Imaginemos la figura descalza de una mujer arrodillada en el
suelo. Un galpón la rodea, de esos que tienen chapa alrededor y que al mínimo
viento que golpea empieza a silbar como
una pavita en el fuego. Hay que sumar el detalle de que el galpón se halla en un descampado, más precisamente en un campo alejado del pueblo; no sabemos cuál. La mujer no parece estar a gusto,
lo notamos por las marcas que ha dejado el roce de la soga en las muñecas.
Imaginemos, pero sólo por un segundo, que la mujer parpadea sin ver nada,
porque la venda de los ojos recientemente retirada por el extraño, ha dado
lugar a un vacío absoluto, a una negritud que se extiende de principio a fin
del galpón con chapas. Las rodillas de la mujer, por supuesto, están sangrando,
pero ni ella ni el extraño- que ahora se rasca la cabeza con un revolver de
vaya uno a saber qué calibre y condición- parecen notarlo. Pensemos en las
cosas que estaría pensando la mujer arrodillada en un momento como ese: los
hijos, el esposo, algún amante, los padres, el trabajo. El orden de importancia
y de aparición puede variar. También los factores en juego, nadie garantiza que
la mujer tenga hijos, marido, amante o padres. Mucho menos trabajo. Las cosas
que pasan por el pensamiento del extraño tienen que ser más oscuras: la culpa,
la condena social, la infancia difícil, un cinto que sube y baja y da con la
hebilla en el centro de la espalda. Y sin embargo, hay un momento determinado de
esa relación de espaldas, de ese encuentro inesperado en un galpón anónimo que
empieza a silbar anunciando una lluviecita cercana.
-
Está fresco – dice la mujer
temblando de frío y de miedo.
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