lunes, 26 de noviembre de 2012

Una historia cualquiera (plagada de lugares comunes)



Empezó como un chiste pero se transformó en algo más que eso: un chiste en serio.
Cuando los dos amigos dejaron de ver esas luces pequeñas y divisaron los dos cañones que apuntaban en su dirección se dieron cuenta de que el auto avanzaba hacia ellos desde la oscuridad. Lo primero que uno atinaría a hacer en esos casos es salir corriendo, pero Carlos señaló que esa opción podía llegar a complicar las cosas. Quedarse quieto al costado del camino y esperar a que el automóvil pasase con las luces apagadas, que investigara la zona y se marchara por donde había venido. En realidad, por el otro lado, porque esa calle de tierra desembocaba en uno de los campos que habían sufrido la visita de los amigos unas semanas antes.

El automóvil pasó a una velocidad mínima y los dos, agachados en el maizal, entendieron que el tiempo es relativo, que una vida de felicidad puede pasar volando, mientras que unos segundos de incertidumbre pueden ser eternos. Incertidumbre y miedo, mezcla explosiva.

- Ahora sí - dijo Rúben.
- Shh, boludo, que están cerca.
- ¿Nos vieron las caras?
- Me parece que no.


El juego empezó cuando los dos amigos vendieron la motosierra que usaban para su trabajo a un gordo que tenía una empresa de camiones. El gordo mostraba siempre los cachetes colorados y la frente sudada, signo inconfundible-había dicho Carlos, que sabía de esas cosas- de que el tipo era un estafador –Carlos dijo garca en realidad y Rúben creyó que era la expresión correcta para definir al gordo. En fin, el gordo los había estafado, se había aprovechado de la buena fe y de la ignorancia de los dos y exigían una reparación. Porque, en definitiva, la inflación, decía Carlos a un silencioso Rúben que prefería escuchar a hablar.

Esa noche se reunieron en la casa de Rúben y prepararon la entrada a lo del gordo. Le pusieron un nombre a la operación, diagramaron un plano de la casa con los recuerdos de Carlos- que había sido jardinero durante el verano - y establecieron los horarios de entrada, de intervención y de salida. La planificación les dio un sentido, cierta felicidad. Podían pasarse horas previendo qué tipos de acontecimientos podían atravesárseles en el camino y dificultar la operación. Señalaban los baches de los planes, recurrían a una clasificación metódica de los errores y aciertos. Los dos amigos felices de la vida.

La aventura del gordo cachetón salió bien. Llegaron, agarraron la motosierra del galponcito que tenía en el fondo, despelotaron un poco el escenario para que no pareciera que sólo venían por eso, dibujaron una A con un círculo alrededor para que le echaran la culpa a alguno de los freaks del pueblo y huyeron por donde habían venido. Esa noche festejaron en casa de Rúben, ante la presencia de un cusquito maloliente que mordía las sobras de morcilla fría que el anfitrión tenía guardadas en la heladera.

Quedaba lejos el festejo de esa noche. El maizal hacía picar el cuerpo y a Carlos se le habían empezado a formar unas ronchas rojas alrededor del cuello.

- Esto debe estar lleno de ratones - dijo Carlos.
- No te quejés -  Rúben.
- Deben tener hantavirus.
- (...).
- La culpa la tenés vos.

Pero Rúben no respondió a la acusación. Sabía que su amigo lo decía de caliente nomás, porque la culpa la había tenido el destino.  O algo así, no sabía muy bien en realidad. Si salían de esta no habría morcilla para festejar, pero sí una larga revisión de los planos, de los itinerarios, de las entradas y salidas cronometradas. Porque, de vez en cuando las cosas no salen como uno las planea-sí, el lugar común, pero no queda otra- y en vez de una casa vacía uno se encuentra con el rostro colmado de un hombre que no entiende bien qué pasa, que no quiere estar justo, en ese momento, sentado en la oscuridad y que ha suspendido la salida porque le pareció que esa noche no, que a lo mejor mañana. 

Por eso, cuando Rúben saludó al tipo sentado en la oscuridad y le preguntó que qué hacía ahí, el otro tendió a disculparse y así, como en un mal entendido continuo, los itinerarios y papeles y esperas y planificaciones se derrumbaron con el brillo de los vidrios del ventanal que daba al fondo. Y todo pasó tan rápido que ni Carlos ni Rúben ni el tipo que hasta hace un momento estaba sentado en la oscuridad, pudieron prever que el amanecer encontraría a dos de ellos buceando contra un mar de choclos y al otro encerrado en un círculo de tiza blanca.




 



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