lunes, 1 de octubre de 2012

Bocanada

(Cuento olvidado en alguna carpeta llamada Otras cosas, de hace un par de años)




 “Cuando uno se corta es como si el cielo se hiciera caliente. Un cielo de sol, aunque sea de noche”. Carla lo miró y se llevó la mano a la boca para chuparse las gotas que drenaban por el dedo índice. El oscuro objeto. El deseo de Carla y de su dedo chorreando sangre. Tenía la mano abierta, una flor mostrándose al público. Pensó que Carla estaba un poco sacada, pero no llegó a considerarla peligrosa y supo que todos sus movimientos estaban controlados. Nunca iba a llegar a la muerte. En todo caso, aquello era la tentación a la muerte, el desafío sordo que se escupe sin pensar y suena a grito contenido.
   Si él había seguido el camino que ahora tomaba era por Carla. No era calentura. Demasiado cielo para ser calentura. Se preguntó muchas veces si eso que Carla le producía era amor. Qué carajo sé yo del amor. Era eso que estaba ahí, esa sumisión sin quejas. Por qué habría quejas si Carla estaba con él y sonreía de costado mientras decía que cortarse era como un cielo caliente. Como si.
   Tanto calor en ese cuerpo que se retorcía. Carla no dijo nada y, una vez que se chupó toda la sangre que le salía de la palma de la mano, se cubrió la flor con una remera de Miranda! que les habían robado a unos maricas que estaban tomando un helado en el centro. Apretó hasta que el beige de la remera se tiñó de púrpura. Matías se mordió el labio de pura excitación y quiso un poco de la sangre de Carla. Él la miró preguntando que qué iba a hacer y ella retiró la mano envuelta. Con la mano sana, Carla sacó a Matías y le dijo que se dejara de joder, que eso podía traer muchas enfermedades y era riesgoso. 
   -¿Uno puede tomar sangre de otro factor? Porque yo no sé qué factor soy. Calculo que voy a tener que hacerme un análisis para averiguar. Por las dudas nomás- dijo Matías.
   - Mirá que decís boludeces vos- le respondió él, sin estar seguro del tamaño de boludez implícito en la apreciación de Matías.
   En la calle ya no pasaban autos. No era muy tarde pero estaban en la mitad de la semana y todos dormían. Algunos perros ladraban en frente y por eso ellos susurraban. Matías se acercó a Carla y le preguntó si podía ver la herida. Él creyó ver un hilito de baba corriendo por los labios de Matías. Y sí, pensó, Carlita tiene la flor que da calor y la pasa generosa a los demás. Uno no puede negarse a esa experiencia. Sin embargo, se quedó sentado encima de un cajón de manzanas, sin moverse. Quería tirarse encima de Carla y chupar hasta dejarla seca. La última gota.
   Carla empezó a desenvolver la mano y las letras que formaban el nombre de la banda eran como islas rodeadas de un mar rojo. Alcanzó a reconocer el signo de admiración que cerraba el nombre. Se acordó de la cara de los pibitos cuando los obligaron a sacarse la remera. Eran dos chicas y dos flaquitos de quince o dieciséis. Estaban muertos de terror cuando los tres se acercaron y preguntaron que qué mierda estaban haciendo ahí, tomando helados como cuatro tragasables. Los pibes no respondieron nada y bajaron la cabeza. Perros arrepentidos.
    Matías miró. Carla estaba blanca, así que, para que no se desmayara, corrieron a buscar algo para darle de tomar. Él hizo un cuenco con la mano y lo llenó hasta el tope en la canilla del porche de Matías. Carla estiró la lengua y lamió despacio.
   Aunque presentía que algo estaba como desfasado en esa relación de tres, él nunca dudó del método. Había que cortarse. Eso conectaba los cuerpos, hacía del número tres una sola línea que continuaba con el fluido. Hasta esa noche nunca lo habían hecho, pero no era tarde. Ya habían dado el puntapié con las remeras y el peinado. Después empezaron a frecuentar la noche, a dormir de día y caminar por abajo de los árboles. Cortarse era el escalón final. Si había una carrera hasta el amor, la graduación iba en ese sentido. Pequeños sacrificios superpuestos y la gran entrega final. El amor se daba con la sangre chorreando por la mano hasta la tierra. El propio cuerpo en juego. El acto de amor eterno.   
   La gillette pasó de la mano de Carla a la de Matías. Le tocaba seguir con el juego. Temblaba. El círculo se cerró nuevamente y escucharon a lo lejos el ruido de una puerta que se cerraba y unos ladridos cada vez más cercanos. Algún borrachín que llegaba a esas horas a la casa y la mujer lo esperaba para montarle una escena. Se sobresaltaron y miraron para afuera. “Estos perros de mierda”. La madre de Matías no se había despertado.
   Los maracas de Miranda! salieron corriendo y eso les dio más bronca. Carla le metió una traba a la pendeja más chica y después la agarró del cuello para pegarle unos cuantos cachetazos. La chica gritaba como una histérica. No había sido para tanto. Escupieron y se fueron con el botín hasta el terreno de Matías.
    Un cielo caliente en el patio de Matías mientras todos duermen. Un cielo caliente y el círculo cerrado hasta más no poder. Un único círculo cerrado y las gotas de sangre de Carla como ofrenda a la noche y al cielo caliente.    
    El corte de Matías fue claro. No era una flor sino una línea que imitaba una de las rayas de la mano. Matías leyó su propio futuro y lo evidenció.
-         Ahí stá.
-         ¿Y?
-         Qué se yo. No es para tanto. No le encuentro esa poética que dice Carlita.
   Las gotitas de sangre cayeron a la tierra y fueron a parar justo al costado de las de Carla. Que no las toque, se dijo. Que no las contamine.
   El perro de Matías se acercó y le lamió la herida.
-         ¿Qué hacés tarado de mierda?- dijo Carla.
-         Dicen que los perros tienen la boca más limpia que los humanos y la saliva cura. Eso dicen.
   El perro dejó de lamer y se escuchó de nuevo el ruido de una puerta golpeándose, pero ésta vez más cerca.
-         ¿No será tu vieja?
-         No. No creo. Ya hubiera pegado el grito. Igual voy a ver.
-         No, pará. Si total. Me parece que nos vamos a tener que ir apurando.- Carla lo miró de reojo y le señaló la gillette ensangrentada que estaba en la mano sana de Matías.
   El círculo de nuevo y la gillette tan fría y pegajosa. Se preguntó si en sus manos tenía el cielo caliente de Carla o la indiferente línea que continuaba las rayas naturales. Hubo un ruido sordo de latas pateadas y tachos cayéndose en la calle.
-         Los perros.- dijo Matías.
-         Los perros.- dijo Carlita.
   Era su turno.
   No hubo más cielo. El frenesí en las venas. Extendió el brazo y cerró los ojos. La gillette cortó en la muñeca.
      -  No, loco, ahí no- dijo ella.
   El trío se derrumbó y él quedó tendido en el centro del juego. La sangre de los otros dos le traspasó la remera y sintió la humedad en la espalda. Escuchó los pasos apurados de Carla y Matías que corrían por la calle. Imaginó las explicaciones que tendrían que dar a los demás, la carga de los relatos que se repiten y que de tantas veces contados parecen mentira. El llanto contenido de Carla y la desaprobación de los viejos, pero esto último era lo de menos. El testimonio de los maricas de Miranda!
   Y otras pisadas que se acercaban, volteando los tachos y aplastando el cajón de manzanas. Una astilla le rozó la muñeca herida.  
   Tanta sangre y tanto cielo.
      - No son los perros- gritó, solo. Mientras cerraba los ojos para ver las estrellas.


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