Mientras M (devolución de gentilezas, te transformé en
inicial) embocaba las cápsulas de
café en su nueva súper cafetera, la otra M- pero fémina- me
mostraba las fotografías del último
viaje por el Viejo Mundo con su muchacho, que apareció unos segundos más tarde con los pocillos cargados.
Su obsesión por los faroles me hizo acordar a mi vieja manía por fotografiar
escaleras. Tengo fotos de todos los tipos: escaleras caracol, escaleras que
suben y llegan hasta una puerta cerrada y del otro lado la incógnita,
escaleras-balcón, escaleras de fantasía, escaleras de bibliotecas y librerías.
Incluso el recuerdo de escaleras: la última de ellas la del mismísimo M que da
a una terraza imposible y fuera del mapa.
Las escaleras son espacios vacíos, de tránsito, eso es una
obviedad. Pero no dejan de ser espacios simbólicos que significan desde una
materialidad inminente. Por eso me gustan más que las puertas, que marcan un
quiebre, un antes y después brusco que incluso puede obturarse por el sellado
de la misma. Una puerta cerrada es como, puntos suspensivos, y eso que uno
suele decir. En cambio las escaleras establecen conexiones y a la vez dejan la
marca de ese mismo pasaje: no es lo mismo subir la escalera de la facultad de
Derecho que subir los últimos peldaños de una escalera de hospital o, por qué
no, contorsionar el cuerpo para llegar hasta la terraza de M.
El cuerpo tiene que adaptarse a las escaleras y a la vez las
moldea para que estas se incorporen a su tiempo, a su medidas, a su forma de
caminar medio rengueando en una pata. Y también son puente. Como la escalera de
Infancia e Historia, el libro de Agamben en donde se trae el ejemplo de
un cuento de Tieck para hacer el salto hacia la experiencia: dos “amantes
arruinados” se recluyen en la parte de arriba de la casa y, cuando ya no tienen
un peso- no tienen nada, ni siqueira leña para hacer fuego- terminan quemando
la escalera que da al piso superior, quedando recluidos en el cuarto de arriba.
“Esa escalera – nos da entender Tieck – [nos da a entender Agamben]- es la experiencia, que ellos sacrifican en las llamas del “conocimiento puro”. Cuando el dueño de casa, (que representa las razones de la experiencia), regresa y busca la vieja escalera que conducía al piso alquilado a los dos inquilinos, Enrique (es el nombre del protagonista) lo ridiculiza con estas palabras: “Pretende basarse en la vieja experiencia del que permanece en el piso y quiere moverse lentamente, subiendo un peldaño después de otro, hasta la más alta comprensión, pero nunca podrá alcanzar nuestra intuición inmediata, pues nosotros ya hemos abolido todos eso triviales momentos de la experiencia…”
Espiar desde el escalón puede ser un ejercicio interesante.
A mitad de camino, uno no sabe si sube o si baja y la escalera no nos puede
decir nada acerca de esta decisión, que está vinculada a su propia
materialidad, pero que, a la vez, la excede. Borges se equivocaba al pensar en
el espejo como el objeto filosófico por antonomasia: la escalera pone en
situación, es la idea pero también el cuerpo que se mueve, el tránsito que
recurre a la experiencia, la idea que encuentra asidero en ese mismo ir y
venir. Y sin embargo, uno de los mejores cuentos de Borges llamado “There Are More
Things”, termina con una escalera que marca los límites del pensamiento del geronte
eterno: el protagonista ha visitado la casa de su infancia y se encuentra con
que los muebles y la disposición de las cosas que la habitan no se asemejan a
nada de lo que él conoce. Es decir, no puede encontrar su funcionalidad.
Escucha un ruido en el piso de abajo y decide ver de qué se trata. Es el misterioso
habitante de la casa: “Mis pies tocaban el penútlimo tramo de la escalera
cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo, lento y plural”. A medio
camino entre la experiencia y la tranquilidad de lo racional, el personaje de
Borges se halla ante lo desconocido que, por supuesto, adquiere las formas de
lo monstruoso. El piso le da miedo, prefiere la posibilidad de salir corriendo
hacia un lugar seguro: la pareja de Tieck.
Y otra vez las escaleras. Como cuando Federico se quedó
mirando por el caracol de mi edificio. “Te diste cuenta de que nuestra
generación tiene una tendencia al suicidio” me dijo. Y nos quedamos mirando ese
ida y vuelta. No sé muy bien cuál es nuestra generación, ni si existe algo como
eso, pero sentí que lo que me decía era cierto. Sí, Fede, nuestra generación que ve un caracol y piensa en caer para siempre, tocar la cabeza del encargado que se asoma sin preocupaciones y descender sin escalones-bajada ascensor-revuelto en bolsas negras que pronto se llenarán de basura. Mejor ensillamos de nuevo y bajamos despacito.
A mí la palabra generación me dice poco y me
suena a mucho: sé que tiene la forma de una escalera que empieza a conectar
nuevamente con el piso, pero con dificultad y casi sin saberlo. Y en el vértigo
de la bajada tienta la caída libre, el contacto rápido con el abajo. Otra
posibilidad es construir escalones de cápsulas de café, de faroles y lámparas,
o preguntas acodadas como pasatiempo. Presiento que la palabra generación
también es algo opresivo y lento y plural.
Me gustó mucho este texto!! Y me conmovió la reflexión final. Qué bueno volverte a leer!
ResponderEliminarChas gracias Cata!
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