jueves, 1 de noviembre de 2012

Tres: lento



            - Tierra – dijo Lito.

De a poco nos fuimos juntando en torno al viejo. Sacó de uno de los bolsillos un montoncito de tierra y lo tiró en el piso del bar del Negro. Uno de los que recién había llegado al pueblo y que intentaba acomodarse a nuestro ritmo se agachó para tocar la montaña. Levantó los hombros quitándole importancia.
      - Es tierra. Sin secretos
.
Entonces el viejo Lito nos contó que los había seguido hasta un ceibo en penumbras, que los que venían se habían convertido en puntitos llorando sin lágrimas a un árbol cualquiera, que de la bolsa arpillera habían sacado la tierra-señaló el montoncito-  y que después se fueron por donde habían venido.

             - ¿Te vieron? – pregunté. Quería saber si esos ojos miraban.
             -   Creo que no, andaban así, como dos muertos.
              - ¿Zombis? – deseé.
              - Como dos muertos  - repitió Lito – Me parece que en un momento se agarraron de las manos. Pero no sé. Demasiado humano como para que. No sé.
       - ¿Serán hermanos?
       - Qué sé yo. Parecían pareja, pero no por las actitudes, sino por otras cosas que no sé decirte. Un matrimonio de hermanos. Medio raro ¿no?

Dije que sí con la cabeza y los demás me imitaron en silencio. Nos quedamos con la mirada perdida en el montoncito de tierra que parecía un hormiguero mal hecho. La presencia de los dos que venían del río nos estaba convirtiendo en un pueblo fantasma, una imagen borrosa de esas dos figuras que llegaban en la piragua desde el lado de Entre Ríos.

De pronto todos caminábamos como la pareja de hermanos- aunque tampoco sabíamos si- los pasos cansinos, los hombros juntos y las manos cuarteadas por el viento. Les inventamos nombres, de esos que suelen tener los isleños. Algunos pensaron en detalles que los hacían más reales: seguramente él coleccionaría estampillas de algún abuelo venido del otro lado del mar sin entender los nombres de las ciudades ni las figuras que aparecían; ella compraría metros y metros de lana de todos los colores en algún almacén tras las islas. Ocuparían un pequeño rancho de chapas con puertas de tela cerca de la costa. El problema era la crecida, el agua que entraba y se llevaba la mayoría de los recuerdos. Por eso se fueron pareciendo cada vez más al pasado, tuvieron que conformarse con ser una huella. Cuatro perros grandes y un cuzquito con manchas negras. En algunos relatos había una nena, la luz de los ojos del padre. En otros una nena, pero muerta, y por eso los ojos ciegos de los dos. Esta última era más verosímil y la aceptamos casi sin réplicas.

En el pueblo se hablaba sólo de los dos que venían. Todas las semanas. Incluso sabíamos el recorrido y nos apostábamos en diferentes secciones: el cruce, el camino de la costa, la amarra de la piragua. Hubo quien quiso acompañarlos río adentro, pero desistió por esa fuerza que repelía y que se hacía más fuerte a medida que uno se internaba en el Paraná. Podíamos decir qué hora era de verlos caminar por determinado estadio del recorrido.

Se fue armando un cordón de gente en torno a ellos y, mientras pasaban, les entregaban cartitas que guardaban en los bolsillos sin siquiera mirarlas. 

       - Le pedí que la abuela se salve del cáncer – escuché que decía uno de los jornaleros.
             - Que haga llover, por la seca – el patrón.
      - Yo escribí “hijos de puta”, de pura bronca nomás.

Venían a llevarse los males. Como si esos dos cuerpos encorvados pudieran soportar el peso de nuestras miserias de pueblerinos cansados por la rutina. Fueron construyendo una muralla de tierra alrededor del ceibo. Cada semana era una bolsa arpillera más para erigir el fuerte.

              -Algo hay que hacer – me dijo el Negro mientras repasaba con un trapo sucio la mesa del bar.
             - Sí

       No sabía bien qué era lo que teníamos que hacer, pero ese empujón que nos rechazaba se convirtió en una barrera más grande que la de tierra: éramos copias mal hechas de esa gente.



No hay comentarios:

Publicar un comentario