viernes, 26 de octubre de 2012

Dos que vienen: cuento en cuotas.

Uno



   Los vimos aparecer en la otra costa como puntos casi invisibles. Se fueron transformando en imágenes parciales: la punta de una piragua, dos remos golpeando contra el río, unas manos sin humanidad, rostros ciegos. Cuando las figuras se completaron todos sabíamos que esas personas no era de por acá, que seguramente venían de Entre Ríos o de vaya a saber uno dónde. Pero del pueblo no.

-         - Estos no son de Entre Ríos – dijo uno que se jactaba de conocer a los habitantes de los pueblos vecinos.

   El hombre- porque no podíamos decir el marido, aunque sí, por esa forma de- era el encargado de dar las brazadas sobre el agua, con un movimiento constante que hipnotizaba. Tenía la barba crecida de unos días. El pelo quieto de haberse lavado con agua de río, el barro- el sudor -el viaje. La mujer tenía los ojos gachos, pero parecía sobrellevar mejor el trajín. Tenía la misma edad del hombre-¿la esposa?- y la cuerda que sostenía en su mano fue a parar justo al muelle. Se bajaron sin hablar y extrajeron del centro de la piragua una bolsa arpillera. Los dos hicieron fuerza por igual. En el hombre se vieron unas venitas azules que le surcaban la frente y el cuello. La mujer apretó los labios, nada más. 

   Uno de nosotros quiso acercarse a la pareja recién venida. Pero algo lo detuvo, no sabemos muy bien qué. Cuando le preguntamos dijo que fue una “fuerza” que lo expulsaba, un vientito con olor fétido que no lo lastimaba pero que repelía. Los extraños pasaron entre los múltiples ojos que los miraban sin entender. La mujer iba adelante y sospechamos que era la que hacía toda la fuerza. El hombre, de vez en cuando, dejaba caer una mirada furtiva sobre nosotros. Una mirada sin alma, de las que traspasan los cuerpos y no tienen expresión. 

-          ¿Qué vienen a joder acá? – el grito sonó desfasado, incluso para aquel que lo había proferido. No hubo respuestas.

   Los vimos desaparecer lentamente con la bolsa a cuestas y supimos que no sería la última vez. Nadie los siguió, porque nadie quería que esas miradas cayeran sobre sus ojos: nos chupaban el alma.  




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