En un texto fundamental para la teoría literaria (El problema de la lengua poética, publicado en 1924)- tan fundamental que da comienzo a lo que hoy entendemos por teoría literaria- Iuri Tinianov aseguraba que la palabra en el lenguaje poético tiene la particularidad del camaleón, nunca se mantiene igual a sí misma, muta dependiendo del lugar que ocupa en el verso y de las relaciones que se establecen con las otras palabras. El centro, decía, es el ritmo. Hoy parece una obviedad, pero debió pasar mucha agua debajo del puente de la crítica para entender estas reflexiones. Sobre todo para asociarlo con la idea de “sistema” y “función”, conceptos claves para entender el giro que da el formalismo por esos años. En la Introducción a la nueva edición del libro de Tinianov, Jorge Panesi señala atinadamente que “En la concepción de Tinianov la lengua poética no se opone a la lengua cotidiana, sino que se conecta con otros discursos artísticos y con los de la vida social”, y también que lo que intenta demostrar Tinianov en este estudio es el “dinamismo fundamental de los procesos literarios” ¿Cómo no pensar que la poesía cambió desde el libro de Tinianov? Pero a la vez ¿cómo analizar de otro modo? No hay método. El problema de la lengua poética es que las aseveraciones del ruso siguen vigentes, por su potencia, por el alcance de sus estudios, por impericia.
Menos ambicioso, harto menos erudito en los vericuetos de la lengua poética, pienso en un poemario que publicó Alejandro Berón Díaz en 2005: YOY. Sobre todo porque lo que dije anteriormente me hace llegar a una conclusión que, espero, sea errónea por mi desconocimiento: no hay un análisis sobre la nueva poesía argentina. Sí hay muchos poetas, poemas, recitales de poesía, performances, grupos de Facebook, páginas, blogs, etc. Pero no se ha tomado este fenómeno como objeto de estudio, excepto algunas notas periodísticas y ensayos que bordean el tema.
Dos líneas surcan el libro de Berón Díaz, para nada excluyentes: la muerte y el sujeto. Empiezo por la temática porque el libro golpea con fuerza desde lo formal: el lenguaje quebrado que juega con la irracionalidad lo atraviesa, se convierte en eje de una sonoridad que pone el acento en la repetición, en las pequeñas variaciones que van construyendo cadenas de sonidos. Por supuesto, son poemas en los que se traza una línea que encuentra su cobijo en la oralidad y su propuesta en la escritura. Esa frontera se mantiene y plantea una batalla en su problematización. El sentido irrumpe, entonces, a través de esa tensión entre lo oral y lo escrito, entre los diversos tipos de materialidades que se concretan al unísono:
La boca en el nombre del padre
Los
pezones del hijo
Y del espíritu santo el ombligo
Atrabesando
una ruta muy oruga
La
boca los pezones el ombligo la fruta
amén
(Los pezones)
En la variación de la escritura está lo otro que se calla:
la concreción oral del poema, el recitado. Sobre este monstruo que conforma el
lado oscuro- lo que la escritura excluye- la palabra determina y acecha, sin
definir el costado desde el cual va a atacar.
Es cierto que la lectura de la muerte que hace Berón Díaz no
se caracteriza por su originalidad. Experiencia y muerte, casi podríamos
recitar de memoria aquellas obras que trataron sobre el tema: es más, lo hizo
magistralmente Agamben en Infancia e Historia. Sin embargo hay algo que escapa
de esa temática para asentarse en un conflicto que no tiene solución en el
poemario: el sujeto roto que no es un sujeto fragmentado. Y desde esa línea se
aleja de las archiconocidas teorizaciones posmodernas y también de los universales.
El conflicto es nuevo- o por lo menos su planteamiento- y por eso los poemas se
presentan como tentativas, como juegos que parecen irrisorios pero que dejan
entrever un uso del lenguaje que evidencia las relaciones que lo enlazan con la
realidad.
yo roto
silencio pozo
esposado
silencio plural
hacen falta estar
muerto
como se larga a
llover la gente
(La muerte)
El Yo se erige sobre los escombros del lenguaje. La
inconexión entre las palabras produce un quiebre que deja en evidencia la artificialidad
del procedimiento. Pero esos juegos no son puro lenguaje, coqueteo académico
que hace de la textualidad una capa que lo cubre todo: en los poemas de YOY el
silencio es lo que habla. Un silencio plural que no define su estatuto, que se
convierte en procedimiento constitutivo del poema. El problema entonces se incorpora
el afuera del tablero, se recoge en lo que esconde esa desconexión de géneros y
números, esas formalidades arbitrarias que no tienen palabras camaleones
pero sí palabras puente. Las rodea la concreción oral que es su
continuación, el devaneo que produce un lenguaje que está entre lenguajes y se
sabe insuficiente.
La última vez que lo crucé a Alejandro Berón Díaz en una de
las performance que hace junto a otros poetas y artistas, simulaba una venta de
poemas en el subte. En realidad, se trataban de “poemas rellenos” que terminó
arrojando al público. Había algo en la escena que producía una sensación de
desfasaje: las palabras eran parte de una puesta en escena, un abismo
inevitable que esperaba su concreción en el acto mismo de arrojarse contra el
poema. Había algo de perverso en ese reparto, uno quedaba condenado al poema
relleno, a las palabras del otro que empezaban a hablarse en nuestras propias palabras.
Libros para el verano:
Berón Díaz, Alejandro. YOY.
Buenos Aires: Guachaeditora, 2005.
Tinianov, Iuri. El problema
de la lengua poética. Buenos Aires: Dedalus, 2010.
El libro de Berón Díaz no creo que se consiga en librerías.
Lo compré en una de las jornadas del ciclo Sucede. En todo caso, calculo que se
puede pedir directamente al autor. Y si no chiflen y se los presto.

"...la poesía es eso que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir la poesía..."
ResponderEliminarLindo Julio, y sin embargo esta ese deseo de abarcar que viene de no se donde...
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