martes, 2 de octubre de 2012

Una notita de las de antes

(Durante unos cuantos años- de 2005 a 2011- publiqué semanalmente en una sección llamada Notas Urbanas, en TamTam, a instancias de mi amigo y mecenas Eduardo Gimenez. Eran unas notitas sobre la ciudad, sobre el pueblo, sobre varias cosas que me pasaban y que encontraron algunos lectores generosos que se entusiasmaron con la propuesta. Revivo una de las notas, porque sí)


Publicada en Julio de 2007


                                             Encuentro:


Se miró las manos, los dedos, se rascó la cabeza. Hacía tiempo que no lo veía, porque hacía tiempo también que no andaba por esos lugares. Le pegó una patadita al agua y me miró como diciendo “fría”, y yo lo miré como respondiendo “claro, si es invierno querido”. Después se acercó despacio, midiendo el andar con afán milimétrico y tendió esa mano que tenía una uña aniquilada, cuatro dedos infames y las marcas de la rascadura de cabeza de hacía dos segundos. No pude dejar de pensar en los hoyuelos de la cara, la picadura de viruela que delataba el tiempo de una progresión lenta, de cráteres faciales y marcas en el cuerpo. Le di mi mano: tan blanca, tan limpia, tan completa, tan nada. Mi mano no hablaba.

-         ¿Qué hacés pebete?- volvió a rascarse la cabeza.
-         Todo bien, querido- porque yo le decía querido, incluso ahora que lo escribo y él es un punto al otro lado de la isla, de cara a Entre Ríos. Le digo querido porque sólo los que ignoran el peso de las palabras llaman “querido” a los demás.

El último año fue duro, me enteré. Se lo digo. Asiente. Fue duro por la crecida del Paraná, me dijeron. Se lo digo. No hace nada. Pero veo las botas manchadas de barro y la suela gastada que deja ver una media blanca. Lo curioso es que la media está limpia. Vuelve a patear el agua con furia, el agua que se llevó todo. Le conté que allá en la ciudad había escuchado de la creciente y que mi viejo había llamado angustiado por la amenaza del agua. Me mira como sugiriendo que nada de lo que yo le diga se acercará a un consuelo. Entonces desisto. Soy partidario de la economía de la compasión.

Me pide que lo ayude con las redes. Están vacías, pero eso a mí no me importa. Creo que a él tampoco.

-         Hace tiempo que no andás por la isla-reprocha.
-         Sí, hace tiempo ¿Mucha agua?
-         Como en todos lados.
-         ¿Se llevó todo?
-         Todo.
-         ¿No dejó nada?
-         Un banderín nomás. De Los Andes. Cuando jugamos contra Regatas. Una porquería.

Recogemos las redes y el hombre se sienta en la piragua para cruzar el río. Los brazos tensos ya se amoldan al futuro esfuerzo. Toma los remos y me acerca esa cara surcada, esas manos deformes. Veo la barba que casi no crece en esa cicatriz extendida. Tan ajeno a todo.

-         A ver cuándo te venís a saludar por allá.

El allá es esa costa tan cercana, esas brazadas que pueden hacerse a nado. Le digo que sí, pero que ahora no. Por las víboras.

-         Pero te ponés unas botas y listo. Además hay suero.

Y enseguida se me ocurre decirle:

-         Allá en Buenos Aires no le dicen víboras. Las llaman “vichas”, porque trae mala suerte, dicen. Yo digo que no. Pero yo qué sé de palabras, querido.

El hombre deja los remos y me observa desde esa cara milenaria. Hay como una mueca que asoma, un impulso perverso detrás de esos ojos casi ciegos. Y desde el fondo cavernoso de ese tránsito continuo, comienza como una tosesita.

Se ríe, se ríe, se ríe.

-         ¡Estos porteños inventan cada cosa!



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