- Tierra – dijo Lito.
De a poco nos fuimos juntando en torno al viejo. Sacó de uno
de los bolsillos un montoncito de tierra y lo tiró en el piso del bar del
Negro. Uno de los que recién había llegado al pueblo y que intentaba acomodarse
a nuestro ritmo se agachó para tocar la montaña. Levantó los hombros quitándole
importancia.
- Es tierra. Sin secretos
.
Entonces el viejo Lito nos contó que los había seguido hasta
un ceibo en penumbras, que los que venían se habían convertido en puntitos
llorando sin lágrimas a un árbol cualquiera, que de la bolsa arpillera habían
sacado la tierra-señaló el montoncito- y
que después se fueron por donde habían venido.
- ¿Te vieron? – pregunté.
Quería saber si esos ojos miraban.
- Creo que no, andaban así,
como dos muertos.
- ¿Zombis? – deseé.
- Como dos muertos - repitió Lito – Me parece que en un momento
se agarraron de las manos. Pero no sé. Demasiado humano como para que. No sé.
- ¿Serán hermanos?
- Qué sé yo. Parecían pareja,
pero no por las actitudes, sino por otras cosas que no sé decirte. Un
matrimonio de hermanos. Medio raro ¿no?
Dije que sí con la cabeza y los demás me imitaron en
silencio. Nos quedamos con la mirada perdida en el montoncito de tierra que
parecía un hormiguero mal hecho. La presencia de los dos que venían del río nos
estaba convirtiendo en un pueblo fantasma, una imagen borrosa de esas dos
figuras que llegaban en la piragua desde el lado de Entre Ríos.
De pronto todos caminábamos como la pareja de hermanos-
aunque tampoco sabíamos si- los pasos cansinos, los hombros juntos y las manos
cuarteadas por el viento. Les inventamos nombres, de esos que suelen tener los
isleños. Algunos pensaron en detalles que los hacían más reales: seguramente él
coleccionaría estampillas de algún abuelo venido del otro lado del mar sin
entender los nombres de las ciudades ni las figuras que aparecían; ella
compraría metros y metros de lana de todos los colores en algún almacén tras
las islas. Ocuparían un pequeño rancho de chapas con puertas de tela cerca de
la costa. El problema era la crecida, el agua que entraba y se llevaba la
mayoría de los recuerdos. Por eso se fueron pareciendo cada vez más al pasado,
tuvieron que conformarse con ser una huella. Cuatro perros grandes y un
cuzquito con manchas negras. En algunos relatos había una nena, la luz de los
ojos del padre. En otros una nena, pero muerta, y por eso los ojos ciegos de
los dos. Esta última era más verosímil y la aceptamos casi sin réplicas.
En el pueblo se hablaba sólo de los dos que venían. Todas
las semanas. Incluso sabíamos el recorrido y nos apostábamos en diferentes secciones:
el cruce, el camino de la costa, la amarra de la piragua. Hubo quien quiso
acompañarlos río adentro, pero desistió por esa fuerza que repelía y que se
hacía más fuerte a medida que uno se internaba en el Paraná. Podíamos decir qué
hora era de verlos caminar por determinado estadio del recorrido.
Se fue armando un cordón de gente en torno a ellos y,
mientras pasaban, les entregaban cartitas que guardaban en los bolsillos sin
siquiera mirarlas.
- Le pedí que la abuela se
salve del cáncer – escuché que decía uno de los jornaleros.
- Que haga llover, por la
seca – el patrón.
- Yo escribí “hijos de puta”,
de pura bronca nomás.
Venían a llevarse los males. Como si esos dos cuerpos encorvados
pudieran soportar el peso de nuestras miserias de pueblerinos cansados por la
rutina. Fueron construyendo una muralla de tierra alrededor del ceibo. Cada
semana era una bolsa arpillera más para erigir el fuerte.
-Algo hay que hacer – me
dijo el Negro mientras repasaba con un trapo sucio la mesa del bar.
- Sí
No sabía bien qué era lo que teníamos que hacer, pero ese empujón que nos rechazaba se convirtió en una barrera más grande que la de tierra: éramos copias mal hechas de esa gente.
No sabía bien qué era lo que teníamos que hacer, pero ese empujón que nos rechazaba se convirtió en una barrera más grande que la de tierra: éramos copias mal hechas de esa gente.
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