sábado, 5 de enero de 2013

La lengua rota: cosas que se me ocurrieron cuando leía YOY de Alejandro Berón Díaz


En un texto fundamental para la teoría literaria (El problema de la lengua poética, publicado en 1924)- tan fundamental que da comienzo a lo que hoy entendemos por teoría literaria- Iuri Tinianov aseguraba que la palabra en el lenguaje poético tiene la particularidad del camaleón, nunca se mantiene igual a sí misma, muta dependiendo del lugar que ocupa en el verso y de las relaciones que se establecen con las otras palabras. El centro, decía, es el ritmo. Hoy parece una obviedad, pero debió pasar mucha agua debajo del puente de la crítica para entender estas reflexiones. Sobre todo para asociarlo con la idea de “sistema” y “función”, conceptos claves para entender el giro que da el formalismo por esos años. En la Introducción a la nueva edición del libro de Tinianov, Jorge Panesi señala atinadamente que “En la concepción de Tinianov la lengua poética no se opone a la lengua cotidiana, sino que se conecta con otros discursos artísticos y con los de la vida social”, y también que lo que intenta demostrar Tinianov en este estudio es el “dinamismo fundamental de los procesos literarios”  ¿Cómo no pensar que la poesía cambió desde el libro de Tinianov? Pero a la vez ¿cómo analizar de otro modo? No hay método. El problema de la lengua poética es que las aseveraciones del ruso siguen vigentes, por su potencia, por el alcance de sus estudios, por impericia.

Menos ambicioso, harto menos erudito en los vericuetos de la lengua poética, pienso en un poemario que publicó Alejandro Berón Díaz en 2005: YOY. Sobre todo porque lo que dije anteriormente me hace llegar a una conclusión que, espero, sea errónea por mi desconocimiento: no hay un análisis sobre la nueva poesía argentina. Sí hay muchos poetas, poemas, recitales de poesía, performances, grupos de Facebook, páginas, blogs, etc. Pero no se ha tomado este fenómeno como objeto de estudio, excepto algunas notas periodísticas y ensayos que bordean el tema.

Dos líneas surcan el libro de Berón Díaz, para nada excluyentes: la muerte y el sujeto. Empiezo por la temática porque el libro golpea con fuerza desde lo formal: el lenguaje quebrado que juega con la irracionalidad lo atraviesa, se convierte en eje de una sonoridad que pone el acento en la repetición, en las pequeñas variaciones que van construyendo cadenas de sonidos. Por supuesto, son poemas en los que se traza una línea que encuentra su cobijo en la oralidad y su propuesta en la escritura. Esa frontera  se mantiene y plantea una batalla en su problematización. El sentido irrumpe, entonces, a través de esa tensión entre lo oral y lo escrito, entre los diversos tipos de materialidades que se concretan al unísono:

                                             La boca                               en el nombre del padre
                                             Los pezones                       del hijo
                                             Y del espíritu santo          el ombligo

                                             Atrabesando una ruta muy oruga
                                             La boca los pezones el ombligo la fruta     amén
                                                                                                                         
                                                                                                          (Los pezones) 


En la variación de la escritura está lo otro que se calla: la concreción oral del poema, el recitado. Sobre este monstruo que conforma el lado oscuro- lo que la escritura excluye- la palabra determina y acecha, sin definir el costado desde el cual va a atacar.

Es cierto que la lectura de la muerte que hace Berón Díaz no se caracteriza por su originalidad. Experiencia y muerte, casi podríamos recitar de memoria aquellas obras que trataron sobre el tema: es más, lo hizo magistralmente Agamben en Infancia e Historia. Sin embargo hay algo que escapa de esa temática para asentarse en un conflicto que no tiene solución en el poemario: el sujeto roto que no es un sujeto fragmentado. Y desde esa línea se aleja de las archiconocidas teorizaciones posmodernas y también de los universales. El conflicto es nuevo- o por lo menos su planteamiento- y por eso los poemas se presentan como tentativas, como juegos que parecen irrisorios pero que dejan entrever un uso del lenguaje que evidencia las relaciones que lo enlazan con la realidad. 

                       yo roto
                       silencio pozo
                       esposado
                       silencio plural

                       hacen falta estar muerto
                       como se larga a llover la gente
                                                                                                                 (La muerte)

El Yo se erige sobre los escombros del lenguaje. La inconexión entre las palabras produce un quiebre que deja en evidencia la artificialidad del procedimiento. Pero esos juegos no son puro lenguaje, coqueteo académico que hace de la textualidad una capa que lo cubre todo: en los poemas de YOY el silencio es lo que habla. Un silencio plural que no define su estatuto, que se convierte en procedimiento constitutivo del poema. El problema entonces se incorpora el afuera del tablero, se recoge en lo que esconde esa desconexión de géneros y números, esas formalidades arbitrarias que no tienen palabras camaleones pero sí palabras puente. Las rodea la concreción oral que es su continuación, el devaneo que produce un lenguaje que está entre lenguajes y se sabe insuficiente.

Pienso en esas variaciones y sistemas que vislumbró Tinianov hace tanto tiempo. Erigir de nuevo las estructuras de análisis que se presentan en El problema de la lengua poética sería traicionar su propuesta: la nueva poesía argentina desarticula la idea de ritmo y corre la mirada hacia las tensiones entre oralidad y escritura, entre variación y percepción, parodiando no sólo el estilo sino también el lugar social del poeta. Por otro lado la cotidianeidad pasa a ser el eje de una nueva épica que tiende su andamiaje sobre el relato de la experiencia: la aspiración a una totalidad compuesta por piezas en falsa escuadra. 




La última vez que lo crucé a Alejandro Berón Díaz en una de las performance que hace junto a otros poetas y artistas, simulaba una venta de poemas en el subte. En realidad, se trataban de “poemas rellenos” que terminó arrojando al público. Había algo en la escena que producía una sensación de desfasaje: las palabras eran parte de una puesta en escena, un abismo inevitable que esperaba su concreción en el acto mismo de arrojarse contra el poema. Había algo de perverso en ese reparto, uno quedaba condenado al poema relleno, a las palabras del otro que empezaban a hablarse en nuestras propias palabras.



Libros para el verano:

                      Berón Díaz, Alejandro. YOY. Buenos Aires: Guachaeditora, 2005.

                      Tinianov, Iuri. El problema de la lengua poética. Buenos Aires: Dedalus, 2010.

El libro de Berón Díaz no creo que se consiga en librerías. Lo compré en una de las jornadas del ciclo Sucede. En todo caso, calculo que se puede pedir directamente al autor. Y si no chiflen y se los presto.