La estructura de la performance ideada por Mookie Tenembaum es la siguiente:
- Se buscan los textos más conocidos de Shakespeare en inglés utilizando Google.
- Se traducen esos textos con Google Traductor.
- Los textos son leídos en vivo y en directo por los cuatro artistas en el microcine del Recoleta, mientras de fondo se proyecta en una pantalla la traducción "normal" de aquello que el traductor de Google ha interpretado.
- Un micrófono graba lo que los artistas recitan desde el escenario y lo traslada automáticamente a una hoja, que reconoce (o cree reconocer) las palabras que profieren los artistas.
Decía que la propuesta es interesante por lo que no dice. La obra se construye a partir de esas interacciones maquínicas, de los lazos que unen, casi por azar, la traducción de Google con la voz pausada de Fabián Strata, las risas de fondo de los espectadores que creen adivinar las reglas que han llevado a la confusión, la puerta que se abre y chirría porque sí, porque a alguno se le ocurrió llegar tarde. Cada una de las actualizaciones de ese texto lo convierten en algo nuevo, en una cosa distinta. Y sin embargo está la fuente que opera como centro: esa pantalla que no cambia, que es la prueba de la variación.
Mientras lo veía a Gustavo Nielsen levantarse de la silla y elevar uno de los puños, leyendo la traducción de Google de Romeo y Julieta, me preguntaba por la necesidad de esa pantalla blanca que nos decía cuál era la normalidad, cuál el texto aceptado que nosotros debíamos tomar por eje de nuestra lectura. Ahí donde la performance se hacía explícita, donde quería evidenciar el procedimiento, fracasaba. Sobre todo porque adquiría una veta didáctica: nos mostraba la mediación, como si no nos hubiésemos dado cuenta de que ese texto era otro, que el nuevo sentido de El mercader de Venecia, exponía ciertos conceptos contemporáneos sobre el judaísmo que nos resultaban graciosos y peligrosos a la vez, o que Macbeth se convertía de repente en una especie de manual empresarial.
Una de las hojas que rescaté del suelo, escupidas por la impresora, decía lo siguiente:
"Ser o no ser esa es la cuestión estos pasos más actitud digna inteligente capturar cualquier propiedad los brazos o en contra de este torrente de desastres naturales y su oscuro pasado y la resistencia muerto de sueño no hay más un sueño y dijo ay de patrimonio y el dolor de nuestra naturaleza...".
En todo caso ¿de qué manera intervenía Shakespeare? ¿Qué tenía que ver con esto que sucedía frente a nosotros? Todo y nada a la vez. El problema es que se estaba leyendo a Shakespeare desde Google, desde la herramienta que lo decodificaba. Se leía como si las obras fueran interpretaciones ¿Qué pasaría si se tradujera las "intenciones" de Google a partir de Shakespeare? Ese gran interpretador de cosas, de deseos, de lenguajes, de imágenes, de la vida, hubiese quedado expuesto para los que participábamos de esa performance. La voz impresa no era una variación de un texto fuente, era un texto nuevo que exponía una ideología: "Ahora el invierno de nuestro sufrimiento fue en el sol del verano en Nueva York; con la tormenta que amenaza la Él está en las oscuras profundidades del Océano" ¿Cómo no leer aquí la caída de las Torres Gemelas, el quiebre de cierta hegemonía que empieza a derrumbarse, la incomodidad de las oraciones fragmentadas, de la imposibilidad de concretar y concluir lo que se dice? ¿Cómo no ver una crítica al espíritu enciclopédico del buscador que todo lo tiene?
"Pero no el lenguaje el lenguaje" leo en otra de las hojas. Esa capa sobre capa que tenemos que ir quitando para leer esas mediaciones que nos interpelan corren el riesgo de cubrirse con el ancla de un lenguaje que ya es otro. El lenguaje del lenguaje que se proyectaba a las espaldas de los artistas desviaba la discusión hacia la comparación. Pero no había que comparar sino interpelar la herramienta, ponerla en jaque, desmenuzar el aparato de interpretación que decodifica, escuchar la voz humana que esta detrás de esos signos y ceros y unos que trasladan. Pensé en Pierre Menard, en ese personaje que exhibía los modos de la composición y la interpretación de los textos desde la historia. Pensé en lo interesante que hubiese sido que en la pantalla se proyectara la imagen de Nielsen con su brazo levantado y diciéndonos por primera vez que no, que los interpretadores nunca son inocentes, que la risa no debe esconder el gesto, que el Shakespeare interpretado por Google es menos interesante que el Shakespare que lee a Google, que la comparación puede exponer el fracaso de la herramienta "Pero no el lenguaje el lenguaje".

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