lunes, 21 de octubre de 2013

Atrás de las vías

Crecí en un pueblo con estación de nombre: Villa Estación, para ser más precisos. Una de las casas en las que viví estaba a media cuadra de las vías del tren y me acuerdo que a la madrugada me temblaba toda la cama y a veces se caían los libros que tenía en una estantería de caña. También que la vía marcaba polos, zonas de pertenencia, espacios en común y jergas.

Llegué al pueblo en un tren de pasajeros. El viejo nos esperó en la estación como dos horas porque la máquina se retrasó cuando unos tipos decidieron caerle a piedrazos a los vagones. Una señora llevaba un lemon pie y me dieron muchas ganas de que me compartiera una porción. La señora ni siquiera miró para donde yo estaba. Fue una de mis primeras decepciones.

La vez que decidí escaparme de mi casa me tomé un tren con destino a Rosario. Era verano y agarré una mochila que llené de libros, una remera y una botella de ron a medio tomar. Cuando fui a comprar el pasaje el tipo de la cabina me dijo que me conocía, que yo era el pibe de tal, que cómo estaba mi viejo. Creo que no le respondí nada, como me pasa siempre que alguien me pregunta algo y me deja expuesto.

Leí uno de los mejores libros de mi vida en el viaje. Después me di cuenta de que Rosario era una ciudad como cualquier otra y que siempre estaría bajo la ley de los que trataba de evitar. Pegué la vuelta en silencio y esta vez no leí nada.

Jugué a escupir los durmientes y pegarle de lejos. A las piedras en hilera. Jugué a simular mi propio suicidio, a correrme cuando la bocina aturdía, a los vagones viejos.

Una noche soñé que me quedaba para siempre del otro lado de la vía. Los trenes volaban en todas direcciones y formaban una muralla más grande que la que había visto en The Wall. Los maquinistas no tenían rostros, pero eran de cuero y de barro. Quería treparme y ver qué pasaba del otro lado, que no era éste, en el que estoy desde que el mundo es mundo y las estaciones son estaciones. Un mundo de espejos rotos.


martes, 8 de octubre de 2013

Mandarinas


Las mandarinas del árbol de Federico son las más ricas de todo el pueblo. Eso lo dicen hasta los que se vienen del otro lado de la vía y allá tienen unas mandarinas que te vuelan entero. Pero se arriman en peregrinación y las mandarinas chorrean y tienen muchas semillas que eso es lo mejor, así se puede escupir con ruido y jugar a ver quién llega más lejos. Las mandarinas me gustan mucho.

Una vez le dije a Federico que teníamos que hacernos cargo de la venta de mandarinas y le pareció una idea gigante y empezó a correr de alegría por todo el campo y tuve que frenarlo porque ya estaba montado arriba de un caballo, a puro pelo nomás, y queriendo saltar el alambrado.

El proceso consistía en envolver las mandarinas en papel celofán- porque así quedaban más profesionales – y después en bolsas de residuos negras. No conseguimos verdes. Después tocar el timbre y esperar.

Siempre hablaba Federico porque a mí no se me da muy bien hablar con otras personas y tiendo a taparme la boca y transpirar mucho. A veces digo cosas que no tienen sentido y que la gente igual entiende pero de otra forma. Cuando alguien me pregunta que qué me pasa me agarran ganas de envolverme en papel celofán y quedarme solo en una bolsa de residuo bien negra. Y que no pase la luz.

El negocio fracasó en la segunda semana, cuando Federico empezó a preguntarles a los clientes si concebían una vida sin mandarinas. A la gente de pueblo no le gusta ese tipo de preguntas, son más pragmáticos. “Pero si hay mandarinas por todos lados” respondían. Entonces a mí me corría un calor de pies a cabeza y amenazaba a la gente con romperle los vidrios y la cabeza a mandarinazos, a ver qué se creían. Y Federico me agarraba con fuerza y me decía “pará-pará-no valen la pena-so-re-tes”.



Hace poco nos juntamos de nuevo a comer mandarinas del árbol. Me trepé a una de las ramas que ahora están más secas y frágiles, mientras Federico caminaba con las manos y tomaba ginebra al mismo tiempo. “Es como tocar la tierra con el cuerpo y la cabeza”, decía sin perder el equilibrio. Entonces corté los primero gajos y estaban tan jugosas como siempre, tan perfectas, tan tanto que escupí una semilla que llegó hasta el cielo. Hasta el cielo. Y desde ahí nos cuida.