempre, tocar la cabeza del encargado que se asoma sin preocupaciones y descender sin escalones-bajada ascensor-revuelto en bolsas negras que pronto se llenarán de basura.  Mejor ensillamos de nuevo y bajamos despacito.
A mí la palabra generación me dice poco y me suena a mucho: sé que tiene la forma de una escalera que empieza a conectar nuevamente con el piso, pero con dificultad y casi sin saberlo. Y en el vértigo de la bajada tienta la caída libre, el contacto rápido con el abajo. Otra posibilidad es construir escalones de cápsulas de café, de faroles y lámparas, o preguntas acodadas como pasatiempo. Presiento que la palabra generación también es algo opresivo y lento y plural.


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