viernes, 2 de agosto de 2013

No se toca



A Tapia, uno de los que están poniendo el cuerpo.

Algo así como puntitos negros cuando uno cierra con fuerza los ojos. También está ese movimiento en el que uno descifra lo que experimenta en determinado momento. Aunque suene a frase hecha y chorreen los lugares comunes. La realidad es cursi, qué se le va a hacer.

Pero entonces una mañana - a los once o doce - me viene a buscar un tipo de barba al que apenas conozco de nombre. Ni siquiera ahora me acuerdo cómo se llamaba. El tipo le presenta a mis viejos un plano con el recorrido que vamos a hacer: primero el casco de una estancia cerca de la ruta, después una tapera que tiene alguna historia y por último la costa del río. El tipo dice “el Tonelero” para referirse al lugar y a mí me suena a un sótano lleno de toneles, porque ya había leído el Hobbit y me había encantado la aventura de Bilbo en los toneles y porque tenía muy fresca en la cabeza la historia del tonel de amontillado, uno de los primeros cuentos que leí de Poe.

Fuimos en bicicleta y el hombre de barba nos explicaba todo lo que había sucedido en esos sitios, cumpliendo con el rol de guía que desempeñaba con precisión. “En esta estancia vivió uno de los personajes más cercanos a Rosas…”. Esa mañana visitamos los cuerpos enterrados en la capilla. Todo parecía más silencioso y vivo.

A eso de las tres de la tarde llegamos al Tonelero que no era más que una porción de las costas del Paraná. Otra vez los puntitos negros que forman una lluvia finita. El hombre de barba sacó una soga de la mochila y la ató a uno de los árboles: íbamos a bajar por la barranca al estilo aventurero. Inmediatamente nos organizamos con los muchachos para hacer el descenso. Uno a uno tocamos tierra y la vista del río era menos etérea, como si nos hubiésemos transmutado con los árboles y los camalotes.

Ninguno se dio cuenta, pero cuando salimos de ese estado de hipnosis que – todavía me – produce el Paraná, nos dimos cuenta de que el tipo de barba ya no estaba con nosotros. Quedamos solos en el Tonelero y la soga colgando y la lluvia finita y la intemperie rozándonos los ojos hasta hacerlos lagrimear.

Fue la primera vez que me sentí grande. Y puede que la única. Trepamos todos juntos por la soga, ayudando a los rezagados, resbalando por la tierra de la barranca y las piedras que se desprendían con el menor movimiento, dando ánimos a los que les faltaba valor. Creo que el tipo de barba volvió unos minutos más tarde: se había ido a mear cerca de las cuevas o vaya uno a saber qué estaba haciendo. Ninguno de nosotros era el que había sido. Algo notó el hombre de barba, estoy seguro.

La vuelta fue silenciosa, como el silencio cerca de las tumbas.

Y ahora me entero que un intendente y su council decidieron vender esos terrenos a una empresa para que exploten el lugar. Sé que hay amigos defendiendo el Tonelero por causas ecológicas, por demás justificadas. Pero mentiría si dijera que me duele esa transacción por motivos ambientales.

No pueden tocar mis primeras lecturas de Poe. No pueden deshacerse del mapa dibujado en lapicera. No tienen por qué alquilar a mis amigos pedaleando entre las piedras. No me pueden vender la soga y la lluvia chorreando por las manos. No pueden regalar el momento de incertidumbre en el que me creí héroe.

Y otra vez los puntitos negros de tanto apretar los ojos.



4 comentarios:

  1. Excelente, Eze. Los recuerdos no te los venden, y vos tenés un don para poner tu memoria en palabras y hacer todo más eterno.

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  2. Qué bien escrito. Llega a la médula. Me trasladé al Tonelero, si hay que defenderlo, lo defendemos, cómo no, a esa mezcla de camalote, barro y toneles rodando con un hobbit con rulos incluido.

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  3. Qué hermoso tu relato! y en verdad, el lugar es místico.....sus barrancas, las raíces enmarañadas de los talas...parece una foto viva de un cuento de gnomos...Merece que se lo preserve.Mariana.

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  4. No se dan una idea de cuántos gnomos y hobbits andan dando vueltas por ahi...gracias por los comentarios.

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