“Cuando uno se corta es como si el cielo se
hiciera caliente. Un cielo de sol, aunque sea de noche”. Carla lo miró y se
llevó la mano a la boca para chuparse las gotas que drenaban por el dedo
índice. El oscuro objeto. El deseo de Carla y de su dedo chorreando sangre.
Tenía la mano abierta, una flor mostrándose al público. Pensó que Carla estaba
un poco sacada, pero no llegó a considerarla peligrosa y supo que todos sus
movimientos estaban controlados. Nunca iba a llegar a la muerte. En todo caso,
aquello era la tentación a la muerte, el desafío sordo que se escupe sin pensar
y suena a grito contenido.
Si él había seguido el camino que ahora
tomaba era por Carla. No era calentura. Demasiado cielo para ser calentura. Se
preguntó muchas veces si eso que Carla le producía era amor. Qué carajo sé yo
del amor. Era eso que estaba ahí, esa sumisión sin quejas. Por qué habría
quejas si Carla estaba con él y sonreía de costado mientras decía que cortarse
era como un cielo caliente. Como si.
Tanto calor en ese cuerpo que se retorcía.
Carla no dijo nada y, una vez que se chupó toda la sangre que le salía de la
palma de la mano, se cubrió la flor con una remera de Miranda! que les habían
robado a unos maricas que estaban tomando un helado en el centro. Apretó hasta
que el beige de la remera se tiñó de púrpura. Matías se mordió el labio de pura
excitación y quiso un poco de la sangre de Carla. Él la miró preguntando que
qué iba a hacer y ella retiró la mano envuelta. Con la mano sana, Carla sacó a
Matías y le dijo que se dejara de joder, que eso podía traer muchas
enfermedades y era riesgoso.
-¿Uno puede tomar
sangre de otro factor? Porque yo no sé qué factor soy. Calculo que voy a tener
que hacerme un análisis para averiguar. Por las dudas nomás- dijo Matías.
- Mirá que decís
boludeces vos- le respondió él, sin estar seguro del tamaño de boludez
implícito en la apreciación de Matías.
En la calle ya no pasaban autos. No era muy
tarde pero estaban en la mitad de la semana y todos dormían. Algunos perros
ladraban en frente y por eso ellos susurraban. Matías se acercó a Carla y le
preguntó si podía ver la herida. Él creyó ver un hilito de baba corriendo por
los labios de Matías. Y sí, pensó, Carlita tiene la flor que da calor y la pasa
generosa a los demás. Uno no puede negarse a esa experiencia. Sin embargo, se
quedó sentado encima de un cajón de manzanas, sin moverse. Quería tirarse
encima de Carla y chupar hasta dejarla seca. La última gota.
Carla empezó a desenvolver la mano y las
letras que formaban el nombre de la banda eran como islas rodeadas de un mar
rojo. Alcanzó a reconocer el signo de admiración que cerraba el nombre. Se
acordó de la cara de los pibitos cuando los obligaron a sacarse la remera. Eran
dos chicas y dos flaquitos de quince o dieciséis. Estaban muertos de terror
cuando los tres se acercaron y preguntaron que qué mierda estaban haciendo ahí,
tomando helados como cuatro tragasables. Los pibes no respondieron nada y
bajaron la cabeza. Perros arrepentidos.
Matías miró. Carla estaba blanca, así que, para
que no se desmayara, corrieron a buscar algo para darle de tomar. Él hizo un
cuenco con la mano y lo llenó hasta el tope en la canilla del porche de Matías.
Carla estiró la lengua y lamió despacio.
Aunque presentía que algo estaba como desfasado
en esa relación de tres, él nunca dudó del método. Había que cortarse. Eso
conectaba los cuerpos, hacía del número tres una sola línea que continuaba con
el fluido. Hasta esa noche nunca lo habían hecho, pero no era tarde. Ya habían dado
el puntapié con las remeras y el peinado. Después empezaron a frecuentar la
noche, a dormir de día y caminar por abajo de los árboles. Cortarse era el
escalón final. Si había una carrera hasta el amor, la graduación iba en ese
sentido. Pequeños sacrificios superpuestos y la gran entrega final. El amor se
daba con la sangre chorreando por la mano hasta la tierra. El propio cuerpo en
juego. El acto de amor eterno.
La gillette pasó de la mano de Carla a la de
Matías. Le tocaba seguir con el juego. Temblaba. El círculo se cerró nuevamente
y escucharon a lo lejos el ruido de una puerta que se cerraba y unos ladridos
cada vez más cercanos. Algún borrachín que llegaba a esas horas a la casa y la
mujer lo esperaba para montarle una escena. Se sobresaltaron y miraron para
afuera. “Estos perros de mierda”. La madre de Matías no se había despertado.
Los maracas de Miranda! salieron corriendo y
eso les dio más bronca. Carla le metió una traba a la pendeja más chica y
después la agarró del cuello para pegarle unos cuantos cachetazos. La chica
gritaba como una histérica. No había sido para tanto. Escupieron y se fueron
con el botín hasta el terreno de Matías.
Un cielo caliente en el patio de Matías
mientras todos duermen. Un cielo caliente y el círculo cerrado hasta más no
poder. Un único círculo cerrado y las gotas de sangre de Carla como ofrenda a
la noche y al cielo caliente.
El corte de Matías fue claro. No era una
flor sino una línea que imitaba una de las rayas de la mano. Matías leyó su
propio futuro y lo evidenció.
-
Ahí stá.
-
¿Y?
-
Qué se yo. No es para tanto. No le
encuentro esa poética que dice Carlita.
Las gotitas de sangre cayeron a la tierra y
fueron a parar justo al costado de las de Carla. Que no las toque, se dijo. Que
no las contamine.
El perro de Matías se acercó y le lamió la
herida.
-
¿Qué hacés tarado de mierda?- dijo
Carla.
-
Dicen que los perros tienen la
boca más limpia que los humanos y la saliva cura. Eso dicen.
El perro dejó de lamer y se escuchó de nuevo
el ruido de una puerta golpeándose, pero ésta vez más cerca.
-
¿No será tu vieja?
-
No. No creo. Ya hubiera pegado el
grito. Igual voy a ver.
-
No, pará. Si total. Me parece que
nos vamos a tener que ir apurando.- Carla lo miró de reojo y le señaló la
gillette ensangrentada que estaba en la mano sana de Matías.
El círculo de nuevo y la gillette tan fría y
pegajosa. Se preguntó si en sus manos tenía el cielo caliente de Carla o la
indiferente línea que continuaba las rayas naturales. Hubo un ruido sordo de
latas pateadas y tachos cayéndose en la calle.
-
Los perros.- dijo Matías.
-
Los perros.- dijo Carlita.
Era su turno.
No hubo más cielo. El frenesí en las venas. Extendió
el brazo y cerró los ojos. La gillette cortó en la muñeca.
-
No, loco, ahí no- dijo ella.
El trío se derrumbó y él quedó tendido en el
centro del juego. La sangre de los otros dos le traspasó la remera y sintió la
humedad en la espalda. Escuchó los pasos apurados de Carla y Matías que corrían
por la calle. Imaginó las explicaciones que tendrían que dar a los demás, la carga de los relatos que se repiten y que de tantas veces contados parecen mentira. El llanto contenido de Carla y la desaprobación de los viejos, pero esto último era lo de menos. El
testimonio de los maricas de Miranda!
Y otras pisadas que se acercaban, volteando
los tachos y aplastando el cajón de manzanas. Una astilla le rozó la muñeca
herida.
Tanta sangre y tanto cielo.
- No son los perros- gritó, solo. Mientras
cerraba los ojos para ver las estrellas.
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